Destinos Cruzados

Capítulo 27

—¿París?

—Como lo estás viendo —la observó asintiendo a través de sus lentes de sol, ella también llevaba uno, habían llegado justo a medio día y a pesar de la estación aún había mucha luz natural.

—¿Estás consciente que será la primera vez que te acompañaré a tu trabajo?

—Tengo un pequeño presentimiento, querías saber a qué me dedico y ahora lo sabrás —le indicó con su mano que podía bajar del avión ya que un auto negro blindado los esperaba.

—De verdad ya me dio curiosidad —en su actuar se notaba la emoción que llevaba, provocándole una pequeña sonrisa que duró sólo segundos.

Bajó los escalones detrás suyo, aprovechó para dar un repaso a la chica que lo acompañaba, no vestía extravagante sino seguía luciendo cómoda y sencilla. A ella parecía no importarle las miradas de desconcierto, indiferencia o envidia por parte de las pocas mujeres de Fiore, que como siempre enviaba para engatuzar con quiénes trataba. Eso le hacía recordar las palabras de su padre, los Fiore no eran de confianza pero era mejor mantener a tus enemigos aún más cerca. Hacía unos años que pudo entablar una relación con él y hasta el momento lo mantuvo controlado como su títere: un fiel obediente.

El viaje de camino al edificio donde vivía no duró mucho, se alojaba en casi plena ciudad por lo que se camuflaba bien de los ojos curiosos, aunque los ciudadanos hacían de oídos sordos para seguir viviendo sin problemas. El clásico paisaje parisino los acompañó el trayecto, las hojas caían de los árboles acumulándose en las veredas y parques donde pasaban, ese día parecía todo paralizarse ante la presencia de los ciudadanos como si supieran de su llegada y lo que ellos implicaban ser.

—Señor Vitale, el señor Fiore lo está esperando.

—Grazie —apropósito agradecía sólo para disfrutar ver la mueca de asco de la ama de llaves, ella odiaba a los italianos y hacerle recordar le causaba satisfacción.

—Mi joven camarada —la voz grave del francés se escuchó en toda la sala de estar, al ser un lugar de concepto abierto se escuchaba de lejos los sonidos.

—Mi viejo camarada —soltó la cintura de Aria para acercarse a saludar al pelinegro, era un hombre que le llevaba unos cuántos años por delante.

—¿Vienes acompañado de tu mujer? —sus ojos ambarinos cayeron sobre la chica que permanecía quieta observándolos.

—Así es —se sorprendió también al decir eso, ya era un hecho que la aceptaba, extendió la mano a ella para que la tomara—, Aria, él es André Fiore, mi viejo socio.

Belle dame, un plaisir —le ofreció su sonrisa seductora, la que muchas mujeres caían por él.

Ella se mantuvo serena al lado de Raffaello, no era ciega, el francés tenía lo suyo y más con un físico bien trabajado, y hasta duplicaba la altura del italiano, pero ya tenía ojos sólo para el hombre que estaba incluyendola en su vida.

—Tenemos mucho de qué hablar —volvió a rodear la cintura de la chica, dejándole claro que no podía sobrepasarse con ella.

—Ya lo entendí —una suave y burlesca risa soltó antes de guiarlos a la sala de estar donde ofreció asiento en el largo sofá en forma de L—. Te escucho.

—Leone fue de visita a mis tierras —comenzó hablar a penas se sentó, su sorpresa tuvo que ocultar nuevamente cuando Aria decidió acomodarse en su regazo.

—Asique fue allá —lo observó pensativo—. Fuentes confiables me informaron que desapareció y no hay ni un rastro de ese italiano.

—Es historia —aceptó el vaso de whisky con hielo que una de las empleadas le ofrecía—, es un peso menos.

—Que bueno que te hayas encargado —levantó su vaso a modo de brindis—. Merci.

—Y supongo que el pez mayor te encargarás de exterminarlo.

—No —negó para tomar un largo trago y dejarlo en la pequeña mesa de cristal del medio—, mi hijo se encargará, hace poco eliminé al que me importaba.

—Capisco —frunció el ceño cuando una pregunta cruzó por su mente, habían pasado unos pocos años pero no tuvo la oportunidad de preguntarle en su momento—. André, en esa ocasión, tú...

—No —negó viéndolo con seriedad—, no soy capaz de llegar a ese punto. Yo no me llevé a la hija de Lombardi, de igual manera esa noche entraron más que no pertenecían ni a mis hombres ni socios.

—¿Quiénes más estaban interesados?

—Muchos, tenían el poder de la Cosa Nostra, tienes más enemigos que aliados —se encogió de hombros—. Hasta se llegó a pensar que fueron ustedes quienes se la llevaron.

—¿Por qué nos interesaría llevarnos una bambina? —su cuerpo estaba tenso, no le gustó el rumbo de la conversación.

—Ustedes le quitaron el trono a los malditos de Lombardi, es obvio —arqueó una ceja sonriendo con complicidad—. Raffaello, muchos sabemos de tu tétrico historial, a cualquiera puedes preguntarle y te dirá lo mismo.

—Nosotros no tuvimos nada que ver, además no fuimos invitados aquella vez —hizo una mueca amarga pensando en la frustración y la mala imagen que tuvieron después de eso.

—Seguirá siendo un misterio —bebió lo que quedaba de su vaso para dejarlo—. De igual manera, Lombardi no ha hecho nada para buscar a su hija.

—He visto a sus hombres en varias partes, sí lo hizo.

—Fue una pantalla, no le importó a su hija legítima, ahora tiene un bastardo al cuál no creo que tenga futuro —hizo un ademán con la mano restándole importancia—. Será muy divertido en unos años más.

—Eso supongo —se había quedado pensativo, todo lo que el francés le decía tenía sentido.

—Seguramente ya has tenido comentarios y yo también estoy de ese lado —cruzó sus piernas apoyándose en el respaldar—. Tú tampoco estás buscando a tu hermana, tu otro hermano anda en otras partes y el único Vitale cuerdo que queda eres tú.

—Lo sé.

—Entonces aprovecha y desposa cuanto antes a tu mujer frente a todo el mundo.

Sintió la tensión en el cuerpo de la chica, trató de calmarla dándole un pequeño apretón en su cintura. No quería aún que escuchara eso o de seguro se iría y él no iba a forzarla. Por primera vez no iba a forzar a alguien por su capricho.




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