Destinos cruzados. El lobo y la humana.

Capítulo 1: El Día en que todo cambió.

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Ese día, la aldea de la Manada Renacimiento bullía bajo el sol de mediodía, pero una quietud inusual envolvía a Arturo.

Sus padres, el Alfa Supremo Ángel y la Luna Milagro, lo habían dejado a cargo de unas tareas rutinarias en la aldea.

Habían viajado hacia la Manada Amanecer, en el Norte, donde vivía su antiguo beta, Manuel, y su compañera, Adela. Adela estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo, y como buenos líderes y amigos, Ángel y Milagro querían estar allí para ofrecer apoyo y celebrar la llegada de una nueva vida.

Arturo, a sus quince años, era ya un joven responsable, valiente y un guerrero en entrenamiento, con el lobo casi maduro. No imaginaba que ese día, aparentemente tranquilo, sería el que marcaría su destino, el que lo lanzaría a una encrucijada inesperada.

Todo el conflicto había comenzado dos años atrás.

Él tenía tan solo trece años cuando los humanos llegaron. Aparecieron en grandes barcos, sus velas hinchadas por el viento, cruzando el vasto mar que bordeaba la costa oculta del territorio lobo.

Fue una sorpresa para todos, incluso para Ángel, el Alfa Supremo, cuya sabiduría era casi legendaria. Nadie esperaba visitas, y menos de otro continente, de una raza que se creía extinta de sus tierras.

Al principio, llegaron con palabras amables y sonrisas forzadas. Dijeron que solo se quedarían una semana, que solo querían explorar el bosque en busca de minerales valiosos.

Pero la semana se convirtió en meses, y los meses en años. Construyeron campamentos rudimentarios que pronto se volvieron asentamientos permanentes.

Comenzaron a cortar árboles sin piedad, talando parte del bosque sagrado, el corazón mismo de la manada. Ángel intentó dialogar, ofreció tratados de paz y convivencia, pero ellos no querían irse. Su ambición era inmensa, y su respeto, nulo.

Ahora, dos años después de su llegada, el aire no olía a savia de pino o a tierra húmeda, sino a pólvora y a una tensión apenas contenida.

Arturo estaba en el bosque, inmerso en la recolección de frutas silvestres para el banquete de luna llena, acompañado por algunos miembros jóvenes de la manada, chicos y chicas que aún no habían presentado a sus lobos.

Las hojas secas crujían bajo sus pies cuando el sonido rasgó la aparente calma: gritos ahogados. Disparos secos. Llanto desgarrador.

Sin pensarlo, sin un ápice de duda, Arturo ordenó a las mujeres jóvenes y a los que no habían presentado a su lobo que corrieran de regreso a la seguridad de la manada.

Él, junto con tres guerreros jóvenes, ya curtidos y entrenados durante esos dos años de creciente temor a una futura traición humana, corrió hacia el origen del desastre, el corazón palpitante del caos.

Lo que encontró no fue un simple conflicto, sino un infierno desatado.

Las llamas, voraces y rojas, consumían parte del campamento humano. Los árboles cercanos estaban teñidos de rojo con sangre fresca, un lienzo macabro de destrucción.

Cuerpos yacían por doquier, inertes, esparcidos como muñecos rotos. El humo denso y acre se mezclaba con los últimos gritos y el llanto desesperado de los heridos que aún se aferraban a la vida. No eran los humanos con los que convivían, los mineros y obreros que habían llegado con promesas de paz... eran otros.

Cinco hombres armados hasta los dientes, desconocidos, con rostros endurecidos por la crueldad, estaban acabando con todo. No buscaban recursos, no era una simple disputa por la tierra.

Su propósito era la destrucción, la aniquilación. Habían venido por el mineral, sí, pero al no encontrar nada de valor significativo, decidieron acabar con todos: con los ingenieros, con los obreros, con cualquiera que respirara, dejando solo muerte a su paso.

Entre el caos, el fuego y la desesperación, sus ojos la vieron.

Una pequeña humana, de no más de diez años, temblaba incontrolablemente entre los restos humeantes de una tienda derrumbada.

Estaba manchada de sangre, pero Arturo pudo ver que no era suya; era de los que la rodeaban. Sus grandes ojos azules, como Esmeraldas empañados por el llanto, se encontraron con los de Arturo, una conexión instantánea en medio del horror.

Y entonces ocurrió. Algo que desafió toda lógica y enseñanza.

Su lobo, aún sin nombre, aún sin haberlo transformado por completo, despertó.

No con un rugido de batalla, no en medio de una confrontación contra un enemigo declarado. Sino con un latido suave, profundo, resonante… como si su alma entera se inclinara, se arrodillara, se ligara a esa niña. Un susurro ancestral se formó en su mente, claro como el cristal:

Protégela.

Ella es... tu compañera.

Arturo no entendía. ¡Era solo una niña! ¿Cómo podía sentir algo así por una humana, una niña, su mate? ¿Cómo era posible que su lobo, despertara por primera vez y reaccionara de ese modo, rompiendo todas las barreras y las reglas impuestas?

Pero no había tiempo para preguntas.

Corrió hacia ella, esquivando las llamaradas furiosas y el metal silbante de los disparos, moviéndose con una agilidad instintiva como si el destino mismo lo guiara.

La tomó entre sus brazos con una ternura que jamás pensó poseer, una delicadeza que contrastaba brutalmente con el infierno a su alrededor.

Ella se aferró a su cuello, sus pequeños brazos rodeándolo con fuerza, como si supiera que en esos brazos estaba a salvo, su único refugio.

Y sin pensarlo dos veces, sin mirar atrás, huyó con ella entre sus brazos, alejándose del infierno.

La guerra que se desataba no era suya, no era de su manada. Pero protegerla, a esa pequeña humana de ojos azules, eso sí lo era. Era su destino.

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