Destinos Cruzados

Prólogo

Dicen que el corazón no elige de quién se enamora.

Que es imposible decidir quién será alcanzado por la famosa flecha de Cupido.

Pero a veces las cosas son mucho más complicadas que eso.

Los sentimientos no obedecen a la razón, y el corazón tampoco entiende de límites al seguirlos. Cuando esa flecha llega, se queda ahí, incrustada, latente. Por más que intentemos ignorar, esconder o fingir que no existe, sigue pulsando bajo la piel.

A veces lo único que deseo en esta vida es que esta locura que gobierna mis pensamientos se pierda en el olvido.

Pero es imposible. Los años pasan y yo sigo igual… o peor.

Ni la terapia, ni las miradas severas de mis padres cuando pronuncié en voz alta lo que sentía siendo apenas una niña lograron cambiar nada.

Sigo enamorada de él.

Y él es mi hermano.

Lo nuestro es imposible.

No imposible como en Romeo y Julieta, con tragedias grandilocuentes y destinos poéticos instaurados por Shakespeare en la antigua literatura inglesa. No por familias enemigas ni por obstáculos románticos de manual.

Es imposible porque es incesto.

Tal vez no en la forma que todos imaginan. No hay cuerpos, no hay actos.

Pero hay un sentimiento que nunca debió existir.

Y sentirlo ya es una falta.

Aunque he aprendido a ocultarlo todos estos años.

Sabía que tenía que alejarme de él a como diera lugar. Que lo que sentía no estaba bien. Que debía dejar de mirarlo de esa forma, porque no era normal.

Pero cada vez que me alejaba, cada vez que decía basta, cada vez que me obligaba a no sentir… terminaba volviendo.

Lo empecé a necesitar de una manera peligrosa, enfermiza. Transformé un simple trastorno infantil en un amor imposible. Llegué a olvidar que algo más fuerte que cualquier deseo nos unía: la sangre.

Lo quería conmigo.

A toda costa.

—Daisy…

—No digas nada, Ed —murmuró, con la voz perdida, como si ya conociera el final.

—Pero yo…

—Nada. Sé cuál es mi lugar en esta historia.

Soy su hermana.

Él es mi hermano.

No importa si estos sentimientos existen o existieron.

Tengo que olvidarme de él.

Aunque eso me rompa por dentro.




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