Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 3

El sol ya había subido un poco, pero el aire seguía teniendo esa frescura de las primeras horas. Bella caminaba junto a James por uno de los pasillos exteriores del castillo, donde los arcos de piedra dejaban ver los jardines salpicados de rocío. Las gotas brillaban sobre la hierba como pequeños reflejos de luz, y el viento movía suavemente las ramas de los árboles. El cielo estaba despejado, azul claro, y había algo reconfortante en el silencio que los acompañaba, solo roto por el eco suave de sus pasos sobre la piedra.

No sabía por qué había aceptado ese paseo. Quizá porque James se lo había propuesto con una sonrisa suave, de esas que no necesitan explicación. O tal vez porque sentía que si no salía de la habitación, iba a desbordarse por dentro, como si todo lo que llevaba acumulando necesitara aire.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este pasillo? —preguntó James de pronto, con las manos en los bolsillos, caminando tranquilo.

Bella giró la cabeza hacia él. Negó con una pequeña sonrisa.

—Que no hay ruido —dijo él, como si lo tuviera muy claro—. Solo aire, y… no sé, todo lo que no hace falta decir.

Ella parpadeó. No esperaba algo así. James tenía esa forma extraña de mezclar bromas con momentos de claridad absoluta. A veces era difícil seguirle el ritmo. O resistirse.

—Últimamente no sé muy bien qué decir —admitió ella en voz baja, notando cómo el aire frío le rozaba los labios al hablar.

—No pasa nada —respondió él, mirándola de reojo—. Puedes no decir nada. A mí me basta con que estés aquí.

Y siguieron caminando.

Pasaron por una galería donde los retratos aún dormían, algunos con los ojos cerrados, otros murmurando en sueños. Por una fuente pequeña escondida en un rincón del muro, donde el agua caía con un sonido constante y relajante. Por una puerta cerrada que James dijo que siempre lo estaba, con la madera oscura desgastada por el tiempo, aunque ninguno de los dos la tocó. Cada paso que daban, cada silencio compartido, sumaba algo invisible. Algo que Bella no terminaba de entender… pero tampoco quería rechazar.

—A veces me pregunto —dijo él de pronto en tono ligero— si estás intentando ordenar tus ideas o simplemente disfrutando del silencio.

Bella se detuvo un instante. No sabía cómo responder a eso. Quizá ambas cosas.

—Me siento fuera de lugar —dijo, después de pensarlo un poco—. Como si estuviera caminando en la vida de otra persona.

James asintió despacio, sin forzar nada, como si ya esperara esa respuesta.

—Bueno… a veces todos nos sentimos así. Debe ser una sensación rara —dijo con naturalidad—. Pero estás aquí, ¿no? Eso es lo importante.

Bella se limitó a mirar hacia adelante. Sí. Estaba ahí. Y cada vez se sentía menos segura de querer huir.

Fue entonces cuando Sirius apareció por sorpresa desde detrás de una columna, con una manzana a medio comer y su clásica sonrisa traviesa.

—Mira nada más. La parejita casada paseando como si no se conocieran —bromeó—. ¿Qué pasa, James? ¿La estás conquistando de nuevo?

—Todos los días —respondió James sin dudar, como si fuera lo más normal del mundo.

Sirius le guiñó un ojo a Bella antes de alejarse, tarareando una melodía inventada que resonó entre los arcos. Ella sintió que las mejillas le ardían un poco, pero James solo se rió por lo bajo, sin decir nada más.

Después caminaron en silencio durante un buen rato, hasta llegar al invernadero. James empujó la puerta con suavidad y la dejó pasar. El aire ahí dentro era húmedo, tibio, cargado de aromas a tierra mojada y a hojas vivas. El contraste con el exterior fue inmediato, como entrar en otro mundo más lento.

Las gotas de agua se acumulaban en los cristales del techo, dejando pasar una luz difusa, suave, que envolvía todo en un tono verdoso.

—Vienes aquí cuando necesitas pensar —dijo él, sin mirarla directamente.

Bella asintió, aunque no sabía si era verdad. El lugar le gustaba. Eso bastaba por ahora. Había algo en ese silencio, en ese olor, que la calmaba sin pedirle nada a cambio.

Se sentaron juntos en un banco de madera, entre helechos y flores marchitas. Algunas hojas rozaban el suelo, otras se inclinaban hacia la luz. El aire era más denso, más tranquilo. Había silencio, pero era un silencio que no pesaba.

—Estás más callada de lo normal —murmuró James—. ¿Estás bien, cariño?

—Es que todo esto… me abruma —dijo ella, sin levantar la mirada, jugando con sus dedos.

—Lo sé.

Un silencio. Largo. Solo el sonido lejano de una gota cayendo desde el techo.

—¿Te pasa algo? —preguntó ella al notar que él la miraba fijo.

James respiró hondo, como si llevara un rato pensándolo.

—Tengo miedo —confesó—. A veces siento que no estás… del todo aquí. Y no sé qué haría si un día simplemente… te vas.

Ella lo miró, sorprendida. James siempre había parecido tan seguro, tan firme.

—No pienso irme —dijo, aunque en realidad no sabía qué pensaba.

—Entonces quédate —susurró él—. Al menos un rato más.

Bella no respondió con palabras. Solo le tendió la mano, y él la tomó enseguida, como si ya supiera que iba a hacerlo.

Volvieron por las escaleras de piedra. El eco de sus pasos subía con ellos, mezclándose con voces lejanas del castillo que poco a poco despertaba. James no soltaba su mano. Bella tampoco parecía tener intención de retirarla.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, ya cerca de la Sala Común.

—Claro.

—¿Te das cuenta de que… todo se siente distinto últimamente? —preguntó—. Como si yo estuviera viendo todo por primera vez.

James se detuvo un segundo antes de responder, apoyándose levemente contra la pared.

—Supongo que a veces… amar a alguien también es redescubrirlo —dijo con una sonrisa tranquila—. Y me encanta descubrirte todos los días.

Ella bajó la mirada. No sabía si esa respuesta le dolía o le consolaba.




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