Destinos Cruzados

Capítulo 5

"Cuántas personas pasaron por mi vida sin marcarme,

pero luego llegas tú y lo cambias todo"

La primera vez que me llevaron a terapia tenía diez años y Edward acababa de cumplir los quince.

Veíamos una película que ahora no recuerdo, en Disney Channel. Solo recuerdo sus manos haciéndome cosquillas, mi risa descontrolada, mi cuerpo encima del suyo intentando detenerlo.

Su cara quedó demasiado cerca a la mía.

Yo me incliné.

No sé si él cerró los ojos o si mi memoria quiso regalarme ese detalle. Lo único real fue el silencio. Su respiración. La mía.

Mamá gritó.

Y después de eso, todo fue correr, paraguas, chaquetas mal puestas y una consulta improvisada que duró cuatro meses de terapia.

El doctor Lesnar no era tan buen médico como nos habían dicho, y ahora, como ya saben, sigo aquí, igual que siempre y hasta con la situación cada día peor.

A veces siento que el único remedio que tengo es fingir, fingir que no es amor lo que siento, fingir que lo que está ahí en realidad no lo está, esa es la única opción que me queda.

Nunca volví a besar a Ed.

Pero nunca dejé de sentir algo por él de la misma manera.

Trish llegó temprano esa mañana de sábado, mamá la recibió con una de sus mejores sonrisas y con un enorme vaso de jugo de naranja. Fue gracioso, mamá se había recogido el cabello con una coleta alta y Trish venía igual peinada, parecían madre e hija con el mismo y para sorpresa de todos con la misma estatura promedio de casi 180 centímetros.

Yo las miraba y solo podía recordar a Violeta Beauregarde y su madre, con la misma ropa y determinación de ganar el premio que ofrecía Willy Wonka en “Charlie y la Fábrica de Chocolate”.

Cuando bajé al segundo piso, ambas estaban en medio de una acalorada discusión sobre recetas de postres o algo así. Mamá siempre tan habladora y presumiendo sus recetas favoritas.

—Mamá, te veo más tarde, llegaré antes de la hora de la cena, lo prometo —besé ruidosamente su mejilla y ella me acarició el cabello y luego se perdió en el umbral de la cocina.

—Tu mamá es muy agradable —comentó Trish y yo sonreí asintiendo con la cabeza, luego ambas salimos de la casa y caminamos hasta la parada de autobús que nos llevaría a la suya.

Después de unos 15-16 minutos arribamos en una bellísima casa adosada de color amarillo pastel con tres pisos de altura y un enorme balcón con vista a la carretera. Un hermoso auto Nissan Versa de color gris estaba en el garaje mientras un par de hombres le hacían mantenimiento; tuve que cerrar la boca y abrirla varias veces mirando de reojo la enorme estructura frente a nuestros cuerpos, sin poder evitar el pensamiento intrusivo de lo mucho que me gustaría vivir en una casa como esa.

—Wow Trish, tu casa es preciosa —dije de manera sincera y ella sólo se encogió de hombros como diciendo "no es para tanto", pero lo era, y mucho.

—A papá le va muy bien en su trabajo como detective privado —dijo mientras sacaba un pequeño llavero en forma de nota musical y abría la puerta con una sola vuelta de las llaves.

Una chica de cabello rubio con dos enormes coletas a ambos lados de la cabeza salió a nuestro encuentro mientras pedía con amabilidad mi abrigo, sonreí ligeramente diciendo que lo tendría puesto todavía y ella asintió suavemente mientras caminaba a donde creo que estaría la cocina. No sin antes ofrecerme algo de beber, opté por un vaso con agua solamente y ella sin pestañear siquiera corrió hasta la cocina y me lo trajo en un bonito vaso de cristal.

—Ella es Kate, es la hija de nuestra ama de llaves y de nuestro chofer —me explicó Trish y yo asentí con la cabeza mientras empezaba a caminar detrás de ella—. Mamá está en su despacho, está por aquí.

Después de un grupo completo de escaleras y dos habitaciones, al fondo de un enorme pasillo con ventanilla interna estaba una puerta cerrada. Trish golpeó un par de veces y una preciosa mujer de cabello castaño y unos penetrantes ojos celestes casi de mi misma estatura me miró con una sonrisa que correspondí de inmediato.

—Mamá, ella es Daisy, la amiga de la que te platiqué —por un momento sonreí, pero luego mi sonrisa se esfumó. ¿Trish se me habrá adelantado y le habrá contado lo de mi problema a su madre antes de que llegara?

Me mordí el labio clavando mis ojos azules en el suelo con vergüenza, antes de sentir unas manos sobre mis hombros, levanté la mirada para ver a Trish sonriéndome de manera conciliadora antes de susurrar en mi oído:

—No sabe nada aún, te lo prometo —me dijo y yo la miré con los ojos bien abiertos, nuevamente parecía que hubiera leído mis pensamientos sin siquiera abrir la boca para murmurar algo.

—Buenos días Señora Sayers, es un placer conocerla —sonreí y la mujer caminó hasta mí y besó suavemente mi mejilla derecha.

—Hola Daisy, no tienes que ser tan formal conmigo, dime Aileen, solo Aileen —sonreí nuevamente—. Sigan.

Nos invitó a pasar a su despacho y Trish y yo la seguimos sin rechistar. Su oficina era enorme y espaciosa, con un enorme embaldosado de color gris con toques negros, un enorme escritorio en L con dos bonitas sillas giratorias, dos pequeñas bibliotecas con algunos libros y varias plantas y portarretratos con fotos de los que supongo sería la hermana menor de Trish y su padre.

La Señora Aileen tomó asiento en una de las sillas y Trish y yo nos sentamos en un pequeño sofá contra la pared que daba afuera. Ambas nos miramos sin saber qué decir y la incomodidad parecía plausible en el aire, solté un largo y sonoro suspiro mientras ponía mis pensamientos en orden y únicamente pensaba.

"Ella va a ayudarte Daisy, sólo quiere ayudarte, no te va a juzgar y lo que es más importante, no es el Señor Lesnar".

—Tranquila Daisy, sé lo difícil que es hablar por primera vez, pero no voy a juzgarte ni a decirte nada malo, te lo prometo, sólo quiero ayudar —miró a su hija y luego me miró a mí nuevamente—. Si quieres Trish puede irse, como te sientas más tranquila.




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