Destinos Cruzados

Capítulo 17

Es al separarse cuando se siente
y se comprende la fuerza
con que se ama.

Siempre he tenido sueños extraños: a veces sueño que vuelo como un vampiro torpe que no sabe aterrizar; otras veces, sueño que corro entre edificios derrumbados en pleno apocalipsis zombie, como si el mundo se hubiera acabado y yo hubiera olvidado el motivo que lo provocó. Pero incluso en los sueños más raros existe una frontera clara, una sensación de mentira. Aquello que no tenía en ese momento.

Quise mover los dedos y no respondieron. Intenté abrir la boca y el aire no obedeció. Solo había un goteo constante, metálico, y un pitido que subía y bajaba como una marea enferma. Pasos. Una puerta.

—¿Cómo está?

La voz de mamá atravesó la niebla y todo volvió de golpe: las fotos, la bofetada, mis palabras llenas de rabia, la carrera, las luces que no vi. El golpe.

Hospital.

El líquido era suero. El ruido, un monitor marcando mis latidos para confirmar que seguía viva. Quise gritar su nombre, decirle que estaba despierta, que no me dejara sola, pero mi cuerpo era una jaula.

Daisy, respira, respira y no entres en pánico.

—Delicada, señora McDonald —respondió una mujer—. Perdió mucha sangre y tiene seis costillas fracturadas.

No sentía dolor. Eso me asustó más que la palabra “fracturadas”.

—La tenemos sedada para evitar otra hemorragia.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó papá.

—Necesita una cirugía urgente para retirar los fragmentos de hueso que pudieron perforar órganos importantes. De lo contrario… —la pausa fue peor que el final de la frase— podríamos perderla.

Quise sacudirme, decir que no, que aún me faltaban demasiadas cosas por hacer: pedirle perdón a Ed, terminar la universidad, aprender a manejar sin cerrar los ojos en los cruces.

—Dígame dónde me siento y sáqueme lo que necesite —dijo mamá con voz rota.

—Ahí está el problema. Su hija es AB negativo. Un tipo muy escaso de sangre. Revisamos el historial y ninguno de ustedes es compatible con la señorita McDonald. Edward tampoco lo es.

Ed.

Su nombre me atravesó como una aguja limpia. Lo imaginé entrando, oliendo a jabón barato y a calle, con esa forma suya de fingir que todo está bajo control solo para que yo me sienta tranquila cuando sabe que estoy aterrada.

—¿Cómo está? —su voz apareció de verdad, llenando la habitación, no en mi cabeza.

El dolor despertó conmigo. Un zarpazo en las costillas me partió en dos. El monitor empezó a chillar y mi pecho se volvió un tambor desbocado de dolor y agitación aterradora.

—¡Daisy! —gritó mamá.

—Está teniendo un paro —dijo la enfermera—. ¡Doctor, ahora!

Una aguja nueva, un fuego helado en el brazo, y luego nada.

...oOo...

Una chica de flequillo y cabello castaño caminaba por toda la sala de espera mientras sus padres intercambiaban palabras con un par de enfermeras en la recepción, estaba agotada pero no iba a demostrarlo.

Llevaba diez horas sin cerrar los ojos.

Caminaba de un extremo al otro de la sala como un animal pequeño que no encuentra salida. El viaje desde Nevada había sido una locura: café de termo, música vieja en la radio del coche y su madre repitiendo que todo saldría bien como si las palabras fueran cinturones de seguridad.

Irma dormía en una silla con la cabeza torcida. Ocho años y un cuerpo que parecía de seis, tan liviana que a veces Trish temía que el viento se la llevara.

La video llamada había puesto con los nervios de punta a todos en la familia Sayers, así que lo primero que pasó por la mente de la madre de la joven fue empacar las pocas cosas que habían llevado y salir disparados hacia California.

Debían regresar a buscar respuestas y a pesar de que el viaje relámpago fue una misión suicida consiguieron llegar en tiempo récord.

—Tengo sueño —murmuró la niña sin abrir los ojos.

—Lo sé, Ir —La cargó con cuidado—. Estamos aquí por Daisy. Tu princesa tuvo un accidente.

—¿Se va a morir?

La pregunta la atravesó.

—No. —Lo dijo con una firmeza que no sentía—. Las princesas son tercas.

Los padres regresaron del mostrador con la misma cara de derrota.

—No dan información —dijo Aileen soltando un suspiro, su esposo venía tras ella con una de sus manos protectoramente puesta sobre un costado de la cadera de la mujer—. No somos familiares directos. Llámalos otra vez Clayton —pidió mirando a su marido—. En algún momento deben responder.

El hombre asintió soltando de su agarre a su esposa, tomó el teléfono y empezó a teclear un número mientras la chica le pasaba a su madre a la niña ahora dormida sobre sus brazos.

Desde el pasillo llegaron unos gritos conocidos.

—¡Es mi hija! —la voz de Alice McDonald—. ¡No pueden dejarnos así!

Las enfermeras la contuvieron con paciencia mecánica.

—A menos que sea donante compatible, debe esperar —habló una mujer con tono serio.

—Esto es una arbitrariedad —siguió diciendo la mujer pero las dos mujeres sólo se dieron la vuelta y los dejaron en visto a mitad del largo corredor.

La mujer se volvió con dirección a su marido y se asió de su cuello con desespero mientras él reaccionaba envolviéndola con sus brazos.

Ed estaba de pie, con los puños cerrados, mirando el suelo como si quisiera romperlo.

La Señora Aileen fue la primera que caminó hasta el joven seguido por su esposo y su hija y luego esta última le puso una mano sobre el hombro. El chico se volvió sobresaltado con expresión furiosa antes de ver a la joven y su familia y ceder la tensión de su expresión.

—Trish…

Él levantó la cabeza, derrotado.

—Aileen —habló la otra mujer interrumpiendo a su hijo para luego soltarse del agarre de su esposo y mirar a la mujer y a su familia sin poder disimular su expresión de sorpresa al verlos—. ¿Qué hacen aquí? —Preguntó abriendo mucho los ojos—, creí que vendrían en un par de días más.



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En el texto hay: amor prohibido, romance, drama

Editado: 14.07.2020

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