Si bien la luna de miel duró sólo un mes, intentó desconectarse de todo su mundo, una tarea difícil pero algo logró. Lo importante de todo es que pudo pasar el tiempo con su luna a solas, con uno que otro pequeño problema durante el camino que por suerte se solucionaron. Raffaello se sentía en las nubes, era el hombre más reconocido de todo el mundo, más que su inservible hermano, que por cierto estaba recibiendo varios comentarios de descontento y que muchos pedían que él mismo llevara la Cosa Nostra en sus manos.
—¿Qué esperas?
—Así no —negó sentándose en el borde de la cama, mirando el paisaje que había del otro lado de la ventana: un extenso valle verde que parecía infinito pero unas montañas nevadas de fondo cortaban ese valle, la brisa fresca entraba por la ventana abierta, refrescando la calurosa habitación—. Lo quiero todo y Vincenzo no me lo dará ni tampoco esos inútiles que tiene detrás, estoy en sus listas negras, no es fácil.
—Amore, muchos están pidiendo por ti, dales lo que quieren, finge un poco y después impones todo lo tuyo —sintió su cuerpo desnudo pegarse a su espalda— es tu oportunidad.
—¿Tú crees?
—¿Raffa, estás ciego y sordo? —giró su cabeza para darle una mala mirada, a lo que ella respondió con una sonrisa inocente.
—Lo pensaré —soltó un largo suspiro, observándola con mejor detenimiento—. Aria, dime la verdad.
—¿Si tengo la razón? Por supuesto —él negó—. ¿Sobre qué?
—Tu salud —sintió el tenso cuerpo de ella, rápidamente giró medio cuerpo.
—Antes que me reproches, no quería ocultarlo —desvió la mirada a la vez que alcanzó una almohada para colocarla delante de su desnudez—, lo supe cuando ya estábamos viajando.
—Lo sabía, te dije que el viaje podía esperar, no te ves bien —llevó las manos a su rostro, viéndola con preocupación—, aún estás débil. ¿Sigues con los medicamentos?
—¿Medicamentos? —frunció el ceño extrañada por su pregunta, una risa nerviosa escapó de sus labios—. No es eso.
—No me mientas.
—No te miento —sujetó una mano de él para llevarla a su vientre—. No sé si le hago un bien, quería ir a un médico para saber su evolución.
Su vista estaba en la dirección de su mano, de repente dejó de escuchar, parecía que todo daba vueltas. Aria estaba embarazada, lo que planeó se estaba cumpliendo: un heredero. Tenía un sabor agridulce ya que por un lado era lo que ansiaba para que el resto dejara de condicionarlo, por el otro estaban sus malos recuerdos de la figura paterna, no quería cometer el mismo error... no quería ser padre, pero ahí estaba, fingiendo que todo estaba bien.
—¿Amore? —parpadeó varias veces volviendo la mirada en los ojos de su esposa.
—Sí, digo, me sorprendiste —respiró profundamente, obligando a su mente trabajar rápidamente y a su cuerpo reaccionar—. ¿De verdad estás embarazada?
—Lo estoy —ella se inclinó levemente, observándolo con complicidad—, te dije que te lo daría todo.
Quería negarse, alejarse e irse, no obstante terminó por calmarse al pensar que esta era una realidad diferente a la que tuvo, Aria le había demostrado que era una mujer diferente y que era capaz de cumplir su rol.
—Hay que celebrarlo —una pequeña sonrisa mostró, la recostó para subirse arriba suyo—, seremos padres.
—Y los mejores —guiñó un ojo sonriendo ampliamente.
—Que no te quepa duda.
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—Bienvenidos a casa, señores Vitale.
—Grazie, Tomasso.
Todo el personal estaba presente, formados en dos filas dejando un espacio en medio para que ellos desfilaran por este, a medida que pasaban eran saludados con una inclinación de cabeza.
—Necesito que estén todos atentos a mi esposa, ella también lleva un control aquí y quién no acate o contradiga sus palabras será otro cadáver que deshechar. ¿Se entendió?
—Sí, signore Vitale —todos habían contestado en coro, se notaban las miradas de incomodidad y desaprobación pero nadie se atrevía a negarse, como también sabían que no tenían libertad de elegir.
—Iré a ver la habitación para el bebé —ella ignoró a los presentes y sus miradas de sorpresas—, estaré ocupada en eso.
—Si me necesitas sabes que estoy para ti —besó cortamente sus labios antes de separarse de ella—. Volveré lo más rápido que pueda.
—Te esperaré —guiñó un ojo para irse a las escaleras y comenzar a subir.
—El auto está listo —su jefe de seguridad se acercó una vez quedó solo, sabía respetar su espacio que era algo que nadie había hecho antes.
—Vámonos —salió nuevamente para entrar directamente al vehículo que esperaba con la puerta abierta para él.
Tenía una parada pendiente desde hacía tiempo, mucho antes de su boda fue a visitar el lugar para saber de la situación.
Pidió que ella no lo viera ni nadie más en ese lugar. La mujer que llevaba las cosas allí, Catherine, lo dejó pasar luego que le diera un dinero adicional, eso no le gustó pero la suma era nada a comparación de lo que ganaba por día. Se dirigió a la habitación donde se encontraba y pudo ver que estaba vendada y atada a una esquina del solitario espacio, estaba desesperada, su cuerpo temblaba como también tuvo la extraña sensación de verla diferente, cada paso que daba era más terrorífico para ella y eso lo hacía gozar.
—Después de todo este tiempo debes estar enterada del lugar en el que te encuentras —escuchó las cadenas sonar, inútilmente ella intentaba retroceder—. ¿Piensas que te haré daño? No hermanita, no soy esa clase de monstruo, soy uno mucho mejor y tú lo has sabido siempre.
Se acercó más para agacharse y verla de cerca, en sus brazos habían marcas que ya eran cicatrices dándole a entender que ella fue usada como había pedido, tenía un terrible aspecto y hasta su vestimenta era mucho más grande y ancha que de seguro ocultaba ciertas marcas... o eso creyó.
—Eres consciente que no saldrás de aquí, tu querido hermanito ha dejado de buscarte, es un hecho el que estás muerta —observó como lágrimas aparecían debajo de la venda, haciéndole sonreír más—. Te recompensaré por ser un buen juguete, estarás por unos días de descanso... si así se le puede decir, y prepárate porque lo peor está por llegar.
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Editado: 27.01.2026