Destinos Cruzados

Capítulo 30

Las siguientes semanas fueron demasiadas tensas para todos, ni siquiera los empleados pronunciaban una palabra ante el temor del nuevo temperamento de su jefe, ni siquiera Tomasso hablaba en voz alta, sólo en la oficina cuando era requerido. Raffaello, a pesar de todo lo que descubrió, seguía ahí, pensativo, llegaba la noche y dormía en la misma cama que su enemiga.

"Qué ironía".

Recordaba cuando pensaba en su hermana y el vínculo que formó con sus enemigos naturales, ahora él estaba en la misma encrucijada. Varios días y noches se encerraba para pensar y ver las posibilidades que se le presentaban:

"¿Y si la desaparezco? ¿La elimino? ¿Le miento? ¿La encaro? ¿Le digo la verdad? ¿Ignoro la situación? Pero... ¿y si pierdo todo?"

No podía darse ese lujo cuando recién lo estaba teniendo todo. Su nombre se había esparcido por gran parte del mundo, ahora era el más temido y respetado... como siempre lo deseó. De igual manera ahí estaba, tratando de decidir qué hacer con ella, qué hacer con su vida y qué rumbo llevar. Observó por la ventanilla del auto al avión privado que esperaba por él, encontraron una pista en dónde podría estar su hermana pero algo lo detenía a su mal pesar.

—¿Signore? —Tomasso lo observó con cierta preocupación, era extraño ver de otra manera a su jefe y cada día era peor que el anterior.

—Contacta a Moretti, que vaya él y tú también irás —la expresión de su jefe de seguridad se relajó porque sabía a qué se debía—, mantenme al tanto y vigila a Ruggero.

—Como ordene —dió un asentimiento de cabeza mientras lo veía por el espejo retrovisor, salió del auto para ir directo a otro así buscar al italiano.

—A la mansión —mandó a su chofer que rápidamente acató la orden.

Debía arreglar de alguna forma lo sucedido, no se arrepentía porque de cierta manera Aria había cambiado después de la boda y debía colocarla en su lugar, más sabiendo quién era en realidad. Los archivos decían todo: Irina Morozova. La familia más temida del continente asiático, entendió su petición y era algo muy típico de su familia, lo que no entendía cómo es que ella estaba viva. Según lo que recordaba, los Morozov tuvieron un enfrentamiento contra otras familias influyentes y peligrosas pertenecientes al mismo continente, gran parte de los integrantes murieron, pero socios quedaron con vida y llevaron las riendas en nombre de la familia. ¿Entonces cómo es que Irina estaba viva? Se aseguró que la falta de memoria era real y que de a poco ciertos rasgos verdaderos de ella estaban volviendo, la manera en que quería sobrepasarlo, su altanería, la tranquilidad de aceptar lo que él era, todo tomaba forma y muy en el fondo temía a que ella volviera a ser una Morozova y lo que alguna vez fue Aria Favre... desapareciera.

¿Le gustaba Aria? Sí. ¿Estaba enamorado de ella? Tal vez. ¿La quería? Sí. ¿Extrañaba su Aria? Sí.

—Llegamos, signore —su chofer ya había abierto la puerta para él mientras sostenía un paraguas ya que la lluvia había comenzado a caer con un poco más de fuerza.

Bajó del auto y caminó junto a él hasta la entrada de la mansión donde pudo resguardarse. Contó los segundos que se daba para ir a enfrentar la realidad. Una vez listo, entró y subió por las escaleras, recorriendo la lúgubre casa hasta llegar a la habitación, ella no estaba ahí, fue a buscarla a la habitación del futuro heredero y tampoco estaba. Sentía un extraño cosquilleo en su pecho, no quería pensar mal pero...

—¿Raffaello? —se giró de golpe encontrándose con ella, que traía unas bolsas en mano—. Creí que habías viajado.

—Iba hacerlo.

—¿Pasó algo más? —ella desvió la mirada, era la primera vez en semanas que le volvía hablar.

—Sí. Tú.

Ella frunció el ceño sin creer lo que estaba escuchando, caminó hasta la cuna para dejar todas las bolsas que eran obvias sus contenidos. No dijo nada, esperaba otro regaño, otra amenaza o el peor de los casos otra vez silencio de su parte.
Él al principio no entendía su reacción, creyó que habrían más palabras como antes, no dudó en acercarse hasta rodear su espalda y abrazarla. Un extraño momento para los dos, un silencio incómodo y dos corazones latiendo en búsqueda del otro.

—Raffa.

—¿Si?

—¿Puedes prometerme algo? —la respuesta fue un beso en su cabeza, lo que hizo que continuara—. No sé por cuánto tiempo nos tendremos que soportar, ¿pero al menos podemos ser la pareja que éramos antes?

Su boca se entreabrió de la sorpresa, no esperaba algo así, quería lo mismo y ella lo estaba pidiendo.

—Desearía eso también —fue sincero. Ella giró para enfrentarlo, pudo notar lágrimas en los ojos.

—No me dejes —susurró con voz ahogada.

—No lo haré. Lo prometo —selló sus palabras con un beso en sus labios, un beso tranquilo pero cargado de un sentimiento profundo que mareaba a ambos.

—Ti amo —Aria le sonrió tímidamente, creyendo no ser correspondida.

—Yo a ti —volvió a unir los labios con los de ella para un beso más, un beso que sellaba promesas.

Pero si de algo aprendimos en esta historia, es que Raffaello Vitale no cumplía ninguna promesa que no sea una impuesta por él.

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—Es un Vitale a toda regla —la sonrisa de Vincenzo era de pura emoción, no dejaba de ver su sobrino o siquiera halagarlo.

—Por supuesto, es mí hijo —un amargo sabor en su boca tenía cada vez que decía esa palabra, pero se mentalizó que debía acostumbrarse hasta el día que muriera.

—La verdad me sorprendes, claro que también es parte de la ley de la vida y de nuestra vida.

—¿Y tú? ¿Me hiciste caso? —se alejó hacia la ventana, su cuerpo pedía a gritos alejarse de ambos.

—Supongo que la misma condición te pusieron a ti —levemente giró la cabeza a un costado, interrogativo—, quieren que les asegure todo con un heredero también.

—Idiotas —puso los ojos en blanco haciendo una mueca de asco.

—Lo mismo les dije —escuchó pasos hasta ver de reojo que estaba a su lado—, creo que después de lo de Rossetta quieren que realmente seamos una fuente de confianza.




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