Quédate en mi memoria y en mis recuerdos.
Quédate allí, donde cada vez que te busque,
pueda encontrarte.
El latín ha sido mi enemigo mayor desde que entré a la universidad. No importa cuántas veces intente convencerme de que todo idioma moderno le debe algo, para mí no tienen nada que ver con el lenguaje actual. Nunca he encontrado una posible relación con nuestro inglés en pleno 2011. Es una lengua muerta que insiste en perseguirme viva.
Tal vez en otra vida alguien que hablaba latín y yo fuimos enemigos mortales.
No encuentro otra explicación.
Sabía que salir de clase el otro día iba a traer consecuencias. No soy ingenua. Pero no imaginé que la señorita McIntyre decidiría castigarme con cinco páginas de Aristóteles traducidas al latín, sin traductor y con un diccionario de mano que parecía burlarse de mí cada vez que lo abría.
Era eso o reprobar, era mi última nota antes de terminar el semestre y mi promedio perfecto pendía de un hilo con este.
Apuñalaba una ensalada César con más violencia de la necesaria cuando una sombra se sentó frente a mí.
—¿Qué te hizo la pobre ensalada para merecer ese maltrato?
Levanté la vista. Lawrence. Bandeja en mano, lentes torcidos, sonrisa fácil.
Solté el tenedor y respiré hondo, intentando no parecer una persona al borde del colapso o con ciertas conductas homicidas sin desarrollar.
—¿Te pasa algo? —me preguntó al ver que no había respondido su comentario sarcástico con alguna de mis frases inteligentes.
—La vida —respondí—. Y el latín.
—Eso suena grave.
—Lo es. Tengo que traducir a Aristóteles o morir académicamente en el intento.
Apoyé la frente contra la mesa.
—No soy buena en latín. Apenas sobreviví el semestre pasado.
—Ego possum auxilium tibi dare.
Alcé la cabeza de golpe y miré al joven de ojos grises como si le hubieran salido dos cabezas del cuello.
—¿Qué acabas de decir?
—Que puedo ayudarte.
Lo miré como si acabara de confesar un crimen.
—¿Sabes latín? —pregunté asombrada ya que ese extraño chico era la única persona que al parecer hablaba latín en el mundo; o tal vez en ese 1% de personas que conocían esa lengua tan antigua y aburrida.
Sally era buena escribiendo y traduciendo el latín pero nunca pudo hablarlo.
Se encogió de hombros, como si no fuera nada.
—Mi padre cree que es una lengua esencial. Aprendí latín básico antes de aprender el inglés cuando empecé a hablar, obviamente la pronunciación deja mucho que desear porque nadie sabe exactamente como suena una lengua tan vieja.
—¿Me ayudarías?
Sonrió y bajó mis manos a la mesa.
—Para eso me senté aquí.
Antes de que pudiera agradecerle con la devoción de una persona salvada de la horca, Trish apareció a mi lado.
—¿Y este espécimen de dónde salió? —habló apareciendo por un lado de la mesa mientras miraba al chico con curiosidad.
—Lawrence, ella es Trish. Trish, él es Lawrence —los presenté y la chica sonrió sentándose a su lado con su típica ensalada de tomate y esa botella de agua en una bandeja pequeña—. Sabe latín, es como si los ángeles lo hubieran enviado personalmente para salvarme el trasero.
Ella lo evaluó con rapidez, demasiado interés para alguien que decía no creer en el amor a primera vista.
—Entonces —dije antes de quedar completamente fuera de la conversación—, ¿dónde estudiamos?
—En mi casa —respondió Lawrence—. Mis padres estarán ahí.
Asentí. No me importaba dónde, sólo que Aristóteles dejara de perseguirme.
—Entonces a la salida, en tu casa, vale.
…
Nos despedimos de Trish a la salida. Y ella, para mi sorpresa, se inclinó y besó la mejilla de Lawrence con una naturalidad que jamás le había visto con nadie, ni siquiera besaba a su madre.
Me quedé mirándola alejarse.
—No sabía que haría eso —dije.
—Yo tampoco —respondió él, incómodo.
—¿Nos vamos? —preguntó presuntamente nervioso y yo asentí con la cabeza, entrelacé su brazo con el mío y lo seguí de cerca mientras ambos caminábamos a la parada del autobús.
—¿Vives cerca? —pregunté cuando ya habíamos abordado el primer autobús que pasó, él pagó su pasaje y yo el mío antes de empezar a caminar dentro del vehículo.
—North Fork.
Subimos al autobús en silencio. Me senté al fondo, junto a la ventana. El cansancio me cayó de golpe. Cerré los ojos. Suspiré, saqué mis audífonos y mi móvil y los conecté, puse la reproducción aleatoria y me recosté en el asiento.
—Luces agotada—escuché que me dijo con la voz amortiguada por la música, así que me retiré un audífono y lo miré asintiendo.
—Lo estoy.
El bus frenó y alguien se subió en la parada. No necesité mirar para saber quién era.
—Gracias Señor
Abrí los ojos.
Ed avanzó por el pasillo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó la mano en un saludo breve, inseguro. Quería encogerme en mi lugar o desaparecer de la faz de la tierra en ese momento.
No me moví de mi lugar pero sentía sus ojos marrones fijos en mi cuerpo.
Me tensé. Lawrence me observó de reojo.
—¿Es… alguien importante para ti?
No contesté. No sabía cómo.
Y entonces hice lo que siempre hago cuando el pánico me alcanza. Una estupidez. Miré fijamente a los ojos al chico de lentes a mi lado y luego sin darle tiempo a reaccionar siquiera, lo tomé de las mejillas y lo besé en los labios bajo la atenta mirada de Ed, y de algunas de las personas que se encontraban en ese autobús.
El autobús siguió su camino como si nada.
Cuando me separé, Lawrence me miraba sorprendido, confundido.
Y entonces entendí: había vuelto a cometer un error.
Otro más para la colección.
Cerré los ojos.
Definitivamente no pienso antes de saltar al vacío.