Destinos Cruzados

Capítulo 26

La observaba desde el sofá, frente a la cama, era la primera vez que dejaba entrar a una mujer a su habitación ni siquiera su hermana lo hizo alguna vez que recordara. Aria dormía en su cama, tenía la mirada fija en su brazo estirado en el lugar vacío, las sábanas carmesí hacían un hermoso contraste en ella iluminandola como un diamante.
Quiso dormir a su lado nuevamente y sentir esa comodidad que su cuerpo pedía a gritos. Pero no, era momento de volver a su trabajo. Se puso de pie viéndola unos segundos más para irse en silencio.

—Ojos atentos —le dijo a su mano derecha, no podía dejarla desprotegida.

—Sí, señor —hizo unas señas a sus mejores hombres que de inmediato un par de ellos estaban custodiando la puerta.

—Qué noticias hay —caminaba a su oficina, aunque ese día no quería alejarse de la pelinegra, el trabajo estaba primero.

—Alguien burló la seguridad de los límites —se detuvo en seco para girar lentamente y verlo atónito—, quiere hablar con usted.

Tuvo que morderse la lengua para no soltar una sarta de insultos, era la segunda vez que sucedía. En algún día de esos terminaría por desaparecer uno por uno.

—¿Quién? Y más te vale que no me haga perder mi tiempo —frunció levemente el ceño ante un pensamiento.

—Para que llegue aquí, no lo creo, signore —este le sostuvo la mirada, estaba acostumbrado a los tratos de su jefe que no le afectaba sus miradas de ira o desprecio.

Cuando Raffaello fue llevado hacia una pequeña cafetería, pudo notar a lo lejos unos hombres que no dejaban de observarlo, y más uno que parecía desafiarlo. Al entrar se dió cuenta del rústico lugar, tranquilo y ordenado, tal vez empezaría a frecuentar el lugar aunque primero debía degustar el menú que por supuesto lo haría luego. Un par de mesas vacías tanto de un lado como del otro, a excepción de una del lado derecho dónde se observaba la figura de un hombre, estaba de espaldas a él, curioso se acercó hasta llegar del lado contrario para por fin ver su rostro.

—Pensé que no vendrías.

—¿Qué haces en mis tierras? —fijó la mirada en los ojos oscuros del hombre.

—Vengo a conversar.

—¿Qué quieres?

—Eres directo como me dijeron —se llevó a los labios unos segundos el cigarrillo prendido, consumido a medias, dio una larga calada experta sin dejar de perder la vista en Raffaello—. Sabes el por qué estoy aquí.

—Sí, tu ridículo jefe está suplicando de rodillas para tener de nuevo el poder que se le fue arrebatado —hizo a un lado el asiento frente a él, acomodándose con su aire de superioridad.

—Que tú hermana nos quitó —el hombre entrecerró los ojos, analizándolo—, y que mágicamente está desaparecida.

—Ella inició esto, tranquilamente podríamos dudar de quiénes se enfrentó anteriormente.

—Perderán el tiempo, no fuimos nosotros —negó con la cabeza volviéndose a llevar el cigarrillo a la boca.

—Tus palabras no son ninguna garantía —apoyó los codos en la mesa, juntando sus manos—. Seguimos buscándola, y el culpable cuando aparezca va a conocer a un verdadero Vitale.

—No dudo de tus... sádicos talentos —hizo un ademán despreocupado—, pero a parte de este tema, venía para conversar sobre otra cosa.

—Escucho —una pequeña e imperceptible sonrisa tiró de sus labios, tenía una idea y estaba por confirmarla.

—El poder de mi jefe quedó en manos de tu hermana y como ella está fuera de su lugar, puedo darme la idea de que tu pequeño hermano está al mando —éste sonrió cuando el pelinegro se tensó ligeramente e intentaba disimularlo desviando la mirada al ventanal con vista a un pequeño jardín—. Tú...

—Ambos estamos ocupados, pero cada uno lleva una parte —tragó el nudo en su garganta, no podía mostrar que le afectaba, no era tonto, sabía que él no tenía nada de eso.

—Haré que te creo —levantó una mano frenando a Raffaello que estaba a punto de refutar—. Escucha, Vitale, nosotros queremos el poder de vuelta porque es algo que nos pertenece, tus hermanos no saben lo que lidian y la prueba viviente es la desaparición de tu hermana.

—No obtendrán el poder de vuelta y no les ayudaré si es lo que vienes a buscar —una feroz mirada le dedicó, quería de una buena vez por todas callarlo.

—Sé que no lo harás, pero vengo a advertirte que cuando llegue el momento se van arrepentir de quitarnos lo que es nuestro por derecho.

—¿Dereho? Si es así, ¿por qué no defendieron su derecho cuando Fiore los atacó? —se recostó en el asiento observándolo, permanecía callado—. No soy idiota, Leone, todos les dieron la espalda porque algo hicieron mal y eso seguro lo sabes, ¿no?

Esperó una respuesta por parte de él pero su silencio otorgaba todo.

—Cuando tu buen jefe se metió entre las piernas de mi hermana, todos supieron que estarían en ruinas. Una familia tan influyente como los Vitale, tan leales, se les dio la espalda —sonrió con burla—, debo admitir que el despecho de mi hermana fue más fuerte que su cordura y le sirvió para herir de la mejor manera que puede haber.

—Vitale...

—Espera, falta más —se apoyó nuevamente sobre la mesa, disfrutando ver la mueca alterada de su enemigo—. ¿Alguna vez te pusiste a pensar si supiera Lombardi que la mujer que desposó nuevamente, es la amante y madre del hijo de su mejor hombre, su mano derecha y mejor amigo?

—Raffaello para.

—¿Y que para esconder eso tuvo que sacrificar a su propia mujer, dejando a su hijo mayor sin su madre? —su sonrisa fue macabra—. Ahora dime, Leone, ¿quién es el sádico aquí?

—Tú —su sonrisa se ensanchó más pero a la vez tambaleó—. No estás buscando a tu hermana, estás volviendo loco a tu hermano para terminar con el poder en tus manos, pero eso no pasará.

—¿Ah no? ¿Cómo estás tan seguro?

—Porque tarde o temprano la vida te pondrá a prueba —se puso de pie viéndolo con una fría seriedad—, y no podrás escapar de tu destino.

—Escucho una clara amenaza.

—No, sé de lo que te hablo —giró listo para irse pero se detuvo al ver los hombres de Vitale en la entrada.




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