Culpo al reloj por regalarme tan pocas horas a tu lado,
a la vida por haberte encontrado tan tarde,
al destino por no poder enamorarte.
Si eres imposible para mí moriré amando,
deseando que un día hubieras aparecido.
Cuando Ed llevaba amigas a casa, yo siempre encontraba la forma de ahuyentarlas.
A veces les decía que mis padres eran caníbales y nadie que durara más de dos horas en casa salía entero. literalmente.
Otras, que la casa estaba embrujada por lo que tuve que recurrir a varios metros de nailon para mover las cosas "mágicamente" y sacarlas corriendo.
Hubo una vez —la que más me avergüenza— en la que juré que mi hermano robaba peluches o iba a cortarles el cabello para venderlo por internet.
Nada de eso era cierto.
Pero los celos no entienden de lógica, sólo de supervivencia.
Ese domingo desperté con una sonrisa impostada. Contaba las horas para la noche, para el bar, para perderme un poco. Mamá me dio permiso sin demasiadas condiciones y yo prometí no beber más de la cuenta.
Mentí.
O al menos quise creerme esa promesa.
Todo iba bien hasta el desayuno.
—Invité a Nina a almorzar —dijo Edward, como si nada mientras desayunábamos.
Mamá y papá estaban encantados con la idea puesto que mi hermano nunca había traído a una chica a la casa desde esos días en los que yo las espantaba, cuando él tenía 15 años y estaba empezando a salir con otras jovencitas.
No me terminé el café. No pude. Me encerré en mi habitación con música a todo volumen, intentando no imaginarla recorriendo la casa, ocupando mi lugar, respirando su aire.
Nina llegó a la hora prevista, desde mi habitación pude escuchar claramente sus tacones resonando en el suelo desde el primer piso de mi casa; y luego sus pasos subiendo por las escaleras rumbo a la habitación de mi hermano justo en frente de la mía mientras yo me repetía mentalmente una y otra vez que no saldría de mi habitación hasta que ella se hubiera ido primero.
Fallé.
Abrí la puerta apenas unos centímetros y los vi.
Besándose.
Cayendo sobre la cama.
Cerré de golpe y me dejé caer al suelo, clavándome las uñas en la piel como si eso pudiera arrancarme lo que sentía.
Ed es mi hermano.
Debería bastar.
Luego me dormí para no pensar. Para no sentir.
...
Horas después, sola en casa, el silencio pesaba demasiado. El helado no ayudó. La televisión en el canal “Investigation Discovery” con mi programa favorito tampoco. Cuando mamá llamó para avisar que no volverían pronto, solo asentí en voz alta y colgué con una molestia que mamá ni siquiera me había producido.
Si Ed había tenido su tarde perfecta, yo también tendría la mía.
Esta noche será mi noche.
...
Trish llegó puntual. Roja, brillante, segura. Yo me vestí para desaparecer dentro de mí misma.
Caminamos hasta el bar entre risas nerviosas y promesas de diversión.
El vodka hizo el resto.
Después de unas 7 copas yo ya no sabía ni distinguir lo blanco de los negro o lo moreno de lo blanco, la cabeza ya me daba vueltas por completo y yo no podía parar de reír sola desde mi mesa. Trish y las otras chicas se habían ido a bailar con unos chicos, y a pesar de que me habían invitado a bailar un par de veces yo siempre terminaba negándome sin moverme de mi lugar.
Las risas se volvieron ruido. El suelo giraba.
Perdí a Trish de vista y me encontré sola, con el teléfono en la mano y el nombre de Edward brillando en la pantalla mientras hacía la fila en el baño de chicas.
—¿Por qué llevaste a Nina a casa? —le pregunté, sin poder vocalizar bien.
Su voz sonó preocupada. Autoritaria. Demasiado presente.
—No te necesito —le dije antes de colgar.
Mentí otra vez.
...oOo...
El fútbol americano siempre me ha resultado entretenido, papá y yo solemos ver partidos todo el tiempo y luego analizarlos cuando estos se terminan para discutir cuál de entre todos los jugadores era el que había jugado peor.
Acabábamos de ver uno, pero papá estaba tan cansado que no pudimos comentar nada y él ya se había ido a dormir excusándose con que mañana tenía que madrugar al trabajo.
Esperaba la llamada de Daisy desde hacía horas.
Cuando me llamó, supe que algo estaba mal.
—¿Daisy? ¿Ya quieres que vaya por ti?
—¿Por qué has llevado a Nina a la casa hoy? —preguntó, sin poder vocalizar bien y yo fruncí el ceño de inmediato. Está tomada y de inmediato me enojo, como un pedazo de dinamita que acababa de estallar.
Se supone que no iba a pasarse con el alcohol.
—Daisy, ¿todo bien? ¿Por qué me preguntas eso? Quería conocer a mamá y a papá —ni siquiera sé porque me excuso pero lo hago—. ¿Estás sola? ¿Dónde está Trish?
—Eso no te importa —me suelta con fuerza y yo no puedo evitar apretar los puños y enojarme aún más.
Es una mujer sola, en algún lugar de ese bar y con miles de hombres acechando para aprovechar si tienen la oportunidad de llevársela a la cama.
—Daisy, contéstame, ¿estás sola? ¿En qué parte de ese bar estás? —se ríe y yo vuelvo a fruncir el ceño apretándome el puente de la nariz para distraerme, no quiero perder los estribos y terminar gritándole—. ¿Quieres que vaya por ti? —vuelvo a preguntar y ella vuelve a soltar una risa como si la situación le divirtiera por alguna razón estúpida que no entiendo.
—No, la estoy pasando genial aquí, no te necesito —y cuelga la comunicación dejándome como un auténtico imbécil con la palabra en la boca.
Cuando colgué, ya estaba bajando las escaleras. Tomé la bicicleta y salí sin pensar.
...
El bar estaba lleno. Demasiado lleno de estudiantes universitarios decididos a pasar un buen rato. La música era un golpe constante. Vi a Trish primero. Borracha. Despreocupada.