Caminó por muchas partes del centro de Londres y aún así no lograba encontrarla, pensó en las posibilidades de haberse ido a las afueras pero le llevaría un poco más de tiempo del cual no disponía mucho. Esa chica no era tonta, era la jefa de los Vitale y quien atacó a su gemelo era el hermano de ella quien estaba dispuesto a matarlo como casi lo hizo con su gemelo. Siguió con sus pasos calle por calle, armado hasta los dientes ya que no sabía a quienes se enfrentaba, una cosa era oír de ellos y otra es tenerlos cara a cara.
—Creí haberte dicho que no nos siguieras —se detuvo en seco al escuchar su voz, tenía el acento diferente por lo que podía reconocerla—, alguien no le gusta obedecer.
—No tengo por qué hacerte caso —giró para verla sentada tranquilamente con un diario en la mano y una pluma anaranjada.
—Deberías de —cerró el cuaderno y tomó de su taza la bebida que contenía—. Su té es delicioso, tenían razón.
—¿Qué haces aquí?
—Si te sientas y dejas de llamar la atención tal vez podamos hablar como dos personas civilizadas —señaló delante de ella la silla desocupada.
Lo pensó, tal vez caería en una trampa pero también podría saber cómo actuar.
—Sé que también quieres respuestas y las tendrás si me acompañas con una taza de té.
—¿Para que me envenenes?
—Eso lo hace mi hermano y ahora está lejos.
Se mordió el labio indeciso, toda su experiencia le decía que no pero su otra parte decía sí. Tras un suspiro accedió y se sentó, ella pidió dos tazas más a un mozo que estaba fijamente viéndolos, alerta por si había algún disturbio en la cafetería. Por suerte estaban afuera y estaba a la vista de sus hombres que podían actuar en cualquier momento.
—No puedo decirte los motivos, solo lo que también ya sabes, somos enemigos naturales —volvió su mirada a su pequeño cuaderno de color verde.
—Nuestras familias.
—Y nosotros pertenecemos a ellas, ¿no?
Dió un asentimiento observando al resto de las personas caminar por las veredas con sus vidas normales y ahí estaba él aparentando serlo también.
—¿Qué hace por estos lados la jefa que casi la mata su propio hermano? —fijó su mirada azulada en ella que había dejado de escribir—. En mi opinión, debería de estar arreglado sus asuntos en sus propias tierras y no irrumpir en donde es más seguro su muerte.
—¿Es una amenaza?
—Es mi opinión —esperó a que sirvieran el té para volver hablar, tomó su pequeña cuchara y tras colocar terrones de azúcar revolvió un poco—. Aquí nadie es ajeno a nada, todos saben todo.
—Muy básico el que quieras intimidarme, se nota que te falta práctica —ella hizo lo mismo que él y tomó de su té.
—¿Como también anunciar que podría envenenarme?
—También.
—¿Y qué tal le parece si digo que también saben que el té puede estar envenenado? —sonrió de lado triunfante, tomando un poco más de su bebida viéndola palidecer—. Confía mucho en el afuera, señorita Vitale.
—No es así —susurró con voz ahogada, sentía cada vez menos su cuerpo.
—Buenas noches, o —dejó su taza para inclinarse en la mesa con las manos entrelazadas—, buonanotte signorina.
Rió cuando ella cerró los ojos, hizo una seña al mozo que asintió y pronto sus hombres se la llevaron.
—¿Dónde siempre?
—Dónde siempre, Peter.
Tranquilamente terminó su té pensando en lo que haría, sería el primero en su familia en terminar con una jefa de sus enemigos principales. Esperaba que su padre estuviera orgulloso y que así podría vengar a su hermano.
Pensó en un principio llevarla a la parte subterránea de la mansión ya que tendría mejores recursos y su padre estaría ahí, no obstante, él quería hacer las cosas por sí mismo para demostrar que podía.
O eso pensaba.
Fue a su escondite a las afueras de la ciudad donde había una granja, los dueños al verlos tuvieron que retirarse como los pocos empleados que tenían. El segundo galpón que estaba más alejado era donde se encargaba de hacer sus trabajos cuando no quería que su familia se enterara de los movimientos que hacía. En el centro se encontraba una silla donde la chica estaba atada y vendada, aún inconsciente.
—Dime bien.
—Rossetta Vitale, veinticuatro años, jefa de todo Milán y hasta hace poco de Venecia pero...
—Raffaello se adueñó de eso —dijo pensativo observándola, recordando como esos ojos olivos lo observaron de una manera que jamás nadie lo hizo.
—Así es, actualmente se encuentra con su hermano menor Vincenzo Vitale quien intentó asesinar a su gemelo y a usted.
—Sí —frunció el ceño suspirando—, buen trabajo Peter, revisa que su gente no nos haya seguido y que ninguno de ustedes se le escape algo a mi padre de lo que sucede aquí.
—No pasará señor, nos pondremos a trabajar —el rubio asintió y se alejó con un equipo de hombres, dejándolo adentro solo con la chica.
Caminó por los alrededores cargando su arma de emergencia que no solía utilizarla, era bueno en el combate de cuerpo a cuerpo que un aparato automático no le era tan funcional sino hasta que fuese de extrema urgencia. Sacó sus anillos y se los colocó listo para los golpes que vendrían. Se acercó a ella quitándole la venda, el cabello le tapaba un poco el rostro, por impulso quitó este observando sus finos y elegantes rasgos, las pestañas eran naturalmente largas que casi acariciaban los pómulos. Los labios de ella parecían ser suaves, quería acariciarlos también...
Salió de su nube al ver que ella se removía, retrocedió un poco cambiando su mirada a la burlesca que todo el mundo odiaba.
—Bienvenida de vuelta.
—¿Qué...? ¿Dónde...? —su voz era rasposa, su vista parecía perdida, de a poco se iba regulando hasta lograr ver una figura delante suyo.
—No quisiera hacerle daño a una hermosa dama —caminó desapareciendo del campo de su visión—, pero lo que le hicieron a mi hermano no tiene perdón.
—Lacroix...
—Silencio —sentenció a lo que un suspiro hubo de respuesta—. No tienes ningún derecho, estás en mí territorio y las reglas las coloco yo. También las preguntas las hago yo.
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Editado: 04.05.2026