"Si el corazón se aburre de querer,
¿Para que sirve?"
'Mario Benedetti'
Mis padres siempre han sido buenos conmigo. Mamá, incansable, ha hecho todo lo posible para que nunca nos falte nada: ni amor, ni comida, ni abrigo. Trabajar en el restaurante familiar la agota, pero jamás se ha quejado.
Papá, en cambio, es más callado. Llega a casa, gruñe un poco mientras ella le calienta la comida, y luego todo cambia cuando Ed y yo bajamos a saludarlo. Su ceño fruncido se convierte en una sonrisa amplia, casi luminosa.
Durante años pensé que yo era su favorita. Me consentía más, me abrazaba más. Tal vez porque Edward nunca ha sido afectuoso, y papá intentaba llenar ese espacio afectivo conmigo.
Papá es duro con él. Demasiado.
Ed incluso ha llegado a creer que lo odia.
Yo sé que no es verdad.
Una noche escuché una conversación desde la habitación de mis padres. Se quedó grabada en mi mente con una claridad dolorosa.
...
—Odell, ¿por qué eres tan duro con Ed? —preguntó mamá, con la voz quebrada—. Es un buen chico… y es tu hijo.
Ese día habían discutido fuertemente. Ed había terminado con el labio y la nariz rotos por una bofetada de papá. Se encerró en su cuarto y no quiso salir ni a comer el resto de la tarde.
—Porque quiero que cuando la vida lo golpee, sepa defenderse —respondió papá tras un largo silencio—. Cuando yo tenía su edad era un cobarde. Dejaba que se burlaran de mí. No quiero eso para él. Quiero que sea fuerte… incluso si me odia por ello.
Ojalá hubiera tenido mi teléfono cargado para grabarlo. Para demostrárselo a Ed algún día.
Pero la vida no funciona como en las películas.
Pensé en Ed sentada sobre el retrete del baño.
Y en lo mucho que desearía arrancar de mí estos sentimientos.
Sé que está mal. Lo sé desde siempre. Sé que no debería sentir nada cuando me mira, cuando sonríe, cuando me guiña un ojo. Pero ahí está, lo siento. Siempre ha estado ahí. Ni los años, ni el tiempo, ni la culpa han logrado apagarlo.
Estoy atrapada. Enterrada detrás de una barrera que no puedo ni debo cruzar.
Y lo peor es que cada vez que intento avanzar, algo me empuja hacia atrás. Me obliga a mirarme sin mentiras. A aceptar lo que soy cuando debería refugiarme en ese lugar mental donde quererlo no tiene consecuencias morales ni judiciales.
—¿Daisy?
Me llevé la mano a la boca para no delatarme.
—Sé que estás ahí —aseguró Trish—. Si no querías que te encontraran, no deberías haber dejado la mochila apoyada contra la puerta.
Miré hacia abajo. Rosa pastel. Imposible de ignorar.
Me sentí estúpida.
Salí del cubículo con la cabeza gacha.
—Escucha, Daisy —empezó diciendo Trish en cuanto me vio salir—. Sé que apenas nos conocemos y estuvo mal que te hiciera una pregunta tan personal en la cafetería. Pero no pude ignorar tu comportamiento. Te observé todo el tiempo… la forma en que lo mirabas, cómo reaccionaste cuando llegó, cómo te quebraste cuando se fue.
Tomó aire con fuerza.
—Llegué a una conclusión —continuó—. Y lamento mucho que no estuvieras preparada para oírla de la boca de alguien más.
Se quedó en silencio, pasándose el flequillo detrás de la oreja, como si no supiera si seguir o no.
Yo tampoco sabía qué decir.
La miré. Luego miré el cubículo vacío donde minutos antes había intentado esconderme de mí misma. Apoyé una mano en el lavamanos y hablé en un susurro:
—Debes creer que estoy loca… ¿no?
Ella frunció ligeramente el ceño, confundida, pero no respondió. Solo sonrió sin mostrar los dientes y negó con la cabeza varias veces.
—¿Entonces para ti es normal que a una chica le guste su hermano?
Las palabras salieron de mi boca sin permiso. Y, contra todo pronóstico, no me sentí culpable. Me sentí… liviana. Como si algo que llevaba años presionándome el pecho acabara de soltarse, como cuando se le suelta el aire a un globo, con ese sonido chirriante que se apaga lentamente hasta el final.
Cuando todo queda en silencio.
—Se siente bien decirlo —añadí, jugando nerviosamente con mis dedos—. Muy bien.
Trish soltó una pequeña risa, incrédula, y terminó riéndose conmigo.
—Daisy —dijo entonces, mirándome con seriedad—. Solo quiero saber una cosa. ¿Desde cuándo sientes esto por él? ¿Alguien más lo sabe?
Negué con la cabeza. Sentí las mejillas arder.
—Desde que tengo memoria —respondí al fin—. Fui a “terapia” durante un tiempo… —hice comillas en el aire—. Decían que era una fase. Que se me pasaría con el tiempo.
Solté un suspiro cansado.
—Pero no pasó. El tiempo siguió avanzando y yo me quedé exactamente en el mismo lugar.
—¿Y tus padres?
—Siempre lo tomaron como una broma —dije—. Cuando era pequeña decía cosas como “cuando sea grande me voy a casar contigo, Ed”, se reían. Con el tiempo dejé de decirlo en voz alta. Supongo que creen que ya no siento nada.
Bajé la mirada.
—Al menos él no se da cuenta de las cosas que murmuro cuando está cerca… o eso quiero creer.
Trish se quedó pensativa unos segundos. Luego levantó el mentón y habló con cuidado:
—Mi madre es psicóloga. Podrías ir a mi casa. No algo formal… solo hablar. Yo estaría contigo todo el tiempo. Tal vez pueda ayudarte a aclarar lo que sientes… o a soltarlo.
Negué lentamente.
—Ya estuve en terapia. Y solo empeoró las cosas.
Ella se mordió el labio inferior.
—Pero no pierdes nada con intentarlo —añadió con suavidad.
Nos miramos. Y asentí.
Tal vez no funcionara.
Pero necesitaba creer que algo podía cambiar.
—Gracias —dije al fin.
Trish me guiñó un ojo.
—Mi madre descansa los sábados. Podemos empezar entonces.
Abrí el grifo y me lavé la cara, intentando borrar cualquier rastro de llanto. No quería preguntas. No el día de hoy.