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La lancha había tocado tierra hacía menos de cinco minutos. La isla de Barlon dormía aún bajo la bruma del amanecer, envuelta en un silencio espeso y antinatural.
El agua golpeaba suavemente el muelle, pero no ni brisa entre los árboles. Solo quietud… como si la isla contuviera el aliento.
Muy lejos de allí, en lo profundo de un bosque en una colina, cerca del faro, una mujer de cabello blanco y ojos ciegos se incorporó de golpe en su cama.
Su respiración era entrecortada, como si un trueno la hubiese despertado. Una vieja puerta de piedra cubierta de raíces se estremeció. El musgo se desprendió lentamente.
Un susurro antiguo cruzó el aire:
—Ella está de vuelta…
—La luz... y la sangre... se han cruzado —murmuró—. Que los ancestros nos protejan.
Se levantó descalza, caminó hasta el viejo espejo agrietado y acarició el cristal con dedos temblorosos. Al contacto, las grietas brillaron de un azul claro.
—El equilibrio… se ha roto. Ella no debería estar aquí en esta isla... y mucho menos con él.
En la orilla, Arturo aún sostenía a Esmeralda, envuelta en mantas. Su cuerpecito seguía ardiendo de fiebre. Pero justo en ese momento… la niña se movió.
Una débil luz azul cruzó por sus ojos. Solo un segundo.
Arturo no lo notó. Pero su lobo sí.
Un rugido bajo y gutural vibró en su pecho. No era suyo.
Era antiguo. Primitivo.
Profético.
Milagro lo sintió también. Una punzada de energía le recorrió la piel. No era solo fiebre lo que ardía en esa niña.
Era magia.
Era legado.
Era… destino.
Dalmiro tragó saliva. Algo en el aire había cambiado. Lo supo. Lo sintió en cada fibra de su cuerpo.
—Debemos apurarnos. El hospital está cerca —dijo Milagro, pero su voz no tenía firmeza.
Porque en el fondo, sabía que aquello que acababan de sentir en la pequeña era mágico. Tal vez su enfermedad no se curaba con medicina.
Y mientras cruzaban la ciudad aún dormida, ignoraban que el nombre de Esmeralda ya había tocado los oídos de dos seres que serán los únicos en poder ayudarla.
Las puertas automáticas del hospital se abrieron con un leve zumbido. Un médico de guardia, aún somnoliento, alzó la vista al verlos entrar. Arturo sostenía a Esmeralda, pálida, envuelta en mantas y aún delirando. Milagro, con el rostro cubierto por una bufanda, mantenía la mirada baja, tensa. Dalmiro dio un paso al frente.
—Por favor, necesitamos ayuda urgente. Es una niña… la encontramos sola en el bosque. Está muy mal —explicó con voz controlada.
La llevaron a una sala de observación. Le colocaron suero, hicieron análisis, tomaron muestras de sangre. Las horas pasaban… y los resultados no llegaban. Arturo no se despegaba de ella, acariciando su frente, susurrándole palabras de animo.
Finalmente, un médico se acercó, con el ceño fruncido y los papeles en la mano.
—No hay infección. No hay virus. No hay daño alguno en su organismo. Clínicamente, está bien… y, sin embargo, no despierta. Realmente, eso no es normal. Ella no parece normal.
Milagro intercambió una mirada rápida con Dalmiro. Ya lo sospechaban.
—¿Qué está insinuando? —preguntó Arturo con voz tensa.
El médico dio un paso atrás, incómodo por la cercanía del joven.
—Solo digo que no podemos ayudarla aquí. Lo lamento, pero… deben irse.
—¿Cómo que debemos irnos? ¡Ella sigue enferma! —gritó Arturo, con su lobo ya presionando desde dentro.
—¡No causen problemas! O llamaré a seguridad.
Milagro puso una mano en el pecho de su hijo.
—Vámonos. Seguramente debe haber alguien en estas tierras que pueda ayudar a Esmeralda. Encontremos ayuda en otra parte.
No muy convencido, Arturo salió del hospital junto a la niña, su madre y el doctor.
Su corazón estaba más pesado que al llegar. Arturo sentía que algo se desgarraba lentamente en su interior. Llevaba a Esmeralda dormida, temblando, como si cada segundo que pasara la alejara más de él.
Caminaron por las calles silenciosas, sin saber adónde ir.
Y fue justo entonces, cuando los primeros rayos del sol comenzaron a acariciar la isla, que sucedió lo inesperado.
En una callejuela lateral, una silueta aguardaba sentada sobre una roca, frente a una vieja tienda cubierta de hiedra. Su cabello blanco brillaba bajo la luz dorada del amanecer. Aunque ciega, sus ojos parecían atravesarlos, como si pudieran ver más que cualquier otro.
—La hija de la bruja... ha vuelto —susurró la mujer.
Milagro se detuvo en seco. El aire se tensó, como si el mundo contuviera el aliento.
—¿Qué dijiste?
La mujer se levantó lentamente, descalza, serena.
—La sangre de Samanta corre por esas venas... mezclada con la razón y la ciencia. Una mezcla peligrosa. Una mezcla... profetizada.
Arturo apretó a Esmeralda contra su pecho.
—¿Quién eres?
—Soy quien ha esperado este amanecer desde hace años. Ustedes no podrán salvarla. Pero yo… sí puedo.
Dalmiro dio un paso atrás.
—¿Qué eres?
—Bruja, como su madre. Pero distinta. Soy la guardiana de los humanos. Y esa niña… es la guardiana del Mineral más poderoso. Ella es la fuente por donde el antiguo poder despertará.
Milagro la observó con asombro.
—¿Por qué ahora?
La mujer alzó la vista hacia el cielo que clareaba.
—Porque ustedes la trajeron. Porque el eclipse está cerca. Y porque la guerra… aún no ha comenzado.
—¿Realmente puedes ayudarla? —preguntó Arturo, con la voz quebrada.
La mujer sonrió, con un rostro arrugado pero poderoso.
—No aquí. Vengan conmigo. A mi cabaña, en el límite del bosque. Allí… la magia aún respira.
Milagro dudó. Pero entonces, en el pecho de Esmeralda, una débil luz azul palpitó, como si respondiera al llamado.
—Confía en mí, Luna. El destino los ha traído… ahora déjenme hacer lo mío.
La bruja extendió los brazos.