Destinos Cruzados

DESPUES DE TI

—Está delicioso —murmuro, llevándome otro bocado a la boca, más por ocuparme en algo que por verdadero apetito.

—Me alegra que te haya gustado —responde Nialk.

Levanto la vista y lo encuentro mirándome. No de pasada, no con curiosidad distraída. Me observa con una calma intensa, como si cada gesto mío mereciera toda su atención. Como si las demás personas simplemente no existieran.

Aprieto los labios, incómoda. Siento el calor subir lentamente por mi cuello. Sus ojos siguen ahí, firmes, provocándome un nerviosismo absurdo. Estoy a punto de decirle que deje de mirarme así… cuando me doy cuenta de que, en el fondo, no quiero que lo haga.

—Nialk.

La voz llega desde atrás de él y se me eriza la piel antes siquiera de saber por qué. Alzo la vista por encima de su hombro… y el estómago se me hunde. Clarisse.

Está ahí, impecable, como salida de una revista. El vestido corto le queda como si hubiera nacido para llevarlo, y su cabello rubio cae sobre sus hombros con una naturalidad insultante. No parece esforzarse. No lo necesita. Es hermosa de esa forma que duele mirar demasiado.

Trago saliva. Por pura inercia intento no encogerme, pero es inútil. Algo dentro de mí se desarma. Como si alguien acabara de darle una patada directa a mi autoestima. Mis hombros se tensan, me recojo apenas en el asiento, incómoda, consciente de cada centímetro que ocupo. Mientras la observo, con una parte muy egoísta de mí, solo espero que Noah no esté aquí también.

Nialk sigue la dirección de mi mirada y lo entiende de inmediato. Lo veo en el gesto seco con el que aprieta la mandíbula, en cómo sus hombros se tensan apenas un poco, como si algo dentro de él se activara.

—¿Nialk Russel, verdad? —pregunta ella, avanzando un paso más.

Mi corazón da un salto torpe. Vale, Alice. Respira. No entres en pánico.

Clarisse posa la mirada en mí solo un segundo. Es fugaz. Calculado. Frío. Como si me estuviera evaluando… o descartando. Luego aparta los ojos. Como si yo no fuera más que parte del mobiliario del lugar. Me quedo rígida.

Nialk lo nota. Lo sé porque su ceño se frunce de inmediato. Su cuerpo se inclina apenas hacia mí, casi imperceptible, pero lo suficiente para marcar una línea invisible entre ella y yo. No dice nada aún, pero la tensión está ahí, densa, vibrando en el aire.

—Sí —responde él, seco.

La palabra cae entre nosotras como un golpe corto. Clarisse no parece inmutarse.

—Mucho gusto, soy Clarisse Thomson —dice, extendiendo la mano hacia él con una sonrisa perfecta.

No miro a Nialk. No quiero. No puedo. De pronto me siento fuera de lugar, como si mi silla estuviera un poco más baja que las demás. Tomo la copa de vino que está en la mesa y me la bebo de un solo trago. El líquido quema al bajar, pero no tanto como la incomodidad que me aprieta el pecho. Dejo la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Nialk. Me observa entre preocupado y divertido, como si no supiera si regañarme o sonreír por lo impulsivo de mi gesto. Sus cejas se arquean apenas, en una pregunta muda que solo yo entiendo.

—Mi padre es Nikolai Thomson —continúa, colocándose a un costado de Nialk, tan cerca que casi me bloquea por completo la vista de él—. El nuevo inversionista de tu padre.

Nialk no responde de inmediato. No sonríe. No parece cómodo. Su cuerpo está rígido, distante, como si su cercanía le molestara.

—He venido con unas amigas —añade ella, inclinando un poco la cabeza—. Te vi desde allá.

Sigo su gesto con la mirada y distingo otra mesa. Varias chicas observándonos sin disimulo.

—No sabía que mi padre hubiera cerrado nuevos negocios —responde Nialk, con un tono educado pero distante—. Gracias por decírmelo, pero ahora mismo estoy ocupado.

Clarisse arquea una ceja, ladeando ligeramente la cabeza.

—¿Ocupado? — Sus ojos azules se deslizan hacia mí sin ningún cuidado. Me remuevo apenas en mi asiento, intentando no darle el gusto de notar nada.

—Sí —responde Nialk, sin rodeos. Clarisse gira el rostro hacia él, despacio, con una calma que no engaña.

—¿Con quién? —pregunta.

Sé que me está ignorando a propósito. Lo hace para marcar terreno. Yo me muerdo el labio inferior, incómoda, sintiendo cómo la tensión se me instala en el pecho.

—Con Alice —responde Nialk, ya sin paciencia. Clarrisse vuelve su rostro a mí y sus ojos azules me miran con aire de autosuficiencia. Pero no me dejo amedrentar le sostengo la mirada también.

—¿Ella? —dice Clarisse, señalándome apenas con un gesto mínimo, casi perezoso… pero suficiente. El énfasis en la palabra me deja claro que no hay nada inocente en la pregunta.

—Sí —repite, esta vez con firmeza—. Estoy ocupado con mi novia.

El mundo parece detenerse lo justo para que esa palabra caiga donde tiene que caer. Contengo el aliento, sorprendida, y aun así mantengo la espalda recta, como si lo hubiera sabido desde siempre.

—Así que, si me disculpas —añade—, estamos ocupados.




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