El teléfono sonó tres veces antes de que apareciera su rostro en la pantalla.
Sentí un escalofrío.
Ed apretó mi mano y me sonrió, como si me prestara un poco de la valentía que en ese momento sentía que me faltaba. Encendí la cámara.
Nina frunció los labios.
Por un segundo creí que iba a colgar.
—Por favor, no lo hagas —alcé las manos—. Solo queremos hablar. Será breve.
Rodó los ojos.
—Vale. Pero que sea rápido —acepta rodando los ojos no muy convencida, mientras se acomoda el cabello teatralmente por encima de uno de sus hombros.
Tomé aire.
—Nina… lo sentimos. De verdad. Sé que te hicimos daño y nunca fue nuestra intención en primer lugar.
Mi voz se quebró.
Ella me miró en silencio, luego miró a Ed.
—Eso fue hace meses, Daisy. ¿Por qué ahora? —pone los ojos en blanco, mira de reojo a Ed y frunce el ceño—. Edward, es un gusto volver a verte —habla con sarcasmo haciendo comillas con los dedos en la palabra “verte”.
Ed tragó saliva.
—Porque te lo debía —dijo pasándose una mano por el cabello—. Me gustabas, y aun así hice todo mal. Debí ser honesto contigo. Fui un imbécil. Entiendo totalmente que me odies pero de verdad quiero pedirte una disculpa.
Lo soltó de corrido, atropellandose.
Nina lo observó un momento eterno.
Después sonrió, sin una sola pizca de malicia o falsedad.
—Eso era todo lo que necesitaba: escucharlo de ti —asintió—. Los perdono. A los dos. Nadie elige de quién se enamora.
Sentí que algo se aflojaba dentro de mí.
—Me habría gustado decírtelo en persona —hablé yo agachado la cabeza hasta posar mis ojos sobre la cama donde estaba cómodamente ubicada la nueva laptop de Ed.
—No te preocupes —respondió—. Iré a California por prácticas de enfermería. Podemos tomar un café. Algo me dice que podríamos ser amigas.
—Me encantaría.
Nos miró con curiosidad.
—¿Ustedes están juntos? ¿Sus padres aceptaron su… parentesco?
Ed y yo reímos.
—Eso es una respuesta que necesitará más de una taza de café —dijo él y yo le revolví el cabello sonriendo de acuerdo.
—Más razones para viajar —respondió Nina golpeteando sus enormes uñas cubiertas con barniz celeste en la pantalla—. Y Ed… lamento lo del trabajo. Quizá pueda hablar con mi padre.
—Gracias, pero estoy bien —contestó—. Trabajo como aprendiz de administración en la empresa de un contacto de los Sayers, los padres de Daisy. Ese es mi lugar.
—¿Los Sayers? ¿Padres de Daisy? —preguntó confundida.
—Café, Nina —repetí—. Todo con un café.
—De acuerdo...
Cortamos la llamada.
Respiré como si hubiera salido del agua.
…
—Ahora sí: ¿qué tenía que ver Sally con Lawrence? —preguntó Trish en el auto de mis padres rumbo a la clínica donde habían decidido internarse al susodicho para recibir tratamiento psicológico ese sábado de febrero por la tarde.
Irma, ya con casi 11 años de edad y un poquito más grande dormía sobre sus piernas.
La acaricié.
Era una salida de chicas y ahora que ella tenía claro que tenía "dos hermanas" por el precio de una no quería dejarnos salir solas a ningún lado sin ella incluirse en el viaje. Ya he perdido la cuenta de las veces que se ha quedado en el apartamento que Trish y yo alquilamos para vivir juntas lejos de tanto drama familiar y de identidad.
Es como si Ir viviera con nosotras y visitara la casa de nuestros padres.
—Lawrence la chantajeó con unas calificaciones que él le cambió digitalmente para pasar el semestre. Por eso le dijo dónde estaba yo. Y era ella quien me enviaba los mensajes de advertencia. Según Sally, Lawrence tenía comportamientos extraños y ella quería protegerme indirectamente. No quería verse involucrada con él después de lo que pasó entre ellos.
—El mundo es ridículamente pequeño.
—Demasiado.
Trish me miró de reojo.
—Hablando de mundos pequeños… ¿Y Chad?
Sonreí.
—No puedo creer que vaya a venir desde Wichita solo por ti.
Se atragantó con su propia saliva pero finalmente se atrevió a contestar después de que yo golpeara repetidamente su espalda.
—Cállate.
Sí, ese Chad: mi amigo de graduación perdido en el triángulo de las Bermudas de Facebook, ahora novio de mi mejor amiga. No podrán imaginar cuál fue mi sorpresa al haberme topado con él nuevamente, nunca había podido encontrarlo en Facebook a pesar de mi búsqueda exhaustiva. Trish tuvo más suerte que yo.
El destino tiene un humor extraño.
—¿Iremos a Nevada en las vacaciones de semana santa? —pregunté—. Quiero llevar flores a la tumba de la abuela ya que no tuve la oportunidad de conocerla.
—Mamá amará la idea.
El letrero decía: MLK Mental Health Urgent Care.
Perdí piedra, papel o tijeras y me tocó cargar a Irma. No era ninguna molestia para mí hacerlo, pero Trish y yo nos divertimos delegándonos tareas al perder o ganar ese juego entre ambas.
Al entrar, mamá Aileen hablaba con una enfermera rubia que sostenía un bastón negro entre las manos. Invidente. Al vernos no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, susurrarle algo al oído a la bonita enfermera para que la esperara y finalmente caminar hasta nosotras y saludarnos a ambas con dos besos.
—Tri, estás muy delgada. ¿Ambas están comiendo bien? —fue lo único que dijo después de separarse de la chica del bastón a sus espaldas.
—Mamá, por favor, no seas intensa. Lo que comemos está más que bien, es sólo que mi naturaleza es estar alta y delgada, soy una McDonald —se quejó Trish y yo solté una risa aferrándome con más fuerza al cuerpo de Irma quien seguía durmiendo profundamente sobre uno de mis hombros.
—Déjame cargarla Dai, la extrañé mucho.
—No tengo problema en cargarla mamá, sigue igual de menuda que siempre. No es ningún esfuerzo para mí, además, mis costillas sanaron hace años —sonreí de manera despreocupada pero mi progenitora de ojos azules negó con la cabeza y me la quitó de los brazos.