
El cielo seguía gris cuando Bella regresó a la habitación que compartía con James. La luz era tenue, filtrándose a través de las nubes como si el día no terminara de decidirse a avanzar. Había bajado desde la torre sin decir palabra, con las manos en los bolsillos y la mente dando vueltas a cada cosa que Lily le había dicho. No se sentía mal. No del todo. Pero había algo latiendo bajo la piel, como si acabara de presenciar un pequeño temblor que anticipaba algo más grande.
Al cerrar la puerta detrás de ella, el sonido de la madera encajando en el marco resonó más de lo esperado. El silencio cayó como una manta gruesa. No incómodo, pero sí denso, como si la habitación guardara cosas que no se decían en voz alta.
James no estaba. Probablemente seguiría en el campo de Quidditch o con Sirius en alguna broma que terminaría con alguien cubierto de pintura. Bella agradeció esa ausencia. No porque no quisiera verlo. Todo lo contrario. Pero necesitaba un momento a solas para poder sentarse dentro de sí misma sin distracciones, sin tener que fingir que todo encajaba.
La habitación olía a lavanda y algo más que ya había aprendido a reconocer como “olor a James”. Una mezcla cálida entre leña, tinta y algo indefinible que le provocaba calma sin esfuerzo. Algo que la hacía sentirse en casa, incluso cuando su mente no terminaba de acompañarla.
Dejó el cárdigan sobre la silla y se sentó al borde de la cama, pasando la mano por las sábanas, despacio, como si buscara respuestas en su textura. La tela estaba tibia, ligeramente arrugada, como si alguien hubiera estado allí hacía poco. Nada. Solo la suavidad, el calor… y una punzada de vacío que no sabía bien cómo llenar.
Se levantó casi sin pensarlo, cruzó la habitación y abrió el baúl de madera a los pies de la cama. La bisagra crujió levemente, rompiendo el silencio por un instante.
No sabía exactamente qué buscaba. Tal vez una manta. Tal vez una excusa para revolver algo. Tal vez solo necesitaba mover cosas, alterar el orden, esperando que algo le hablara sin exigirle entenderlo todo.
Y lo encontró.
Una libreta delgada, de tapa marrón algo gastada en las esquinas. Sin título. Sin candado. Como si hubiera estado esperando a ser descubierta, como si siempre hubiera pertenecido a ese momento.
La sostuvo en las manos durante unos segundos. La textura áspera le resultaba conocida. Demasiado. Como si ya la hubiese tocado antes, muchas veces.
La abrió.
Las primeras páginas no tenían forma clara. Palabras sueltas. Frases cortas, algunas tachadas. Notas vagas. Fragmentos de pensamientos que parecían haber sido escritos deprisa, sin intención de ordenarlos. Pero más adelante, escondida entre dos hojas dobladas con cuidado, había una carta.
Breve. Escrita con tinta azul y una caligrafía inclinada. Su caligrafía.
Bella sintió un vuelco en el pecho.
Con las manos temblorosas, la desdobló con cuidado, como si temiera romper algo más que el papel.
“Si algún día no recuerdas cómo llegaste aquí...
Si en algún momento olvidas por qué elegiste quedarte...
Solo míralo a los ojos.
Porque él fue el único lugar donde tu alma se sintió en casa antes incluso de saberlo.
No huyas. No lo sueltes. No te olvides de ti.”
No había firma. No la necesitaba.
Bella sostuvo la hoja con fuerza, sin arrugarla. Como si solo al tocarla pudiera confirmar que era real. Que estaba ahí. Que no se la había inventado.
Era su letra. Su forma de escribir. Su tono.
Y, sin embargo… no recordaba haberla escrito.
Se sentó de nuevo en la cama, esta vez más despacio, con la carta sobre el regazo. El colchón cedió bajo su peso con un leve suspiro. No había fecha. Ni contexto. Solo ese mensaje. Como una advertencia. Como una guía escrita por una versión de sí misma que había sabido lo que podía pasar.
Y ahora… estaba en ese futuro.
Sintió un nudo en la garganta. De esos que no se deshacen con lágrimas fáciles. Respiró hondo. Luego otra vez. Se tumbó de espaldas, con la carta todavía en la mano, apretándola contra el pecho.
Miró el techo.
Escuchó el leve tic-tac de un reloj mágico que giraba sobre la cómoda, marcando un tiempo que no sabía si era suyo.
Y pensó.
Pensó en los pequeños gestos: la flor sobre la almohada, el té preparado justo como le gustaba, la manera en que James la abrazaba como si su cuerpo recordara exactamente cómo acomodarse al de ella.
Pensó en lo que Lily había dicho. En cómo se sentía cada vez que James estaba cerca. En esa mezcla extraña de ternura y vértigo, de calma y miedo.
Y por primera vez, no intentó separarlo todo en cajas. Dejó que la confusión, el amor y la duda coexistieran.
Porque estaba enamorada. Lo sabía. Aunque no recordara cómo empezó. Lo sentía. Lo vivía.
Y lo había sentido lo suficiente como para dejarse una nota. Una especie de ancla. Un recordatorio escrito con el corazón.
Pasó el resto de la tarde sin moverse mucho. A veces leía la carta. A veces la doblaba con cuidado y la guardaba. Luego la sacaba de nuevo. Como si en cada lectura pudiera descubrir algo que se le escapaba.
Afuera, la lluvia empezó a caer despacio, golpeando los cristales con un ritmo constante. El sonido llenó la habitación, acompañando sus pensamientos.
Cuando el cielo empezó a oscurecerse y la luz dorada desapareció de las paredes, la puerta se abrió.
Era James.
Entró en silencio, cerrando con suavidad. Llevaba el pelo húmedo y una toalla al cuello. Algunas gotas caían todavía por su sien, resbalando hasta su cuello. Al verla, la sonrisa se dibujó de inmediato, cálida, sin esfuerzo.
—Hola, preciosa —dijo con esa voz suya, un poco más ronca al final del día.
Bella le devolvió la sonrisa. Pequeña, pero genuina.