A Bella le gustaban los domingos lentos, el sonido de la lluvia golpeando el cristal y el calor de una taza entre las manos. Había algo reconfortante en la quietud, en ese espacio sin exigencias donde lo único necesario era una manta y un libro. Entre páginas, el mundo se detenía. Y si ese libro era de Harry Potter, entonces era aún mejor. Podía leer los mismos capítulos una y otra vez sin cansarse, como si cada lectura revelara un secreto nuevo. Conocía cada nombre, cada rincón de Hogwarts, cada mirada escondida entre líneas, como si todo aquello formara parte de ella desde siempre, como si ya hubiera estado allí alguna vez.
No necesitaba compañía para sentirse completa durante esos momentos. Bastaba el susurro de las páginas al pasar, el aroma del té humeante que siempre acababa olvidando en el alféizar, y la presencia constante de una historia que nunca la dejaba sola. Porque aunque la vida siguiera a su alrededor con una normalidad inquebrantable, dentro de ese libro todo podía suceder. Era como entrar en una habitación donde el corazón por fin podía hablar sin miedo, sin sentirse juzgado, sin necesidad de esconder nada.
Lo que nunca decía —ni siquiera en los rincones más íntimos de su mente— era que había una parte de esos libros que le dolía en silencio. No las muertes ni las injusticias. Algo más pequeño, más sutil: el deseo callado, casi infantil, de haber nacido en ese mundo. No como heroína, ni como alguien especial, sino como alguien que simplemente perteneciera allí. Caminar por los pasillos de piedra, reír con los Merodeadores, ver las velas flotando sobre el Gran Comedor, perderse entre pasillos que cambiaban de lugar, quedarse más tiempo del permitido sin que nadie la echara, como si siempre hubiera sido su sitio. Ser parte de la magia. Sentir que su existencia allí tenía sentido.
Había algo en James Potter que siempre la desarmaba. Su nombre era una chispa que encendía algo en ella. No era un enamoramiento como tal, no de los que duelen por falta de correspondencia. Era otra cosa. Algo más profundo. Un anhelo extraño por conocerlo, por descubrir quién era cuando nadie lo miraba. ¿Qué lo hacía reír de verdad? ¿Le daba miedo no estar a la altura de las expectativas? ¿Dormía con calcetines en invierno o se destapaba sin darse cuenta? ¿Se quedaba despierto pensando demasiado, como le pasaba a ella a veces?
Había algo en él que la hacía querer detener la página, sostenerla un instante más, como si de pronto sus dedos pudieran tocar el alma de ese chico hecho de tinta. A veces pensaba en lo injusto que era que existiera alguien así solo en la imaginación de otros. Que no pudiera conocerlo de verdad, preguntarle cosas absurdas, hablar de nada durante horas, descubrir qué hacía cuando nadie lo observaba. Le fascinaba ese equilibrio entre la arrogancia encantadora y la ternura que se colaba sin permiso entre los párrafos, como si no pudiera evitar ser más de lo que mostraba.
Era absurdo, claro. Él no existía. Lo sabía. Pero eso no impedía que, algunas noches, cuando el mundo real se volvía demasiado estrecho, cerrara los ojos y se permitiera imaginar. Una conversación frente al lago. Un paseo por Hogsmeade. Una vida compartida entre bromas torpes y miradas sinceras. Podía escuchar su voz incluso, aunque nunca la hubiera oído. Bella sabía cómo sonaba. Porque lo había sentido con la intensidad con la que se siente lo imposible cuando se desea demasiado.
Desde pequeña, Bella había aprendido a vivir entre dos mundos: uno real, lleno de horarios, responsabilidades y conversaciones repetidas; y otro hecho de tinta y magia, donde todo parecía tener sentido. Donde podía respirar sin ese peso constante en el pecho. Su estantería era su archivo emocional: frases subrayadas, páginas gastadas, notas al margen que solo ella entendía. Cada libro no era solo una historia, era una extensión de sí misma, una parte de lo que no sabía explicar en voz alta.
Había tardes enteras en las que no necesitaba nada más. Los demás no lo entendían. Creían que leer era un pasatiempo. Pero para ella era una forma de mantenerse a salvo. Sin esas palabras, sin esos mundos, sin ese refugio invisible, se habría perdido hace mucho tiempo, sin saber muy bien cómo reconstruirse después.
Pero por mucho que soñara, jamás pensó que esos dos mundos pudieran tocarse. La fantasía era segura precisamente porque era imposible. Cerraba el libro, apagaba la luz, y volvía a su vida sin consecuencias. Porque mientras siguiera siendo un sueño, no podía perderlo.
Hasta aquella noche.
Una noche como cualquier otra. Lluvia en el cristal, la habitación en penumbra, una taza a medio terminar sobre la mesita, con el calor ya casi apagado. Bella, arropada hasta la barbilla, sostenía su tomo favorito con las manos frías y el corazón un poco más tibio. Todo estaba en silencio, salvo el leve golpeteo del agua y el susurro de una idea persistente que no dejaba de aparecer, una y otra vez, sin desaparecer del todo.
¿Qué pasaría si la frontera entre ambos mundos pudiera romperse?
Dejó el libro a un lado, con cuidado, y alzó la vista al techo. No era la primera vez que se hacía esa pregunta, pero esa noche se sintió distinta. Había algo en el aire. Algo que no podía explicar, pero que la recorría lentamente, como una sensación que empezaba en el pecho y se extendía sin permiso, haciéndola más consciente de todo, de cada pequeño detalle.
Pensó en Hogwarts. En el olor a pergamino y a chocolate. En las escaleras que se movían. En los cuadros que hablaban. Y, sobre todo, en él.
James.
Su nombre le provocó un nudo suave en el pecho. ¿Y si…? ¿Y si no fuera solo una fantasía? ¿Y si existiera un lugar —en algún rincón del universo, más allá de todo— donde él también la estuviera esperando?
No pudo evitar sonreír, aunque supiera que era una locura. Aunque al día siguiente todo seguiría igual. Pero esa noche no quiso negarse la posibilidad de creer, aunque fuera solo durante unas horas, aunque fuera solo en ese instante, sin pensar en nada más.