Te quiero...
de una forma tan especial que no me hace falta ni verte ni tenerte para que mi cariño crezca,
sólo basta con cerrar los ojos y saber que existes.
Uno de los momentos más perturbadores que recuerdo de mi adolescencia era el hecho de que casi siempre cuando Ed y yo teníamos la oportunidad de quedarnos solos por las mañanas, yo solía dejar la puerta de mi habitación abierta mientras me cambiaba la ropa.
Me desnudaba despacio. Me quitaba el uniforme con cuidado. No quería que pasara nada. Solo quería que Ed me mirara.
A veces me pregunto si alguna vez lo hizo...
El aire frío me golpea el rostro y despierto sobresaltada. Estoy en la parte trasera de un auto que no reconozco. El estómago se me revuelve casi de inmediato pero gracias a Dios no vomito. Me incorporo de golpe y entonces lo veo.
Ed sentado en el asiento del copiloto y a una chica que no distingo conduciendo a su lado, parpadeó varias veces y finalmente distingo la silueta de Nina. Abro los ojos con sorpresa y es cuando veo a mi hermano clavando sus ojos marrones en mí, más oscuros de lo normal por el enojo.
Trago saliva y saco un “Trident” de uno de mis bolsillos.
—Qué bueno que despertaste —dice él apartando la mirada de golpe—. Espero que te hayas divertido.
Me cruzo de brazos y apoyo mi cabeza contra el cristal de la ventana, mirando el panorama por el que caminé con Trish esa misma tarde.
No respondo. Me limito a mirar por la ventana, a masticar el chicle con demasiada fuerza entre mis dientes, como si eso pudiera borrar la imagen de ellos dos juntos de mi cabeza.
Cuando el auto se detiene frente a casa, apenas soy capaz de mantenerme en pie. Ed se baja primero. Me ofrece la mano. No la tomo.
Nina se despide con una sonrisa y se va.
El silencio que deja es peor.
—Puedo caminar.
—No puedes —responde, sujetándome por la cadera.
No digo una sola palabra más porque es la realidad y ambos entramos a la casa escaleras arriba, rumbo a mi habitación. Entramos en mi cuarto y mi hermano me ayuda a sentarme en la cama. Justo cuando iba a salir de la habitación lo detengo del antebrazo y él se devuelve y me mira fijamente a los ojos.
—No debiste beber así —dice—. Te pusiste en riesgo.
Me río. No sé por qué.
—Tal vez ahora estaría entre las piernas de ese tipo —murmuro—. Era guapo. No veo el problema.
Edward se tensa.
—No digas estupideces.
—¿Por qué? —alzo la vista—. ¿Estás celoso?
No espero respuesta.
Me acerco demasiado. Huelo su perfume.
Y poco antes de que alguna clase de fuerza humana racional hiciera algo para prevenir el incesto, lo tomé del cabello y uní mis labios con los suyos depositando en ese beso toda mi frustración, mi rabia y mis celos.
Es torpe. Breve. Real.
Por un segundo —solo uno— no me aparta.
Luego me empuja y yo caigo en la cama golpeando un poco mi cabeza con la madera en el proceso.
—¿Qué carajos estás haciendo? —grita—. Estás borracha.
Sale de la habitación dando un portazo.
Me quedo mirando la puerta cerrada.
El pecho me duele. Me acurruco en la cama y lloro sin dignidad, sin defensa, con la certeza de haber cruzado algo que no se puede descruzar, sintiéndome culpable y rechazada.
…
Cuando me levanté la mañana siguiente me encantaría haber dicho que todos los acontecimientos de la noche anterior se habían disipado y ahora estaban en la cabina del olvido de mi mente pero no era así, recordaba todo lo que había pasado esa noche, cada detalle, incluso todo lo que pasó y la conversación que tuve con Ed después de perder el conocimiento en el bar.
Me mantuve en mi habitación todo el día y fingí que había pescado un resfriado ayer en la noche, todo con tal de no verlo, aun cuando tenía clases ese día.
¿Cómo iba a ser capaz de mirarlo después de lo que había hecho?
Mamá fue a mi habitación y me miró sorprendida apenas solté un quejido fingido al momento en que ella abría las persianas de mi habitación para que me arreglara para ir a la universidad. Me dio el mismo sermón de "no debiste haber bebido demasiado" y luego salió de mi cuarto y me trajo un café bien cargado antes de irse a trabajar.
No fuí a la universidad al final. No quiero verlo. No quiero existir.
Pasé toda la mañana metida en mi habitación con un paquete completo de "Cheetos picantes" tamaño familiar y cuando mi reloj despertador dio las 12 del mediodía finalmente me metí a la ducha. Cuando dieron las 5 de la tarde escuché la puerta de entrada, mi hermano acababa de llegar de la universidad, el corazón se me detuvo cuando escuché que me nombró desde abajo con las palabras siguientes:
—Daisy, tu amiga está aquí —fue lo que dijo y pocos minutos después escuché pasos con dirección a mi habitación y la puerta de mi cuarto abriéndose.
Mi corazón se detiene
—Hola, ¿cómo estás? —habló Trish entrando con su mochila llena de pines de “Naruto” que siempre lleva para la universidad.
—Mejor de lo que merezco —es lo único que digo dejándome caer en la cama con derrota.
—Tu hermano me contó lo que pasó
El mundo se me viene encima.
Oh, mierda.
—¿Qué te dijo? —pregunto, casi sin voz.
—Que te desmayaste en el bar y tuvo que llamar a Nina.
—Fue un error, lo sé, no debí... —me interrumpí cuando procesé por completo lo que acababa de decir la chica castaña—. Espera ¿qué? ¿Eso fue todo? ¿Sólo te dijo eso?
Respiro. Demasiado fuerte, los pulmones me arden en protesta.
—¿Eso es todo?
—¿Debería ser más? —pregunta.
Niego. Una vez. Dos. Muchas.
Ella me observa en silencio.
—Daisy… ¿qué pasó de verdad?
Me miró de manera interrogante, y un nuevo dilema se presentó en mi vida, decirle o no decirle que ayer, por culpa de esa resaca colectiva acababa de cometer el peor error de mi existencia.