
El frío del jardín aún le acariciaba las mejillas cuando cruzaron el umbral del castillo. El cambio de temperatura fue inmediato: el aire dentro era más denso, cálido, con ese olor a piedra antigua y a madera que parecía quedarse atrapado entre los muros. Bella sostenía la mano de James como si fuera una cuerda invisible que la mantenía anclada a esta realidad que aún no terminaba de comprender. Él no la soltaba. No parecía notar el leve temblor de sus dedos ni el torbellino que llevaba dentro. Caminaba a su lado con una tranquilidad casi contagiosa, como si regresar juntos de un paseo por los terrenos fuera parte de su rutina habitual.
—¿Sabes qué sería perfecto ahora? —dijo James mientras subían la escalera principal.
Sus pasos resonaban sobre la piedra, mezclándose con ecos lejanos de otras conversaciones, de risas que venían de pisos superiores.
—¿Qué?
—Un chocolate caliente, sofá, manta... y Sirius bien lejos.
Bella rió. No fue una carcajada, pero sí un sonido que brotó natural, casi sorprendiéndola a ella misma. Algo dentro de ella empezaba a ceder. No el recuerdo, no la lógica, sino una sensación más honda. Como si su cuerpo empezara a aceptar esta realidad antes que su mente.
—¿Crees que Sirius lo permitiría? —preguntó, mirando de reojo los retratos que decoraban la escalera.
Algunos cuadros se movían ligeramente, susurrando entre ellos al paso de los estudiantes.
—Solo si le prometemos una segunda taza y no le dejamos estar en silencio. Eso sí lo mata.
Los pasillos estaban tranquilos a esa hora de la mañana. La luz entraba por las ventanas altas, filtrándose en tonos suaves que iluminaban el polvo suspendido en el aire. Un par de alumnos cruzaron frente a ellos, uno cargando una caja de pociones que tintineaban entre sí, otro con una escoba al hombro que dejaba un rastro de hojas secas. Todo parecía funcionar como un reloj: los pasos, las risas suaves a lo lejos, las escaleras que se movían justo a tiempo para facilitarles el camino. Bella pensó que, en otro momento de su vida, habría dado cualquier cosa por vivir un día así. Ahora lo estaba haciendo, y aún no sabía cómo manejarlo.
Pasaron junto a la biblioteca. Las puertas estaban entreabiertas, y desde dentro llegaba ese silencio denso, lleno de páginas pasando y plumas escribiendo. James la miró de reojo, como si esperara su reacción.
—¿Quieres entrar? Siempre dices que los lunes en la biblioteca son más tranquilos.
Bella dudó un instante, sintiendo ese pequeño tirón en el pecho.
—¿Y tú qué opinas?
—Que solo entro a ver cómo los libros se ordenan solos. Y a verme dormido sobre el escritorio.
Ella sonrió, bajando la mirada.
—Entonces... quizás otro día.
—Como quieras.
Doblaron un pasillo más y llegaron al final de un corredor tranquilo. El ventanal en la pared de piedra daba al patio interior, donde un par de estudiantes lanzaban encantamientos simples contra unas hojas que flotaban en el aire. El viento movía las túnicas con suavidad, y las hojas brillaban un instante antes de caer lentamente. James se detuvo y miró la escena con media sonrisa.
—¿Te acuerdas de la primera vez que hiciste levitar algo?
Bella se tensó apenas. Pero él continuó sin notar nada extraño.
—Estábamos en tercero. Te frustraste tanto porque tu pluma no se levantaba que la lanzaste con la mano. El profesor ni se dio cuenta. Sirius se rió tan fuerte que le pusieron deberes extra.
—¿Y tú?
—Yo fingí que también me reía, pero estaba más ocupado mirando cómo te mordías el labio inferior cuando te concentrabas.
Bella lo miró. Él tenía los ojos fijos en el patio, distraído, como si hablara solo. Como si esas memorias le pertenecieran tanto que no necesitaban explicación.
—¿Siempre recuerdas las cosas así de bien?
—Solo cuando son contigo.
El silencio que siguió fue suave, cómodo, pero también lleno de algo que Bella no sabía sostener del todo. Hasta que él giró y le hizo un gesto con la cabeza.
—Vamos. Que Sirius debe estar tramando alguna tragedia antes de almorzar.
La sala común de Gryffindor estaba iluminada por la luz suave que entraba desde las ventanas altas. Las brasas de la chimenea chisporroteaban, proyectando destellos anaranjados sobre las alfombras desgastadas y los sillones. Un par de alumnos estudiaban en los rincones, murmurando entre sí. El sofá grande, frente al fuego, los esperaba como si lo hubieran reservado desde siempre.
James se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre el respaldo. Luego se sentó, estirando los brazos como si acabara de terminar un partido de Quidditch.
—Esto es vida —dijo—. Y sin ninguna clase de Pociones de por medio.
Bella se sentó a su lado, recostándose con una naturalidad que no sabía de dónde venía. Tal vez su cuerpo ya se había acostumbrado a él. Tal vez nunca se había despegado del todo.
—¿Vas a dormir? —preguntó, viéndolo cerrar los ojos.
—Voy a disfrutar del silencio. Es diferente.
—¿Incluso conmigo aquí?
—Contigo no hay ruido. Solo música.
Bella se mordió el interior de la mejilla para no decir nada que no supiera sostener. En su lugar, estiró las piernas y miró las llamas. El calor era agradable. El silencio, aún más. El fuego crepitaba con suavidad, como si marcara el ritmo del momento.
Unos minutos después, la puerta de la sala común se abrió con el estruendo habitual de Sirius. Entró arrastrando la mochila, seguido de Remus con cara de resignación.
—¡Buenas noticias! —gritó Sirius—. Me han sancionado por interferir en clase de Transformaciones. Otra vez.
—¿Qué hiciste ahora? —preguntó James sin abrir los ojos.
—Nada grave. Solo convertí la taza de Peter en una rana. La rana se deprimió y se negó a volver a taza. Me pareció poético.
Remus dejó sus libros sobre una mesa, con un suspiro cansado.