El amor verdadero espera lo imposible,
sueña lo inalcanzable
y se conforma con solo saber que la persona
amada esté bien y sea feliz.
Cuando la abuela falleció yo tenía cinco o seis años. No recuerdo ese día. Tampoco la recuerdo a ella. Mamá insiste en que pasábamos horas juntas, que me sentaba en su regazo a escuchar sus historias; pero mi memoria es un cuarto vacío en la cabeza de una niña de 6 años.
Solo existen las fotos: yo en una alberca inflable, un armadillo a mi lado, la abuela en una mecedora de colores con el abuelo sonriendo como si el mundo fuera sencillo. Imágenes prestadas para inventarme un pasado compartido que ya se ha borrado de mi mente en realidad.
Hoy tengo 18 años, y aun así me siento igual de perdida que esa niña que no entendía por qué los adultos lloraban.
Ed me lleva cinco años, pero a veces parece que fueran diez.
Aun así debe encontrarse tan perdido como esta niña que cree que mentir también es una forma de proteger.
Este domingo amanecí hecha pedazos. No dormí un solo minuto y el cansancio me pesaba como si me hubieran atropellado todos los trenes del mundo. Cuando me miré al espejo del baño casi no me reconocí: el pelo enredado por las lágrimas, la nariz roja, los ojos hundidos hasta borrar el azul de mi mirada.
No era solo desvelo. Era la resaca de todo lo que le dije a Ed.
“Te ves bien hoy”, brillan las letras doradas sobre el espejo. Un maldito chiste. Si el suicidio por objetos ridículos existiera, ese espejo ya estaría hecho añicos. Salgo del baño con la boca seca y un nudo en el estómago que no me deja pensar en comida aunque mi estómago me rugía de hambre.
La casa está vacía. Mamá y papá se fueron temprano al restaurante para terminar la remodelación. Me ofrecí a ayudar con mi mejor sonrisa falsa, pero papá negó con la cabeza y me dijo que descansara un poco.
Ninguno mencionó lo de los Matty, ni el desastre de anoche. Ese silencio pesa más que cualquier interrogatorio.
En la nevera no hay leche ni jugo de naranja, solo jugo de maracuyá. En condiciones normales me hace daño al ser algo muy cítrico para mi gusto; el día de hoy sería veneno.
La cierro y acepto que no voy a comer nada por el resto del día.
Estoy cruzando la sala cuando el celular vibra sobre la mesita al lado de mi cama. Corro como si esperara un milagro y aparece el nombre de Trish en una llamada de voz por Skype.
—Buenos días, estrellita, la tierra te dice: hola.
Intento sonreír por la ocurrencia de citar a Willy Wonka y fracaso.
—¿Cómo te va hoy?
—Bien —miento.
Chasquea la lengua.
—Te escuchas terrible. Y por si en gramática eres tan mala como en latín, te informo que “terrible” es lo contrario de “bien”.
Suspiro tratando de sacar pocas fuerzas de donde no las tengo para continuar con la conversación sin llorar.
—¿Cómo va Nevada? —zanjo el tema pero podría jurar que la chica niega con la cabeza aunque no pueda confirmarlo.
—No, señorita. Estamos hablando de ti —la escucho suspirar y yo también lo hago—. ¿Qué pasó?
Dos palabras bastan para romperme. El sollozo me sale desde un lugar que ni sabía que tenía.
La llamada se corta y enseguida entra la videoconferencia en la misma aplicación. Acepto aunque debo parecer un espantapájaros.
—Daisy… dime qué pasó —vuelve a hablar ella mirándome con las cejas bajas mientras se pasa una mano por el cabello oculto tras un enorme gorro rosa pastel, aunque aquí en California estemos en pleno otoño al parecer en Nevada el cielo decidió premiarlos con un clima diferente.
Detrás de ella hay nieve cayendo tras una ventana enorme. Extiende los brazos como si pudiera abrazarme a ochocientos kilómetros más allá.
—Te mando un abrazo virtual. Si estuviera ahí nos ahogaríamos en helado.
Logro sonreír un poco.
—A veces siento que mi vida es salir de un desastre para meterme en otro.
—¿Pasó algo con Ed?
Asiento.
—A ver... habla.
Le cuento todo: la llegada de Lawrence, la conversación, la mentira, la cara de Eli rompiéndose frente a mí. Trish me escucha con los ojos enormes.
—¿Por qué carajos le dijiste eso, idiota? —se golpea la frente—. No te reconozco cuando te escondes así.
La entiendo, yo tampoco me reconozco ahora que lo pienso.
—Tuve que hacerlo. Nosotros no podemos estar juntos. Es una locura.
—Tuviste nada. Te llegó la oportunidad y la tiraste por miedo. ¿Desde cuándo te importa lo que diga la gente? Edward estaba dispuesto a todo y tú lo mandaste al infierno.
Aprieto los puños.
Trish siempre olvida que yo apenas estoy aprendiendo a ser adulta (igual que ella) y que Ed ya lo es desde hace rato.
—Sí, son hermanos —continúa— y la situación es rara. Puede que como en Cien años de soledad acaben con un hijo con cola de puerco… lo digo para que entiendas lo absurda que suena la gente cuando habla de ustedes. Pero es el amor lo que de verdad importa, al diablo esta sociedad de mentalidad antigua.
—¡Mami, Tri dijo una mala palabra!
Una niña aparece en la pantalla con ojos azules idénticos a los de su madre.
—Vete, cara de bola —apartó a la niña de la cámara pero ella regresó y todo su rostro infantil quedó frente a la pantalla mientras me sacaba la lengua y luego miraba mal a mi malhumorada amiga de ojos mieles—. Mamá, Irma está molestando por aquí, llévatela.
La niña le saca la lengua, roba el celular y sale corriendo. Yo no puedo evitar reír mientras veo el techo moverse y escucho a Trish persiguiéndola por toda la casa.
La pequeña se sienta en una cama de edredón azul.
—¿Cómo te llamas?
—Daisy.
—¿Eres una flor? No puedes tener el nombre de una flor, tu nombre debe ser Ivy —fruncí el ceño negando con la cabeza.
—No, bonita, no soy una flor, pero Daisy es mi nombre.
La niña volvió a negar con la cabeza dejando el celular encima de la cama por lo que la cámara quedó tapada y sólo podía ver todo color negro.