Destinos Cruzados

Capítulo 2

"Donde reina el amor,
sobran las leyes"

La oscuridad nunca ha sido lo mío. Desde pequeña he dormido abrazada a peluches enormes, como si envolverlos con brazos y piernas pudiera protegerme mejor que cualquier crucifijo colgando del cuello. Creía que así nada podría llegar a atraparme, ni asustarme, ni obligarme a alejarme de mi familia, como en esas películas que Ed insistía en hacerme ver algunas veces.

Edward siempre se ha burlado de mi miedo. Se supone que es el más valiente de los dos.

Espero que nunca descubra que mi oso de peluche favorito lleva su nombre, aunque sea hembra. Tal vez porque imaginarlo conmigo, incluso en silencio, me hace sentir menos sola.

Como si una parte de él quedara atrapada en mi habitación mientras dormimos en cuartos distintos.

La clase de literatura fue incluso peor de lo que esperaba.

Cuando decidí estudiar literatura inglesa pensé que hablaríamos de libros con pasión, de autores oscuros, de historias que te dejan cicatrices. Edgar Allan Poe, Lovecraft, escritores icónicos. Pero la profesora Sterling decidió que nada podía superar a Romeo y Julieta de Shakespeare.

—Los clásicos siempre serán mejores que la literatura actual —sentenció.

Ahí empezó la guerra.

Yo decía que Shakespeare debería haber escrito terror si desde el principio pensaba terminar una de sus obras más famosas en una masacre sin sentido entre familias enemigas.

Ella decía que Romeo y Julieta murieron juntos porque el amor verdadero trasciende incluso a la muerte.

Yo decía que era aburrido.

Ella decía que lo leyéramos para la próxima clase.

Yo decía que no quería volver a leerlo.

Ella dijo que yo abriría el debate de discusión acerca del estúpido libro al día siguiente.

Resultado: debo leer Romeo y Julieta otra vez.

Y como si eso no fuera suficiente, pasé el resto del día respondiendo si trabajaba en el restaurante McDonald o si podía presentar a algunos de mis compañeros con mi tatarabuelo.

Como si yo supiera algo del fundador. Como si no hubiera intentado durante años olvidar al payaso vestido de rojo y amarillo que apareció en mi décimo cumpleaños con cuatro hamburguesas en el almuerzo familiar para la celebración de un año más de vida.

—¿Estás bien? —preguntó Trish.

Había pasado más de diez minutos en silencio, peleando con mis recuerdos, mientras calentaba en exceso un sándwich de pavo en el microondas.

—Sí —sonreí—. Es solo que odio Romeo y Julieta… y a la versión amigable de It en el restaurante que lleva mi apellido con una s de más.

Trish siguió comiendo su ensalada como si fuera el mejor y más interesante plato del mundo.

—¿Tienes hermanos?

Ojalá hubiera dicho que no.

No porque me avergüence de Ed. Nunca.

Sino porque es imposible explicarlo sin romperme algo internamente en el proceso de aceptación de nuestro parentesco.

Asentí con la cabeza y luego contesté su pregunta:

—Sí —respondí—. Un hermano. Se llama Edward. Es cinco años mayor que yo.

—Yo tengo una hermana pequeña —dijo ella—. Irma. Tiene ocho años.

Sonreí. Debe ser bonito tener una versión diminuta de ti misma corriendo por la casa.

—Daisy.

Mi nombre llegó desde lejos.

Me giré justo a tiempo para ver a Ed acercarse. No venía solo. Una chica de cabello castaño claro, piel blanca y unos ojos verdes imposibles lo sostenía del brazo como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Sentí las mejillas arder. No solo por los celos. También por mis malditos metro sesenta que al compararlos con los casi metro ochenta de esa chica me hicieron sentir diminuta.

—Nina —dijo él—, te presento a mi hermana Daisy.

La palabra se me clavó en el pecho aunque era correcta.

Hermana.

El nudo en mi estómago se cerró con fuerza. Me llevé las manos al corazón, como si pudiera obligarlo a dejar de latir desbocadamente pero nada lo controlaba cuando este se salía de control.

—¿Estás bien? —preguntó Ed, apoyando una mano en mi hombro.

—Sí —mentí—. Estoy bien.

Nina se inclinó y besó mis mejillas.

—Encantada. Edward me habló mucho de ti.

No sabía si agradecerle o gritarle que dejara de tocarlo.

—Ella es Trish —dije señalándola, la sacudí levemente y ella al parecer volvió a la realidad y miró confundida a la pareja frente a nuestra mesa—. También es nueva aquí.

—¿Podemos almorzar con ustedes? —preguntó Nina con una sonrisa perfecta.

Asentí. Porque decir que no habría levantado demasiadas preguntas.

El perfume me golpeó de inmediato. Frutos rojos, algo dulce, demasiado fuerte. Estornudé. Una vez. Luego otra. Y otra más.

—Dai —dijo Edward, preocupado—. Estás pálida.

—Es… su perfume…

No terminé la frase antes de estornudar de nuevo.

—¿Qué pasa? —preguntó Nina mirándome con incomodidad.

—La rinitis de Daisy se sale de control con algunos olores fuertes —la chica lo miró sin entender del todo, pero mi hermano sólo siguió hablando, no sin antes de sacar uno de los famosos pañuelos que siempre guardaba para mí en casos como estos—: Creo que lo mejor será que almorcemos en otra mesa.

Me extendió el trozo de tela pero antes de que pudiera llevarlo a mi nariz siquiera, lo vi levantarse de la mesa con ella de la mano.

—¿Te quedas aquí? —pregunté, aferrándome a una ilusión ridícula, creyendo que él me elegiría por encima de su nueva posible conquista.

—Me encantaría, pero tú sí tienes compañía —respondió—, no quiero dejar sola a Nina.

Besó mi mejilla.

Y se fue, con ella y con algo que yo jamás podría reclamar.

Los vi reír a la distancia. Cómplices. Cercanos. Como si se conocieran desde siempre.

Me retiré el pañuelo después de un par de minutos y volví a mirar en dirección a la mesa de mi hermano. La espalda de Nina se sacudía repetidas veces en pequeños temblores con el sonido de su risa amortiguada por el aire caliente de la cafetería, mientras que el rostro de mi hermano parecía brillar a un par de mesas de distancia.




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