Destinos Cruzados

Capítulo 18

A veces el amor de tu vida
llega después del error de tu vida.

El dolor siempre tiene memoria.

Cuando tenía diez años me rompí el brazo por idiota. Jugábamos fútbol con mi hermano y unos chicos del barrio; yo era la más pequeña, la más flaca, la que creía que podía con todo lo que me pidieran porque era la única niña en un grupo de 5 niños y por algo me había ganado su respeto. Me ayudaron a trepar una valla para recuperar el balón y terminé cayendo como un saco inútil: dos metros de vacío, un crujido seco y el mundo reducido a un “auch” que todavía puedo oír.

Tres meses de yeso.

Diez semanas aprendiendo a escribir con la mano izquierda.

Una foto escolar donde sonrío como si no me doliera nada.

Desde entonces sé dos cosas: que soy torpe por naturaleza y que el cuerpo olvida más lento que la cabeza.

Por lo menos ahora soy ambidiestra.

Por eso, cuando desperté en el hospital, pensé que era otro de esos golpes. Uno grande, sí, pero reparable.

La luz me apuñaló los ojos. Parpadeé varias veces hasta que el techo dejó de girar y pude ver con normalidad. El dolor estaba ahí, puntual, repartido por las costillas, pero yo podía mover los dedos de los pies y eso me pareció un milagro suficiente.

—No estoy muerta —murmuré—. Gracias por no quererme todavía.

Giré la cabeza y entonces la vi.

La señora Aileen estaba en un sofá a poco metros de mi cama. Sus ojos celestes se encontraron con los míos y luego sonrió como si hubiera estado esperando horas ese momento.

—Daisy… qué alivio —dijo—. Todos estábamos tan asustados.

—¿Qué hace aquí? —pregunté—. Se supone que ustedes estaban en Nevada.

—Ed nos llamó. Vinimos de inmediato y hemos estado pendientes de ti todos estos dos días hasta que despertaras —se acomodó con cuidado—. La transfusión salió bien.

Tardé en entender.

—¿Usted…?

Asintió.

—Éramos compatibles.

La palabra me atravesó de un modo raro.

Compatible.

—No tenía que hacerlo.

—Claro que sí —respondió con una calma que no le conocía—. Eres importante para mi hija. Y para mí también.

Quise preguntarle por la foto, por Ivy, por esa cara idéntica a la mía, pero la puerta se abrió y mis padres entraron como un huracán contenido.

Mamá intentó abrazarme. Pero yo fingí dolor para que se detuviera. No estaba lista para perdonarla todavía.

—Hija, yo… —su voz se quebró—. Sé que esto también es culpa mía.

Miré hacia la ventana.

El silencio fue mi venganza.

No pudo seguir hablando porque empezó a sollozar de manera agónica.

Entiendo que se sienta culpable y me duele verla así, pero ella se equivocó, no puedo perdonarla sin antes darle un pequeño escarmiento de indiferencia. Me volví para mirarla nuevamente y mi padre ya la tenía abrazada, nuestras miradas se cruzaron y pude percibir lo afectado que él todavía estaba al igual que ella.

—¿Estás bien? —me preguntó sin dejar de abrazar a mi madre y yo asentí con la cabeza mirándolo con una sonrisa leve.

En esta guerra fría con mi madre él no va a estar involucrado, él no hizo nada malo, él intentó prevenir el desastre pero eso no fue posible. No fue su culpa.

Entonces apareció Trish como un relámpago, peleando con una enfermera al exterior de la habitación.

—¡Es mi hermana emocional, déjeme pasar!

Me reí y las costillas protestaron.

—Señorita Sayers, no puede entrar, hay mucha gente en la habitación, no puede...

—Déjela por favor, sólo serán unos minutos —intervine yo cuando las vi entrar en el cuarto. Los ojos mieles de mi amiga se toparon con los míos y la sonrisa que se disparó de inmediato al verme me llenó de ternura.

Su abrazo valió más que cualquier analgésico.

—Les daré cinco minutos —anunció la enfermera de cabellera rubia, se dio la vuelta y salió de la habitación.

—Pensé que no volvería a burlarme de tu latín —me susurró.

—Sigue siendo terrible —respondí.

Miré la puerta detrás de ella.

—¿Quieres que lo llame? —preguntó.

Asentí.

El doctor llegó antes que Edward, con su voz de manual y sus buenas noticias medidas: alta después de 4 días más, tres semanas de reposo y tres semanas más hasta que mis huesos se consoliden por completo, analgesicos, paciencia y una horrible faja torácica.

Cuando todos salieron, la habitación se sintió demasiado grande para mí.

Y entonces lo vi.

Ed estaba en la puerta como si temiera romperme con solo mirarme. Tenía ojeras, la barba descuidada y cinco años más encima.

—Daisy…

No me dejó hablar.

Me abrazó con cuidado, apoyando la cabeza en mi pecho. Olía a él: lavanda, menta y algo desordenado que no se compra en ninguna tienda.

—Creí que te había perdido —murmuró—. Fueron 48 horas de mierda.

48 horas.

Había estado fuera del mundo dos días.

—Estoy aquí —le dije—. No me voy a ningún lado.

Su frente se apoyó contra la mía y yo lo envolví con mis brazos, me hice a un lado y dejé que se acostara junto a mí, pasó sus brazos alrededor de mi cintura y pegó mi cuerpo al suyo, levanté su mentón suavemente y sus hermosos ojos marrones se cruzaron con los míos.

Nos miramos como dos idiotas que han aprendido a respirar de nuevo. Me besó y yo solo pensé en mi aliento de hospital y me separé riendo.

—Tráeme un cepillo de dientes y seguimos —me guiñó un ojo y yo negué con la cabeza sintiendo mis mejillas arder.

—Entendí el mensaje —se puso de pie y se dio la vuelta para irse, yo lo detuve tomándolo de la mano y atrayéndolo hasta mi cuerpo nuevamente dejando un nuevo beso corto en sus labios, luego lo solté y él me miró con una sonrisa.

—Bonificación adelantada.

Negó con la cabeza y nuevamente se inclinó para darme otro beso, pero esta vez en la frente.

—Repite eso y no saldremos de esta habitación —me dijo con tono sugerente y yo bufé al interpretar claramente el doble sentido en su oración. Lo golpeé suavemente con el codo y luego me sacó la lengua y se dio la vuelta para irse.



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En el texto hay: amor prohibido, romance, drama

Editado: 14.07.2020

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