El destino de nuestros labios es encontrarse,
¿Para qué alargarlo?
Nunca creí en ese cuento de las almas gemelas. Ni siquiera en mis mejores días pude tragarme la idea de que todos nacemos atados a alguien, como si existiera un hilo invisible que, por más que se estire o se enrede, jamás se rompe. Si eso fuera cierto, el mundo no estaría lleno de errores repetidos, de aventuras que duran una noche, de relaciones que se sostienen solo por costumbre.
Nadie desperdiciaría un primer beso ni una primera vez con alguien que no significa nada.
Simplemente esperaríamos.
Si ese famoso hilo rojo existiera, yo no sería la hermana de Ed. Porque si hablamos de destinos inevitables, él siempre habría sido el mío.
Y eso es justamente lo que hace que todo esté tan mal.
Trish y yo íbamos en silencio dentro del auto de sus padres. Su maleta ocupaba casi todo el asiento trasero; ella se había empeñado en llevar media vida para pasar una sola noche en mi casa durante las vacaciones de mitad de año. El Señor Sayers no estaba muy contento al saber que su hija mayor dormiría en otra casa, no sin la compañía de su guardaespaldas privado. Es gracioso, pero supongo que ser investigador privado te llena la cabeza de millares de escenarios donde tu familia es asesinada, tu casa es allanada o tu amada hija es secuestrada.
—¿Estás bien? —preguntó al cabo de unos minutos.
Asentí, apoyando la frente contra el vidrio frío.
—Todo va a estar bien —añadió—. ¿Has recibido más mensajes?
Negué otra vez. No quería mirarla a los ojos. No quería decirlo en voz alta. Lo que más miedo me daba no era el mensaje en sí, sino la sensación de estar siendo observada incluso cuando no había nadie cerca.
—Daisy —insistió con suavidad—. ¿Todo bien?
Suspiré. El cansancio se me acumulaba en los hombros, en la espalda, en la cabeza. Apenas habían pasado un par de semanas desde el incidente, pero sentía que llevaba meses sin dormir.
Al principio creí que había sido buena idea cambiarme de habitación. Ver el cuarto vacío de Ed, cruzar ese pasillo sin encontrarlo, me había convencido de aceptar mudarme al piso de abajo.
Ahora sabía que había sido otro error.
...
—Mamá, papá… ya llegué.
Mi voz salió baja, casi tímida.
—Qué bueno, hija —respondió mamá desde la cocina, secándose las manos en su delantal floreado—. Tu padre y yo tenemos una sorpresa para ti.
Papá levantó la vista de la laptop y me sonrió. Me acerqué, le di un beso en la mejilla y repetí el gesto con mamá, ambos me miraron sonriendo.
—Odell —dijo ella.
Papá se levantó, la rodeó con un brazo y dejó un beso en su frente.
Nunca me molestó verlos así. Al contrario. Eran la pareja perfecta, los ojos mieles de mamá, su cuerpo menudo y delicado aún con su increíble estatura de 180 cm, sus finas facciones de piel blanca y aquel cabello negro derramándose en ondas por todo el largo de su espalda; al lado de papá con sus casi dos metros y poco más de estatura, mamá parecía una enorme pero inofensiva muñeca de porcelana, y los ojos marrones de mi padre que pasaban la mayor parte del tiempo oscuros y duros se suavizaban con sólo ver a mamá o tenerla cerca.
Siempre pensé que si alguna vez me enamoraba, quería algo parecido a eso, a lo que ambos tenían.
—Cierra los ojos —me dijo papá.
Obedecí. Sentí sus manos grandes cubrirme la vista mientras me guiaba fuera de la cocina. Una puerta se abrió.
—Ahora.
Abrí los ojos.
Era la habitación.
Mi habitación.
Mis cosas estaban acomodadas con un cuidado casi reverencial: el clóset celeste, mis libros en repisas nuevas, la cama con el tendido rosa claro, el escritorio junto a la ventana. Incluso mis fotos, las antiguas y las nuevas, colgaban ordenadas en la pared. Mis cuadros en mosaico con fotos mías con Ed, Sally, Chad, Raoul y obviamente un par de fotos nuevas que había mandado a enmarcar con Trish.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Pensamos que merecías un espacio más grande —dijo mamá—. Nos mudamos al cuarto de tu hermano.
No supe qué decir. Los abracé a los dos, fuerte, como si temiera que todo desapareciera si los soltaba.
—Gracias —murmuré—. Los amo.
—¿Vas a cenar? —preguntó mamá cuando me vio sacar el pijama de uno de mis cajones.
—Comí en casa de Lawrence —respondí tomando mi cepillo de dientes para dirigirme al baño, mi propio baño, este es el mejor día de mi vida—. Pronto lo invitaré a la casa. Les va a caer muy bien.
No preguntaron más. Cerraron las cortinas, me dieron las buenas noches y me dejaron sola.
Entré en el baño y empecé a cepillarme los dientes con mis ojos clavados en el espejo, enjuague el cepillo y justo cuando iba a guardarlo en el estuche de siempre escuché un par de ramas crujiendo al frente de mi ventana.
Intenté convencerme de que estaba a salvo. De que exageraba.
Entonces escuché el crujido nuevamente en cuanto salí del baño.
Me quedé quieta.
Observé el velo blanco de la cortina, buscando alguna sombra.
Nada.
—Un gato —susurré para mí misma.
Me quité la chaqueta.
Click.
El sonido fue inconfundible.
Una cámara fotográfica.
Mi corazón empezó a latir con violencia.
Click.
Esta vez no dudé. Corrí al baño, cerré la puerta y me cambié temblando. No miré otra vez por la ventana y terminé por quedarme dormida sobre la división entre la puerta del baño y el lugar donde empezaba mi cama.
Desde ese instante, ese cuarto dejó de ser un refugio.
…
—Daisy.
Parpadeé.
Trish me estaba sacudiendo suavemente los hombros.
—Lo siento —dije sin pensar.
—¿Estabas recordando? —preguntó—. ¿A Ed? Creí que ese asunto ya había quedado gran parte en el semestre pasado, o eso fue lo que le dijiste a mi madre