—Señor Lacroix —escuchó la voz rasposa del hombre de confianza de su padre—, su padre quiere que vaya a su oficina.
Él levantó la mirada enfocando los ojos azules en aquel hombre mayor, canoso y algo avejentado. No era la primera vez que lo buscaba.
Bajó de la larga tabla que era sostenida por unas cadenas contra la pared y caminó hasta cruzar la reja que dividía entre el pasillo y la fría celda en que estaba. Caminó por delante de él llegando a las escaleras donde subió los cincuenta y ocho escalones que habían para salir del subsuelo, tantos años que se acordaba de cada escalón que podía pisar cuando era libre, porque de ida siempre era atado de manos y piernas para ser arrastrado hasta su celda. Odiaba estar ahí, odiaba todo de ahí, odiaba su vida, se odiaba a sí mismo pero más odiaba a su progenitor.
La puerta fue abierta al llegar, cruzó el largo pasillo que estaba a oscuras pero al final se veía una luz que provenía de la sala de la mansión. Una vez llegado pudo ver a su alrededor, todo seguía igual, su madre no había cambiado la decoración y eso le resultó extraño. Sintió detrás un empujón haciéndole recordar que debía seguir el camino al ala este de la mansión donde se encontraba la oficina de él.
—¡¿Dónde está ese mocoso?! —escuchó el vozarron proveniente de su progenitor, Arthur Lacroix.
Corrió lo que más dieron sus piernas para que pudiera visualizarlo.
—Aquí estoy, papá —dijo el niño de doce años que se quedó de pie frente a él y con la cabeza agachada.
—¿Crees que debo seguir perdiendo el tiempo contigo porque no te spresuras?
—No, papá.
—Adentro —señaló y no dudó en entrar encontrándose a su hermano que estaba sentado en un sofá individual de cuero negro, sus ojos azules se encontraron, ninguno dijo nada—. Siéntate.
Fue al que se encontraba en frente y esperó. Pudo escuchar los pasos que daba a su gran asiento detrás del escritorio, también como el sonido del encendedor y luego el humo de cigarrillo llegaba a su nariz.
—¿Para qué lo has llamado, papá?
—Porque era momento de levantar su castigo y que empiece a entrenar con el resto —el azul helado de sus ojos lo observaban con desdén—. Hasta que diga que no pares no podrás descansar.
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Sí, papá —contestó rápidamente.
—Vayan a comer —dijo antes de tomar un fajo de billetes y comenzar a contar.
—¿Y mamá? —preguntó por ignorancia, pudo ver a su hermano negar.
—No volverá por días, la envié lejos para que no puedas llorarle a tu mami. Debes ser un hombre, no un bebé.
Asintió y salió conteniendo el nudo en su garganta, su madre era la única que le daba fuerzas de seguir con todo, tanto ella como él estaban condenados a esa vida.
—¿Cómo estás? —pregunta en un susurro, él negó sin contestarle ni ver a su hermano.
No tenía la culpa, su progenitor le lavaba tanto el cerebro que cada vez desconocía más a su gemelo, desconocía a quien compartió vientre y tantos años a su lado, desconocía a Evan Lacroix.
Sin mediar palabra fue a comer y casi lo hizo con desesperación, cuando estaba encerrado solo le daban una fruta o un trozo de pan y un vaso de agua. Aprovecharía todo porque no sabía cuándo iba a tener ese privilegio básico que él le era arrebatado.
Al terminar su plato se fue corriendo al piso de arriba para ir a su habitación, tomó una toalla y ropa de entrenamiento que consistía en una camiseta azul y unos pantalones negros deportivos junto a sus zapatillas. Tardó unos minutos más para relajarse bajo la lluvia artificial y salir más relajado. Sus músculos por fin pudieron dejar de estar tensos del todo al recostarse en su cama que le parecía ya casi desconocida la suave superficie al acostumbrarse la madera donde dormía en su celda, o "calaboso" como decía más chico.
Perdió la noción del tiempo al haber cerrado sus ojos y dormido un poco, pero fue consiente cuando golpearon la puerta de su habitación y no tuvo más opción que levantarse e ir al patio trasero, observó el reloj del pasillo que todavía pendía de una pared arriba de un jarrón de flores y pudo comprobar que por una hora descansó.
Al salir por las puertas de atrás, había un grupo de hombres de miradas estructuradoras y listos para destruirlos el resto del día con ejercicios sin descanso. En su cabeza pensaba que pudo por lo menos descansar antes de tener las palizas que recibiría ahora.
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Al siguiente día se levantó con mucho dolor en su cuerpo, los moretones se estaban notando en sus brazos y así de seguro todo el cuerpo. Le costó ir a darse un nuevo baño y también el desayunar en su habitación.
A veces se ponía a ver por su ventana y le preguntaba a las estrellas en la noche el por qué su padre prefería solamente a su gemelo, por qué sólo lo eligió a él y a su otro hijo lo peor que pueden hacer. Quería el abrazo de su madre, la quería a su lado pero a saber por cuánto tiempo él estaría ahí antes que su padre decida encerrarlo por otra semana.
Escuchó la puerta ser tocada y esta se abrió dejando ver a su propia imagen asomarse.
—Thomas, papá nos dio día libre, ¿quieres ir a jugar? —él también estaba con varios moretones y algunos rasguños en sus brazos.
Iba a decirle que no pero, eran niños aún, su propósito era jugar.
—Vamos —tomó una pastilla que le habían dejado, eso calmaría sus dolores.
Esas horas de juego con su copia, era lo único que valía la pena y podía verlo como su hermano y no su rival que es lo que pretendía su padre.
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Nunca se imaginó que tres años después muchas cosas cambiarían, una de ellas fue su madre que descubrió la preferencia por su gemelo, a pesar que ella aseguraba que quería a ambos, sus acciones no decían lo mismo. Otra fue la pelea de sus padres porque al parecer su padre tenía otra mujer la cual había un hijo de por medio, su madre parecía cada vez más ausente, él quería acercarse a ella pero no se dejaba, en cambio si su hermano se acercaba ambos permanecían abrazados como alguna vez su madre lo hizo con él. Odiaba más todo.
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Editado: 19.02.2026