Destinos Cruzados

Capítulo 14

A quién amas dale alas para volar,
raíces para volver
y motivos para quedarse.

Siempre me ha intrigado lo poco que encajo en mi familia. Soy la bajita, la de los ojos claros, la que memoriza documentales de criminalística pero se tapa los ojos con una película de terror.

La que vive entre caos porque ordenar duele más que desordenar y es más complicado.

Estoy acostumbrada a los desastres.

Lo que no sabía era cuánto podía doler arrastrar a otros conmigo.

Tenía 18 años, ya era adulta, pero aún así sentía que estaba cargando con decisiones que no deberían tocarle a nadie aún a mi edad y más cuando prácticamente acababa de dejar la adolescencia.

Salí de mi habitación con el pulso desbocado, tan despacio que no supe si el tiempo se había detenido o yo estaba caminando más despacio.

Esperé gritos, reproches, preguntas imposibles. No pasó nada de eso.

Nina estaba sentada en la mesa, rígida, mirando por la ventana con la mirada perdida. Sus padres y los míos le hablaban pero sólo hacían preguntas sin obtener respuesta de ella. Cuando Ed levantaba la vista, ella desviaba la mirada con una dureza que no le conocía.

—¿Qué ocurre? —pregunté, fingiendo calma.

Mamá negó, confundida.

—Escuchamos gritos. Nina salió de tu habitación… y luego se sentó ahí. —Me miró—. ¿Qué pasó, hija?

Negué despacio. Nina alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron. En la suya no había rabia: había derrota. Como si hubiera perdido algo, un juego donde ambas éramos las adversarias principales pero que yo había ganado injustamente, puesto que ella apenas estaba intentando entenderlo y yo le llevaba mucha ventaja.

—Edward —dijo mamá.

Él no respondió. Se apoyó en la barra, tenso, con la marca roja todavía visible en la mejilla que era un recordatorio explícito de un conflicto denso.

La madre de Nina se levantó, tomó las manos de su hija para darle apoyo, pero la chica rubia se negaba a emitir alguna palabra.

—Nos vamos —dijo con suavidad la señora Matty—. Este problema puede esperar.

Clayton Matty apoyó a su mujer y se despidió con una cortesía distante. Mi padre intentó disculparse pero no hubo reproches.

Solo una retirada elegante.

La chica castaña se puso de pie asintiendo y caminó hasta la puerta no sin antes musitar un "gracias" frente a mis padres y salir de la casa a paso ligero justo a donde el hermoso vehículo que me trajo la otra vez a casa esperaba por ser abierto por un hombre bigotudo que supongo y debe ser su chófer.

Seguí de cerca toda su retirada.

Luego vi a Nina, buscando algo dentro de un diminuto bolsito plateado y yo vi el costoso teléfono móvil con funda roja brillante sobre la mesa del comedor, lo tomé entre mis manos y salí de la casa para entregárselo.

—Nina —la llamé—. Tu móvil.

Lo tomó y asintió. Cuando se giró para irse, la detuve con cuidado, afortunadamente sus padres ya habían subido al auto para no escuchar nuestra conversación.

—Perdóname. Yo…

—No digas nada —susurró—. Lo entiendo.

Me quedé helada.

—Él —miró hacia la casa— nunca me miró como te miraba a ti. Ni una sola vez en todas esas ocasiones donde dormimos juntos. Yo sí me enamoré de él y estaba haciendo ciertas cosas por amor, para apoyarlo, estar juntos. Para él… fue distinto.

Sentí una punzada al escuchar la mención del sexo entre ella y Ed pero no dije nada.

Ella también guardó silencio un momento y luego se secó una lágrima que rodaba distraídamente por su mejilla antes de que esta cayera al suelo dramáticamente.

—Gracias por no decir —le dije y ella asintió con la cabeza resoplando.

—No pienso humillarme contando algo que terminará destruyéndonos, eso incluye a tu familia.

Se fue.

Me quedé viendo el auto desaparecer cuesta arriba con un nudo en el estómago y una sensación de vacío y desazón.

Dentro, las voces bajaron de volumen. Mis padres interrogaban a Ed en la cocina. Crucé la casa y me encerré en mi habitación. Lawrence estaba allí, junto a la ventana.

—¿Todo bien? —preguntó tomando asiento sobre la cama y al ver que no respondía solo agregó—: No voy a preguntarte nada que no quieras decirme, Dai.

Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro.

Una certeza me atravesó con una claridad cruel: Ed no era ajeno a lo que sentía. Eso, lejos de aliviarme, lo empeoraba todo.

Eso no había nacido ese día, con esa escena; llevaba meses creciendo en silencios, miradas demasiado largas y cosas que nunca nos dijimos.

Pero ahora, cuando ese casi desastre se había prevenido porque una parte de mí sabe que Nina no va a decir una sola palabra de lo que pasó en esa habitación; siento, que a pesar de que esto es lo que hubiera querido toda mi vida y que ahora… cuando finalmente había pasado.

Una parte de mí, esa parte racional que aún sabe lo complicado y aberrante de la situación sabe que no es lo correcto, por más que mi corazón sea terco y quiera lo contrario en esa búsqueda constante de mi felicidad.

Amo a Ed, eso no es un misterio para nadie, pero no podemos estar juntos. Somos hermanos, no sé en qué estaba pensando hace un momento, sólo sé que lo mejor es que me aleje de él por completo, esta situación no puede seguir.

La puerta se abrió.

Ed entró y se detuvo al vernos. Sus celos fueron un destello breve y humano.

Lawrence se aclaró la garganta, se acomodó los lentes y finalmente se levantó de la cama.

—Creo que sobro —dijo Lawrence con calma—. Daisy, llámame si necesitas algo.

Me besó la mejilla y salió de la habitación.

—Eso estuvo cerca —dijo Edward, sentándose a mi lado. Me rozó el rostro con cuidado y se inclinó para besarme—. Dai…

Me aparté.

—No —dije—. Esto no es normal, no está bien.

Se quedó quieto.

—Lo normal es aburrido —respondió, casi con cansancio—. He luchado contra esto más de lo que te imaginas Daisy. Pero no puedo seguir fingiendo un día más. Eres la única persona que…




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