En mis sueños tú eres mío.
Pero...
en mi vida tú eres un sueño.
Nunca he sido buena para pelear, nunca he discutido severamente con mamá, ni papá, ni Ed. Y todas las personas que han pasado por mi vida no tienen absolutamente nada de lo que quejarse sobre mi persona.
No levanto la voz. No golpeo puertas. No discuto.
Prefiero callar hasta que el silencio me ahogue.
Tal vez por eso, cuando las cosas se rompieron, no supe cómo detenerlas.
—¿Estás seguro, hijo? —pregunta mamá, con la voz temblorosa—. ¿No estás tomando una decisión demasiado apresurada?, sabemos que eres mayor de edad y que puedes tomar tus propias decisiones. Pero esto es demasiado pronto, ¿no crees? No estamos listos para dejarte ir todavía —esa era la voz de mamá a punto de romper en llanto.
—Sí —responde Ed—. Quiero empezar mi vida por mi cuenta, voy a cumplir 24 años, pude haber empezado a vivir solo hace bastante tiempo atrás mamá, solo que no lo había visto necesario… hasta ahora.
Mi hermano, mi Ed, en ese momento está despidiéndose de nuestros padres para irse a vivir por su cuenta.
Aprieto las rodillas contra el pecho.
Las maletas ya están hechas. Él también.
Hablan de horarios, de trabajo, de un apartamento en North Fork. De Nina. Todo suena práctico. Ordenado. Definitivo.
Pero yo sé que sus ganas de emanciparse tienen un nombre y llevan su mismo apellido: yo.
Quiere alejarse de todo, quiere alejarse de mí, y todo es mi jodida culpa.
—Bueno —esta vez habló papá y yo de alguna manera u otra quería que él interviniera para que Ed no se fuera de casa, pero supongo que nuevamente estoy siendo demasiado estúpida. Papá va a ser el primero en apoyar su decisión—, espero que hayas pensado en esto con la cabeza fría Edward. Sólo me queda decir que esta casa siempre va a tener las puertas abiertas para ti todo el tiempo, y espero que no tengas ningún inconveniente viviendo solo.
—¿Entonces es un hecho? —escuché la voz de mamá en un auténtico hilo.
—Mamá, no eres la primera mujer que debe soportar la emancipación de su hijo mayor, estaré bien, sobreviviré —habló Ed y mi corazón se estrujó un poco más de lo que estaba al principio de toda la conversación. Luego se escucharon golpes en la puerta de entrada y escuché tres pares de pasos con dirección a esta.
—Ted, muchas gracias por ayudar a mi hijo con el tema de la mudanza, Odell y yo tenemos que irnos al trabajo y no podemos ayudarlo —dijo mamá.
—No se preocupe Señora Alice, no tengo ningún inconveniente en ayudarlo.
Theodore West, el mejor amigo de mi hermano desde el jardín de niños, por no decir que nacieron juntos o salieron del mismo huevo con el irritante parecido que tienen ambos. Único en su especie y un auténtico señor parranda, modelo de una de las marcas de moda más populares de toda California, cabello rubio, ojos verdes; he escuchado el rumor de que es gay.
No porque gustarte el mismo sexo sea un problema, simplemente porque es molesto que las personas duden de tu sexualidad real.
—¿Nos vamos? —preguntó el susodicho.
—Espera, iré por otra maleta con mis últimas cosas —habló Ed y empezó a subir las escaleras con dirección a dónde su servidora esperaba con su última maleta, sentada sobre la cama que en cuestión de unas horas iba a desaparecer de esta alcoba.
Ed entra.
Nos miramos.
—¿De verdad te vas? —mi voz apenas sale, mis ojos están cristalizados por lo que tengo que llevarme ambas manos a la cara y fregarlos para que las lágrimas no caigan—. ¿Es por mí?
Se pasa una mano por el cabello.
Suspira.
—Daisy…
—Déjame hablar —digo rápido—. Lo siento. Lo arruiné. No debí besarte. Estaba borracha. Fue un error. No volverá a pasar. Te lo juro. Sé cuál es mi lugar.
Las palabras caen como disculpas aprendidas de memoria.
Se sienta a mi lado, pero no me toca.
—Lo siento mucho enserio —siento dos lágrimas rodar por mis mejillas, las seco de inmediato.
—Esta decisión es mía —dice—. No tiene nada que ver contigo.
—Entonces explícame —susurro.
—No puedo hacer eso, pero con creer que es lo mejor es suficiente, créeme...
Se levanta. Toma la maleta.
—Adiós Daisy.
La puerta se cierra.
Y algo más se cierra conmigo dentro.
…
No fue esa noche de tragos la que lo arruinó todo, fue cada silencio acumulado durante meses después de eso, semana santa pasó, su cumpleaños en el mes de Abril pasó también, ya casi iban a empezar las vacaciones de verano y nada había cambiado entre ambos.
Veía a mi hermano en la universidad casi a diario, pero no nos hablamos. Fue peor que una pelea. Era como si nunca hubiéramos sido nada, como si ambos hubiéramos tomado caminos y destinos diferentes, como si nunca hubiésemos vivido juntos, dos desconocidos, con un pasado en común pero desconocidos después de todo.
—No pueden seguir así para siempre —dice Trish y yo apoyo mi rostro contra la mesa.
—Claro que podemos —respondo—. Ya lo estamos haciendo.
Dicen que una persona puede soportar cierta cantidad de peso sobre sus hombros y por alguna razón yo sentía que acababa de llegar a mi límite, sentía que por más que lo intentara me iba a ser imposible avanzar. Ahora, seguía caminando, pero esa odiosa carga simplemente se hacía y se hacía más pesada día tras día.
En clase no escucho. No pienso. No existo.
—Señorita McDonald —la profesora de latín me llama. Lucy Mclntyre, alias la señorita del apellido impronunciable—. ¿Puede repetir la frase?
—Lo siento mucho profesora Lucy, pero no estaba poniendo atención —hablé con la voz en un solemne balbuceo ganándome de inmediato la mirada reprobatoria de la maestra y un par de burlas de mis compañeros.
Risas. Vergüenza.
—Eso lo sé señorita McDonald, por lo menos tuvo la decencia de ser sincera. Pero no es la primera vez que digo lo mismo de siempre, si no le interesa mi clase puede irse.