Ofrecer amistad a quien pide amor
es como ofrecer pan al que muere de sed.
Nunca he sido buena recordando rostros.
Me gustaría guardar a la gente como fotografías nítidas, igual que recuerdo la cara de Ed: la curva exacta de su sonrisa, ese bonito hoyuelo sobre una de sus mejillas, la arruga que se le forma en la frente cuando está a punto de decir una estupidez.
Pero el resto del mundo se me vuelve borroso con el tiempo. Si no fuera por nombres, por etiquetas en Facebook, la mitad de las personas que pasaron por mi vida serían sombras sin identidad.
No imaginé que ese defecto pudiera traerme problemas.
Mucho menos de este tamaño.
—¿Entonces Trish no vendrá hoy? —preguntó Irma desde el suelo, rodeada de peluches en la habitación de mi mejor amiga.
La mini copia de mí misma me miraba como si yo tuviera todas las respuestas del universo.
—No, cariño. Esta noche estaré contigo yo —dije sonriendo de soslayo. Supongo que de todas las personas que estaban en la dichosa reunión de hace unas horas la pequeña Irma es a quién le costará un poco más procesar el hecho de que yo soy en realidad su hermana biológica.
Siempre quise una hermana.
Solo que no así. No de golpe, no con un cambio de apellido incluido.
—¿Vemos My Little Pony? —abrió los ojos con esa esperanza imposible de negar.
Me acosté a su lado y ella me tapó con las cobijas con una solemnidad adorable. Terminamos peleando contra la mitad de las mantas hasta que lo resolvimos como dos ingenieras del caos.
—Esto es mejor —dije.
Asintió como si hubiéramos descubierto la paz mundial.
Puse el programa justo cuando empezaba la intro. Irma sonrió victoriosa; al parecer tenía el horario tatuado en el alma.
Dos horas después yo quería arrancarme los ojos con tanto color pastel emitido desde la pantalla. Irma dormía como un tronco y yo celebré en silencio al cambiar al canal de investigación criminal. Al fin comprendo ese amor por lo detectivesco sin que sea tan descabellado; al fin y al cabo, mi padre biológico vive de eso.
El teléfono vibró.
—Hellou.
—¡Por fin apareces! —bufó Lawrence del otro lado de la línea de comunicación—. Si no es por Trish no me entero de que casi te matan y estuviste en el hospital.
Me mordí el labio.
—Lo siento, Lawy… todo ha sido un caos.
—¿Estás bien? ¿Mañana vas a la universidad?
—No. Reposo un par de semanas más. Seis costillas rotas, ya te imaginarás mi agonía.
—Quiero verte —dijo con una urgencia que me hizo un nudo raro en el pecho.
Solté un sonoro suspiro y continué con la llamada:
—Mañana voy a tu casa. Me pones al día con las clases y con la vida.
Aceptó al instante.
Colgué y salí a buscar comida. Esta casa es un laberinto; juro que vi un pasillo repitiendo una escena como en una película de terror.
Cuando encontré la cocina casi aplaudo.
El refrigerador parecía un supermercado: frutas brillantes, jugos de todos los colores, más lácteos de los que he visto en toda mi vida. Tomé pastel de carne frío y lo metí al microondas.
—Señorita Daisy.
Grité.
—¡Kate! Casi me matas.
Miró el microondas como si hubiera encendido una bomba a mitad de la cocina.
—Lo siento, olvidé atenderla. Ese pastel es de ayer, puedo cocinarle algo fresco.
—Esto está perfecto —volví a encender el aparato—. No necesitas servirme.
—Pero yo…
—Nada de peros. Vuelve a descansar.
Me hizo una reverencia.
Una reverencia real.
Definitivamente no estoy hecha para que la gente se incline frente a mí.
El pitido del microondas me sacó de mis pensamientos y yo tomé la bandeja con un pequeño trapo, caminé hasta el comedor después de tomar una cuchara y me senté en él llevándome una pequeña porción de pastel de carne a la boca.
…
Al día siguiente, en casa de Lawrence, me dejé caer sobre su cama como un saco de papas emocionales.
—¿Así que ahora eres una Sayers?
—Suena a nombre de novela mala —gemí—. Tendré gente sirviéndome, chófer, protocolo… no sé ser rica, Lawy.
Se sentó a mi lado.
—Y esta tarde hacemos el cambio de apellido. “Daisy Caroline Sayers”. Ni siquiera parece mío.
El teléfono vibró: mensaje de mamá Aileen.
Márcame por favor.
—No tengo saldo.
—Usa el mío —Lawrence me lanzó su celular—. Contraseña: Lawycitoeresuncrack.
Me reí.
—Iré por un vaso de jugo de naranja ¿quieres?
Asentí con la cabeza y él abandonó la habitación. Me quedé mirando hacia la puerta sonriendo con diversión; ese muchacho es un caso serio. Luego tomé su teléfono e inserté la contraseña que me había indicado; estaba por ingresar al teléfono y marcar el número de Aileen pero un extraño mensaje proveniente de SMS llamó mi atención.
Un chat abierto.
Número desconocido.
Lo leí sin querer.
“Ni creas que te saldrás con la tuya, cabrón.
Haré lo imposible por saber quién eres.
No tendrás dónde correr cuando te encuentre.”
Enviado a las 14:18.
Abrí la foto del perfil.
El teléfono se me resbaló de las manos.
Era Ed.