Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 4

La luz anaranjada del atardecer se filtraba por los ventanales altos de la torre, tiñendo los muros de piedra con reflejos cálidos que se deslizaban lentamente conforme el sol bajaba. En la sala común de Gryffindor, las voces se habían ido apagando poco a poco. Algunos estudiantes recogían sus cosas con prisa, otros murmuraban entre sí antes de salir rumbo al Gran Comedor o desaparecer escaleras arriba. Pero Bella y James no parecían tener prisa por ir a ningún sitio. Había una calma envolvente en el aire, como si el castillo mismo entendiera que ese momento no debía interrumpirse.

El fuego crepitaba con suavidad en la chimenea, llenando la estancia de un calor constante. El olor a madera quemada se mezclaba con el de las telas viejas del sofá y el leve rastro de pergamino que parecía vivir en cada rincón.

James caminó con paso lento hasta el sofá más grande, el que daba justo frente a la chimenea. Lo hizo como quien ya conoce los rincones del hogar de memoria. Bella lo siguió sin pensarlo, con la naturalidad con la que una hoja sigue al viento. Él se dejó caer entre los cojines, que cedieron suavemente bajo su peso, se inclinó un poco hacia atrás y, antes de decir nada, estiró el brazo hacia ella.

—Ven —dijo con voz tranquila, casi perezosa—. No pienso dejar que te sientes lejos.

Bella sonrió. Sin dudarlo, se acomodó junto a él, dejándose envolver por ese abrazo cálido, conocido, que parecía escrito en la piel. James tiró de una manta que colgaba del respaldo del sofá y la cubrió con ella hasta la cintura. La tela era suave, ligeramente áspera en los bordes, y aún conservaba el calor de haber estado cerca del fuego.

El fuego, frente a ellos, crepitaba con suavidad, lanzando chispas pequeñas que bailaban en el aire antes de apagarse. Un par de troncos se partieron en dos con un chasquido seco, haciendo saltar una ráfaga de chispas que iluminó brevemente sus rostros.

—Ya era hora de esto —murmuró James, apoyando su mejilla contra la cabeza de Bella—. Llevaba todo el día queriendo parar un rato.

—¿Parar qué?

—Todo. Las clases, las tonterías de Sirius, los deberes de McGonagall… el mundo, básicamente. Pararlo un poco. Y quedarme así, contigo.

Bella cerró los ojos. El sonido de su respiración, la calidez de su pecho, el peso de la manta sobre sus piernas. Todo tenía el ritmo de lo real. No de un sueño. No de un recuerdo. De algo que estaba ocurriendo ahora mismo, delante de ella.

—Hacemos siempre esto, ¿no? —preguntó, más para sí misma que para él.

—¿Esto?

—Quedarnos aquí. Como si este sofá fuera nuestro escondite.

James rió por lo bajo, el sonido vibrando suavemente contra ella.

—No es que huyamos. Es que volvemos. A este lugar, a ti. Afuera puede pasar lo que sea, pero aquí… siempre estás tú.

Bella alzó un poco la cabeza y lo miró de perfil. La luz del fuego le marcaba los pómulos, la mandíbula, dibujando sombras suaves que se movían con cada chispa. Tenía ese aire relajado de alguien que no necesita defenderse de nada. Que ya ha encontrado lo que buscaba.

—A veces pienso que no merezco esto —murmuró ella, sin mirarlo, con la voz más baja de lo que pretendía.

James giró la cabeza lentamente hacia ella, frunciendo apenas el ceño.

—¿Cómo que no?

—Tú. Todo esto. Eres tan bueno conmigo… A veces me cuesta entender cómo llegué aquí.

James no respondió de inmediato. Solo le tomó la barbilla con cuidado, levantándole el rostro para que lo mirara. Sus dedos estaban calientes, suaves, firmes.

—Bella, mi amor… si supieras todo lo que me das solo con estar. Me calmas, me centras, me haces mejor. No hay una sola parte de ti que no merezca ser amada.

Ella sintió que algo se aflojaba dentro, una presión que no sabía que estaba aguantando hasta ese momento.

—A veces te miro y todo parece encajar. Como si lleváramos así toda la vida. Pero también me asusta. Es como si no supiera cuándo empezó. Solo sé que ahora no quiero imaginar mi vida sin ti.

James le acarició la mejilla con los nudillos, despacio, como si no quisiera romper nada.

—¿Y si no importa cuándo empezó? Lo único que importa es que estás aquí. Conmigo. Lo demás lo iremos descubriendo.

Bella soltó una risa bajita, temblorosa.

—Dios, eso sonó tan cursi…

—Sí —sonrió él—. Pero es verdad.

—Y tú no sueles decir cosas cursis.

—Solo contigo. Tú me sacas las palabras que no sabía que tenía.

Ella se inclinó y apoyó la frente en su cuello. Se quedó así, sintiendo su olor, su calor, la forma en que su pecho subía y bajaba con una lentitud pacífica. El mundo se redujo a eso. Al crujido del fuego, a los latidos que podía contar si se esforzaba, al peso de sus cuerpos entrelazados bajo una manta que ya no necesitaba explicación.

—¿Sabes qué me gustaría hacer ahora? —murmuró él, con los labios cerca de su oído.

—¿Qué?

—Nada. Solo quedarme así. Toda la noche.

Bella sonrió.

—¿Y si me duermo?

—Mejor. Así puedo verte sin que me acuses de acosador.

Ella le dio un leve codazo en las costillas y él fingió dolor.

—Lo digo en serio —añadió James, más suave—. Cuando duermes… estás completamente tranquila. Y eso me calma a mí también.

Se hizo un silencio que ya no pesaba. Era como si el castillo también se hubiera rendido a la idea de que todo estaba bien, al menos por esa noche. Los retratos en las paredes parecían dormidos, apenas moviéndose en sus marcos. Afuera, el viento golpeaba los cristales con delicadeza. El fuego seguía brillando, lanzando reflejos dorados sobre las alfombras gastadas.

James se recostó un poco más, acomodando la cabeza de Bella sobre su brazo. Ella podía escuchar el eco suave de su respiración, constante, tranquila. Podía contar cada uno de sus suspiros si se concentraba. Y en su pecho, muy dentro, algo se removía con fuerza.




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