Destinos Cruzados

Capítulo 4

"Hay almas gemelas que quizás nunca dormirán juntas,

sin embargo, siempre se soñarán"

Si pudiera arrepentirme de algo en mi vida, sería de haber confundido la atracción con el amor. Durante años creí que el deseo era una forma válida de sentirse vista, elegida, importante.

Me equivoqué.

Su nombre era Salvador Galloway. Demasiado seguro de sí mismo, demasiado consciente del efecto que provocaba en las chicas. De esos chicos que creen que una sonrisa basta para obtener permiso de algo más.

Ese 4 de noviembre de 2009, específicamente hace 2 años, aprendí que no siempre sabes decir que no, hasta que el límite ya fue cruzado.

Era nuestra primera salida de promoción. Hawái. Playa, fuego, risas ajenas filtrándose por la ventana del hotel.

Sally debía acompañarme, pero el dolor femenino de cada mes la dobló antes de salir de la habitación esa noche.

—Ve tú —me dijo con dolor—. No voy a arruinarte la noche.

Debí quedarme.

Pero tenía casi diecisiete años y aún creía que perderme algo era peor que perderme a mí misma.

Bajé con Chad y Raoul. Todo era ruido, vodka barato y decisiones tomadas a medias entre adolescentes que no deberían siquiera haber probado el alcohol. Cuando alguien mencionó “siete minutos en el cielo”, no pensé. Acepté. No por curiosidad. Por inercia. Por aceptación social.

Llegó mi turno.

El armario olía a madera vieja, ropa con demasiado suavizante y alcohol.

Oscuridad total.

Dos respiraciones compartiendo un espacio mínimo.

—Supongo que esperan que nos besemos —dijo una voz que no supe identificar en el momento.

No me dio tiempo de responder con claridad. La cercanía dejó de ser un juego y se volvió algo que no había autorizado en primer lugar. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza cuando sus manos empezaron a tocarme, rígido, confundido. No era placer lo que sentía. Era una alarma.

Y entonces, como una traición más, pensé en Edward.

Pensé en cómo nunca me había tocado. En cómo su presencia siempre había sido segura. En cómo jamás me había hecho sentir pequeña aunque efectivamente lo era cuando me ponía de pie a su lado.

El momento se rompió cuando entendí que aquello ya no era una elección compartida por efectuar el cumplimiento de un juego que yo había aceptado jugar.

Intenté apartarme, pero no fui lo suficientemente firme para hacerlo. No al principio. Y ese fue su error: creer que mi silencio era algún tipo de consentimiento.

La puerta se abrió antes de que pudiera reunir valor. La luz me golpeó los ojos. Salí de ahí temblando, arrancándome la venda como si me quemara y acomodándome la ropa y el brasier.

Tenía un horrible chupón en el hombro.

Salvador sonreía.

Sally no.

No recuerdo exactamente qué dijo ella antes de golpearlo y cómo llegó a donde estábamos jugando en primer lugar. Solo recuerdo el sonido seco, el grito, y su mano aferrando la mía mientras me sacaba de esa habitación.

Yo solo lloraba.

—No fue tu culpa —me dijo más tarde.

Yo no respondí. Solo sabía una cosa: jamás volvería a permitir que alguien confundiera mi cuerpo con una invitación.

Ese día no aprendí sobre el amor.

Aprendí sobre el miedo.

Y sobre lo fácil que es cruzar una línea cuando crees que nadie te va a detener.

Salvador Galloway quedó atrás.

La culpa, no.

Ed no preguntó nada cuando me vio llegar con los ojos hinchados a su habitación de hotel esa misma noche. Nunca lo hacía. Ese era su don y su condena: sabía cuándo hablar y cuándo no. Ya había salido de estudiar hace años, promoción del 2003, pero quería acompañarme al viaje de mi promoción para que no me pasara absolutamente nada y porque yo le pedí que lo hiciera.

Simplemente se hospedó en un hotel diferente para darme mi espacio, pero no tan lejos de mí por si yo lo necesitaba.

Me alcanzó una taza caliente de chocolate sin rozarme los dedos en el proceso de recibirla entre mis manos. Como si entendiera que esa noche el contacto era un idioma que no podía hablar en esa ocasión.

—¿Quieres que me quede? —preguntó.

Asentí.

Se sentó frente a mí, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Como siempre. Como si llevara años entrenando para ser exactamente el lugar, mi refugio, donde nadie más podía lastimarme mientras respiraba y lo conociera.

Y ahí estaba el problema.

Porque mientras otros habían aprendido a tocarme sin permiso, Edward había aprendido a quererme sin exigir nada. Y yo no sabía qué hacer con eso.

No después de haber pensado en él en el momento equivocado.

No después de haberlo usado como refugio sin que él lo supiera.

Si el amor debía doler, entonces lo que sentía por mi hermano no tenía nombre.

Y eso me aterraba más que cualquier armario oscuro.



#11473 en Joven Adulto
#46416 en Novela romántica

En el texto hay: amor prohibido, romance, drama

Editado: 14.07.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.