Destinos Cruzados

Capítulo 16

Lo que está destinado a suceder...
Siempre encontrará una forma única,
mágica y maravillosa para manifestarse.

Nunca he pasado más de una hora en un hospital. Mis visitas se reducen a chequeos mensuales y a los exámenes de sangre de rutina que detesto con toda mi alma. Las agujas y yo mantenemos una guerra fría desde que tengo memoria.

Afortunadamente jamás me han hospitalizado; estoy segura de que me volvería loca atada a una camilla con un catéter colgando del brazo.

Después de que la llamada con Trish se cortó intenté comunicarme con ella de todas las formas posibles. Nada. Marcaba y marcaba y el teléfono sonaba como si estuviera hablándole a una pared. La imagen de aquella foto seguía clavada en mi cabeza, como un vidrio roto que no deja de rasgar la piel.

Tengo la sensación de que mi vida está a punto de cambiar de un modo irreversible, y lo peor es que ese cambio no se siente bien.

Trish

Amiga, por favor no me dejes así.

Estoy muriendo de angustia.

Responde cuando puedas.

Son casi las siete y el silencio de su parte me está devorando. Camino de un lado a otro con el teléfono pegado a la mano, como si pudiera obligarlo a vibrar. Todo lo que creía firme se desmoronó con esa maldita fotografía.

Me meto a la ducha para callar mi cabeza. El agua caliente me resbala por el pelo y por la espalda, pero ni así logro apagar el zumbido de ideas que chocan unas con otras en mi mente. Salgo temblando, me seco con la toalla y me pongo mi pijama térmica, la más fea y la más cómoda que tengo.

—Daisy, ven aquí por favor —la voz de mamá llega desde el recibidor con un filo que no le conozco—. ¡Ven ahora mismo!

El estómago se me contrae. Dejo la toalla sobre la cama y salgo con mis pantuflas de garras, esas que siempre la hacen reír.

Aunque siento que hoy no habrá espacio para risas.

—¿Mamá?

La encuentro de pie junto a papá. Él parece un hombre al que le acaban de mover el suelo; ella sostiene un sobre arrugado entre las manos. Sus ojos no son los de mi madre: son dos pozos llenos de dolor.

—¿Qué está pasando?

No me da tiempo de nada. Su mano se estampa contra mi mejilla y el golpe fue tan imprevisto que consiguió lanzarme contra la pared. Me llevo los dedos al rostro, aturdida y la miré confundida y dolida.

—¿Por qué? —susurro, con la vista nublada por las lágrimas. Mamá nunca me había puesto un dedo encima hasta ese día.

—¿Cómo pudiste hacer esto, Daisy? —las lágrimas le corren sin piedad mientras me extiende el sobre.

Lo abro temblando. Ed y yo. Mi habitación. El beso. Tres, quizá cuatro fotos tomadas desde un ángulo que reconozco demasiado bien. Mamá me arranca el papel y me golpea de nuevo.

—¡Basta! —grito apartándome puesto que ví sus intenciones de golpearme nuevamente—. No hemos hecho nada malo.

Mamá me tomó del antebrazo y me sacudió pero yo me solté bruscamente de su agarre.

—¿Nada malo? —su voz se quiebra y se vuelve cuchillo—. Rompieron todas las leyes de Dios. Son hermanos. ¡Hermanos!

Papá intenta acercarse y intervenir pero ella lo detiene con la palma de la mano abierta.

—Creí que lo tuyo se había curado —continúa—. Ese… trastorno. Pero no. Estás enferma, Daisy, y voy a arreglarlo aunque tenga que llevarte a un psiquiátrico.

—¡No estoy loca! —me tiembla todo—. Solo lo amo.

—En este país el incesto se castiga —escupe—. Pueden ir a prisión. No voy a permitir que mis hijos se conviertan en delincuentes, iremos ya mismo a MLK para que te internen.

—No voy a ir a ningún sitio contigo —me aparté de ella justo cuando nuevamente iba a tomarme del antebrazo—. Ya no soy una niña a la que puedes mandar a terapia cuando se te entre en gana, y ¿sabes qué? Me alegra mucho que esas fotos te hayan llegado, así no debo seguir mintiendo. Amo a mi hermano —articulé palabra por palabra para que quedara claro.

Me mira con rabia pero aún así sigo hablando.

—En New Jersey el incesto no es ilegal —respondo sin pensar, con la rabia ardiéndome en la garganta—. Si es necesario nos iremos. Pero si cruzo esa puerta, olvídate de que tienes hijos.

—¿¡Cómo rayos puedes decir eso!? —esta vez el que gritó fue mi padre—. ¿¡Cómo puedes desear alejarte de las únicas personas que te han dado techo y han apoyado tus decisiones sin juzgarte!?

—¡Me están juzgando ahora!

Mamá camina al teléfono de la cocina.

—Llamaré a la policía.

—Alice, no lo hagas —suplica él.

Demasiado tarde. Oigo cómo da la dirección con una calma que me destroza. Cuando intenta sujetarme del brazo nuevamente me suelto de ella y corro hacia la calle.

—¡DAISY!

No miro atrás. Corro con las pantuflas ridículas, con el pelo mojado, con el corazón abierto. La única persona que me queda en este momento es Lawrence.

Varias personas me miran como si estuviera loca mientras sigo corriendo con el incómodo y abrigado pijama y mis estorbosas pantuflas pero no me importa, sólo quiero llegar a la parada del autobús.

Llego a la avenida sin pensar. No veo luces, no escucho el motor. Doy un paso.

—¡Cuidado!

El golpe me levanta del suelo. Después, solo hay negro.

...oOo…

Ya perdí la cuenta de las botellas de Whisky barato o vino tinto que he bebido. Lo que sea que queme lo suficiente para no pensar. Daisy me dejó hecho pedazos.

—Maldita mujer —murmuro, bebiendo otro trago de una nueva botella.

Es la única capaz de subirme al cielo y empujarme al vacío en el mismo día. Quiero creer que mintió, pero la convicción en su voz me perforó. Hilvanar mentiras nunca había sido tan fácil, mucho menos para ella. Siempre había identificado cuándo mentía; pero ahora, ahora siento que no la conozco siquiera. Siento que cada día que pasa lo único que hace es mentir mucho mejor que antes.



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En el texto hay: amor prohibido, romance, drama

Editado: 14.07.2020

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