Destinos Cruzados

LA MEDIDA EXACTA DE TI

—Mamá, de verdad, puedo solo —murmuro, intentando apartarme un poco.

Ella ni se inmuta. Sonríe y vuelve a estirar el cuello de mi camisa, alisándolo con cuidado, como si yo fuera a desarmarme si deja de hacerlo. Yo suspiro, inquieto, tamborileo los dedos contra el muslo y miro el reloj por tercera vez en menos de un minuto. Algo me zumba en el pecho. Una mezcla incómoda de emoción y nervios que no sé cómo apagar. Hoy es la cita. La primera con Alice. Y estoy tan jodidamente nervioso que no he parado de moverme.

—Quédate quieto, ya casi termino —dice, estirando la tela con precisión.

Aprieto los labios y obedezco, aunque el impulso de moverme me recorre entero. Cuando por fin se aparta, suelto el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Me paso una mano por el cabello, despeinándolo apenas, y alzo la vista hacia el espejo. Me observo un segundo. Intento reconocerme ahí. Tranquilo. Seguro. Como si no estuviera a punto de salir a una cita que me tiene el pulso acelerado.

—Listo —dice

Levanto la vista y me encuentro con la mirada de mi madre. Me observa en silencio unos segundos, como evaluándome, con esa mezcla suya de orgullo contenido y ternura que intenta disimular.

—Te ves muy guapo, cariño —dice Resoplo por lo bajo y me paso una mano por la nuca, incómodo.

—Mamá, tú siempre dices eso —contesto—. Podría salir vestido de payaso y aun así me lo dirías.

Ella suelta una risa corta, divertida, y cruza los brazos.

—No exageres.

Me giro un poco frente al espejo, ajustándome la camisa, buscando algo que ni yo sé qué es. La presión en el pecho no se va.

—Necesito una opinión más objetiva —añado, mirándola de reojo—. Así que necesito la opinión de la nana

Me giro de espaldas frente a ella y abro los brazos apenas, esperando el veredicto.

—¿Y bien? —pregunto.

La nana no responde de inmediato. Me observa con calma, de arriba abajo, como si se tomara el asunto demasiado en serio. El silencio se estira más de la cuenta y empiezo a sentir cómo la impaciencia me sube por la espalda. Aprieto la mandíbula. Quizá fue mala idea preguntar.

—Nana… —insisto, girando un poco la cabeza.

Ella sonríe al notar mi tensión, divertida por mi evidente nerviosismo.

—Joven Nialk —dice al fin—, su elección ha sido la mejor.

Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Y si la señorita Alice no lo nota —añade con una sonrisa —, entonces, sin duda, tiene un serio problema de miopía.

Una risa breve se me escapa, más por alivio que por otra cosa. Asiento, relajando los hombros, sintiéndome por primera vez listo.

—Gracias, nana - me acerco y le planto un beso en la mejilla

—Alice tiene suerte con mi hijo, es un buen chico —dice mi madre con orgullo, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

—En realidad, la suerte la he tenido yo —respondo sin pensarlo demasiado. Ella me mira con una sonrisa suave. Mamá ya conoce a Alice. La ha visto un par de veces en casa, la reconoció de inmediato como la chica de la cafetería y, desde entonces, quedó completamente encantada con ella.

—Es cierto, hijo —añade—. También tú tienes suerte. Es muy guapa.

Sonrío, porque no podría estar más de acuerdo. Alice es hermosa… pero no solo por fuera. Hay algo en ella que va mucho más allá de lo visible, algo que se siente.

—Así es, mamá —digo mientras ajusto el reloj en mi muñeca.

—La próxima vez tienes que traerla para que venga a comer con nosotros —dice mi madre, cruzándose de brazos con una sonrisa cómplice—. Necesito conocer mejor a mi nuera… y a la chica que me ha robado toda la atención de mi hijo – No puedo evitar sonreír. Me acerco a ella y le dejo un beso en la frente.

—La próxima venimos —le digo—. Pero no seas celosa, mamá – tomo su rostro y le doy un beso. Ella resopla por lo bajo y niega con la cabeza, fingiendo molestia.

—¿Cómo no voy a estarlo? —dice, señalándome el pecho—. Mi único hijo se ha enamorado, y eso significa que ya no soy la única dueña de ese corazón.

Sus palabras se me quedan clavadas ahí, justo donde ha apuntado. Trago saliva sin darme cuenta y bajo la mirada por un segundo, como si admitirlo en voz alta me pesara más de lo que esperaba. Porque es verdad. Estoy enamorado.

Me paso una mano por la nuca, nervioso, pero también… extrañamente tranquilo. Al volver a mirarla, noto cómo se me suaviza la expresión.

—Supongo que sí —murmuro, casi para mí mismo—. He tenido suerte de coincidir con una chica increíble.

Mi madre sonríe, despacio, como si esa simple confesión le confirmara todo lo que ya había notado en mí. Y en ese instante entiendo que no necesito decir nada más. Vuelvo a mirar el reloj y noto que ya es casi hora de ir por Alice.

—Tengo que irme, mamá. Llegaré tarde —digo mientras ajusto las mangas de la camisa, intentando mantener la compostura.

Ella se acerca y me acomoda el cuello otra vez, como si aún fuera un crío. No me quejo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.