Destinos Cruzados

Capítulo 12

Como quieres que te olvide,
si al comenzar a olvidarte...
me olvido del olvido
y comienzo a recordarte.

La primera vez que me hice la novia de alguien fue, sin exagerar, una de las peores decisiones de mi vida.

Acababa de cumplir diecisiete años en ese 2010 y asistía a unos cursos absurdamente optimistas sobre marketing, entrevistas laborales y cómo dejar de ser tímida frente a desconocidos antes de empezar la vida laboral por primera vez.

Dos semanas intensas, caóticas y divertidas. El profesor Alfred hacía que todo pareciera un juego y, en medio de ese ambiente relajado, apareció Lennie Horn.

Cabello castaño oscuro. Ojos marrones. Un tatuaje de colores en el antebrazo.

No fue amor a primera vista. Eso es una mentira romántica que solo sirve para justificar errores rápidos. Fue atracción. Pura, simple, física. Química barata mezclada con hormonas y la emoción de gustarle a alguien que no estaba prohibido.

Nunca me acerqué primero. Me sentaba detrás de él. A veces sentía su mirada, pero me convencía de que lo estaba imaginando. Hasta que un día me pidió un bolígrafo.

Le presté el mío. Uno ridículo, azul, con un unicornio en la tapa.

Su sonrisa fue suficiente para hacerme olvidar todo lo demás.

La primera vez que me invitó a salir o cuando le di mi número de celular excusando la situación con pedirle el favor de enviarme unos apuntes que no alcancé a escribir "supuestamente" sentía que el corazón se me iba a salir del pecho; llegué a casa con una sonrisa estúpida que estuvo en todo mi trayecto de camino a casa. Debí parecer una psicópata en el autobús puesto que sólo sonreía mirando por las ventanas; no me importó, el chico que me gustaba me había invitado a una cita y estaba súper emocionada por mi primera salida con él.

El resto ocurrió demasiado rápido: una salida al cine, manos entrelazadas, dedos recorriendo mi piel mientras fingíamos prestar atención a la película, descargas eléctricas en todo mi cuerpo en cada contacto de su piel contra la mía. Un beso que me desarmó más de lo que debía.

No estaba enamorada. Ahora lo sé. Estaba emocionada. Vulnerable. Abierta de más.

Le conté cosas que no debía. Me dejé ver demasiado. Me ilusioné con gestos vacíos. Abrí puertas que nunca debí abrir.

Y cuando todo terminó —porque siempre termina— entendí que no todos los errores enseñan algo.

Algunos solo dejan cicatrices.

Porque hay errores que no se olvidan: solo cambian de forma.

Por eso, cuando Trish propuso “atrapar a mi acosador”, su plan me pareció absurdo desde el inicio. Subirnos a un árbol en plena noche, congelándonos hasta ganarnos una posible neumonía, esperando a que alguien apareciera como en una película barata.

No apareció nadie.

Solo frío, estornudos y la certeza incómoda de que quien me observaba era más paciente que nosotras… o simplemente estaba esperando algo mejor.

—La próxima vez llamas a la policía —sentenció Trish, ya de regreso en casa.

Asentí, aunque no estaba segura de que hubiera una “próxima vez”.

A la mañana siguiente la casa estaba demasiado viva para mi gusto. Mamá cocinaba. Papá iba y venía con bolsas y bandejas. Todo olía a preparación… y a desastre.

—¿Qué pasa? —pregunté, todavía medio dormida con los ronquidos de Trish profundamente dormida en el enorme colchón para los visitantes en el suelo de mi habitación porque se negaba a compartir la misma cama que otra persona por alguna razón desconocida.

—Almuerzo familiar —respondió mamá—. La familia de la novia de tu hermano viene hoy. Tu padre quiere agradecer a los Matty por tan importante oportunidad laboral que le dieron a tu hermano y claro, por su relación de casi 6 meses con Nina.

Sentí cómo algo se me cerraba en el pecho.

Ed.

Nina.

Sus padres.

Todo. Hoy.

—Puedes invitar a Trish o a Lawrence —añadió—, así no te aburres.

Mamá salió de la habitación sin decir nada más y yo desperté a Trish a almohadazos.

—Espero que sea importante Daisy, estaba soñando algo súper lindo con Law... digo con un chico muy lindo —bufó devolviéndome la almohada aunque dormida como estaba esta terminó impactando del otro lado de la habitación y no en mi cara como ella había apuntado. Solté una carcajada y Trish me miró de mala manera señalándome con una de sus uñas pintadas de barniz celeste—: habla.

—Tres palabras. Papá. Mamá. Almuerzo. Ed —respondí y la chica abrió un poco los ojos y luego se puso de pie y caminó hasta mí.

—Eso fueron cuatro palabras —gruñó—. Pero entendí.

—Sabía que no podían huir para siempre —murmuró, incorporándose—. Respira.

Negué con la cabeza y ella estaba a punto de abrir la boca para hablar cuando mamá apareció con el desayuno poco después.

—Gracias mamá, pero esto no era necesario —la mujer hizo un gesto despreocupado con la mano y luego se volvió para mirar a Trish.

—Espero que hayas dormido bien, querida —le sonrió y Trish asintió con la cabeza.

—Sí Señora Alice, dormí de maravilla, muchas gracias.

—Tendremos una cena familiar hoy, ¿no gustas quedarte? —siguió hablando mamá y Trish la miró de manera apenada.

Sentí un nudo en el estómago.

—Nos vamos a Nevada. Hoy.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Por qué no me habías dicho nada?

—Mi abuela está delicada —respondió con calma—. Ya es momento de despedirse —suspiró y luego sonrió—. Gracias por el desayuno —se llevó un pedazo de tortita a la boca y luego levantó el dedo pulgar para darle el visto bueno a la comida.

Mamá negó con la cabeza sonriendo antes de salir de la habitación con la bandeja entre las manos después de dejar su contenido encima de mi escritorio.

—¿Te escapas una semana antes de volver a clases? —Pregunté levantando una ceja puesto que la chica era demasiado aplicada para hacer algo como eso, pero ella sólo se encogió de hombros—. ¿Y cuándo pensabas decirme lo de tu abuela?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.