—¿Qué le hiciste? —preguntó cuando se reunieron en uno de sus autos.
—Creo que lo maté —murmuró observando afuera—. ¿Por qué no atacaste al otro? ¡Rossetta estás loca tenías la oportunidad!
—¡Tuve mis razones! —lo miró fijamente notando como su cuerpo se tensaba—. No me levantes la voz, Vincenzo.
Sabía que estaba enojado por la actitud de ella, pero el pedido de su padre era muy importante para su hermano menor. Ella debía reconocer que todo esto fue para distraerse un poco del dolor que su hermano del medio había dejado, no estaban ajenos a la investigación pero tampoco tan cerca de eso, su hermano menor también le afectaba aunque no lo demostrara, Vincenzo tenía ese tic de distraerse con otra cosa para que no lo vieran cómo estaba realmente eso era algo que desde niño hacía para no demostrar su sentir.
—Scusi —su voz fue un poco más tranquila. Ése era su hermano y del cuál estaba orgullosa.
—Está bien —colocó una mano en el hombro de él y dió un firme apretón amistoso.
Ambos giraron al lado de su ventanilla cuando su jefe de seguridad apareció y tocó esta, bajó el cristal para que pudiera hablar.
—Mi señora, Lacroix la está buscando.
—¿Cuál?
—Uno de los gemelos —observó hacia varias partes antes de observarlos de nuevo—. ¿Qué hacemos?
Se quedó un momento pensativa, podía sentir a su hermano queriendo ir a tenerminar con su existencia. Pero esta vez haría algo diferente.
—Iré yo.
—Ross.
—Tranquilo, me encargaré —dejó un beso en su mejilla antes de bajar del auto e irse.
Tenía a su gente a la vista como también los de Lacroix, pero si él la buscaba, la tendría. Algo en ella le decía que debía saber más de él, era una extraña corazonada que jamás había tenido pero que seguiría.
Salió del callejón donde venía caminando. Extrañamente todavía no era de noche por lo que estaba tranquila porque el peligro no sería tan latente pero esas calles eran más oscuras que las de Milán y debía tener en cuenta que al no ser su territorio no debía abusar de su confianza. Encontró una pequeña cafetería la cuál un mozo la recibió con educación y la invitó a sentarse en una de las mesas de afuera, ella agradecida porque podría observar mejor la ciudad ya que estaba cerca del Big Ben y este ya se iluminaba realzando su estructura.
"Prefiero la torre de Pisa".
Pensó divertida mientras esperaba su pedido del cuál sólo era una taza de té, mientras tanto sacó su diario y decidió escribir en este contando su aventura del día, a la vez que descargaba esa angustia que cierto Vitale había plantado en ella.
Pero lo que no supo es que después de ese día todo daría un giro inesperado y el reloj había comenzado dar marcha atrás... contando las última horas.
De reojo pudo verlo. Thomas Lacroix. A pesar de ser unos cuántos años menos que ella, notaba la madurez en ese gemelo, cosa contraria del que ya estaba muerto —o eso creía—; no era ciega, el chico era realmente guapo tenía lo suyo, músculos prudentes pero que podían notarse en su ropa ajustada, un rostro cuadrado con un perfil bien definido. Su cabello rubio cenizo estaba desordenado le daba ese toque de niño bueno y sus ojos azules que eran capaces de transportarte a los mejores lugares de la vida como hacerte caer en los pecados más tentadores y... placenteros.
—Creí haberte dicho que no nos siguieras —pudo verlo detenerse en seco al escuchar su voz—, alguien no le gusta obedecer.
Dejó su pluma al cerrar su diario con su última conclusión: "[...] tal vez jugar con fuego me lleve al camino que estaba buscando."
—No tengo por qué hacerte caso —giró para verla, él estaba disgustado.
—Deberías de —tomó de su taza la bebida que contenía, halagando el té, esa sería su segunda bebida favorita.
—¿Qué haces aquí?
Directo, como le gusta.
Miró fijamente sus ojos, estos habían pasado de estar apagados a brillar misteriosamente. Ése día estaba siendo extraño, parecía que todos cambiaban su forma de pensar o ver las cosas y eso no sabía si era malo o bueno.
Intentó negociar con él pero se vió envuelta en una desafiante conversación, ambos no querían perder en sus afirmaciones. Y cuando ella estaba segura de ganar, todo en ella empezó a sentirse adormecido.
—¿Y qué tal le parece si digo que también saben que el té puede estar envenenado? —sonrió de lado triunfante cuando ella se había paralizado—. Confía mucho en el afuera, señorita Vitale.
El corazón le latía frenéticamente, sentía ahogarse y el oxígeno dejaba de pasar por sus vías respiratorias.
—Buenas noches, o —con su escasa visión pudo verlo inclinarse en la mesa con las manos entrelazadas en una actitud triunfante—, buonanotte signorina.
Y sí, debió hacer caso una vez más pero ahí estaba el resultado de su desobediencia.
◆◇◆◇◆◇◆◇◆
Despertó en un lugar oscuro, parecía vacío al principio pero pudo ver pasar uno de los hombres de Lacroix el cual iba armado observando fijamente el camino.
—¡Oye! —llamó su atención pero no lo logró, éste desapareció de su campo de visión.
Parecía una especie de prisión en donde se encontraba, no estaba atada ni esposada, sólo apoyada en una esquina del pequeño lugar. Tras varios intentos de hacer reaccionar su cuerpo, pudo por fin ponerse de pie algo tambaleante y acercarse a los barrotes de las rejas sujetándolas.
—¡Lacroix! —su voz era rasposa, volvió a gritar sin tener éxito.
Dió una patada al metal sintiéndose derrotada por un momento, estaba débil, no sabía cuánto tiempo llevaba ahí y nadie le hablaba.
—Llévenla a la sala —giró al escuchar una voz desconocida, un joven de su edad al parecer estaba viéndola seriamente.
—¿Dónde está Lacroix?
—Calla —uno de los hombres colocó la llave en la cerradura abriendo la puerta, otro ingresó apuntando su cabeza y un tercero se acercó a ella.
—No —retrocedió ante su cercanía.
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Editado: 26.07.2025