Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 7

Cuando Bella abrió los ojos esa mañana, la luz grisácea del cielo nublado se colaba por las cortinas entreabiertas, envolviendo la habitación en un tono suave y frío. La claridad no era intensa, sino difusa, como si el día aún no terminara de despertar del todo. James ya no estaba en la cama. Las sábanas del lado derecho seguían tibias, ligeramente hundidas, y el hueco de su cuerpo aún estaba marcado en el colchón, como una presencia que acababa de irse pero que todavía no se había desvanecido del todo.

En la mesita de noche, junto a la taza de té que no había terminado la noche anterior —con una fina capa ya fría en la superficie—, encontró una pequeña nota doblada con descuido, escrita con la letra algo torcida de James:

No te vayas muy lejos. Hoy te secuestro.
Te espero después del desayuno. Lleva bufanda. Te vas a enamorar del sitio (otra vez).
—J.

Bella sonrió, aún acurrucada entre las sábanas gruesas de franela, decoradas con pequeños hilos dorados que la luz matinal apenas alcanzaba a iluminar. Afuera, el cielo estaba cubierto por una capa espesa de nubes grises que se extendían como una manta pesada sobre las torres del castillo. La ventana, ligeramente empañada, dejaba entrever los primeros copos de una nieve fina que comenzaban a caer sin prisa, dibujando figuras caprichosas sobre el cristal antes de desaparecer.

El dormitorio olía a lavanda, a libros antiguos y a la madera tibia de la chimenea aún encendida, que chisporroteaba suavemente en un rincón. Había un silencio tranquilo en la torre de Gryffindor, roto solo por el murmullo lejano de pasos bajando escaleras y las risas apagadas de algún grupo en el pasillo, amortiguadas por la distancia y las paredes de piedra.

Hogwarts se alzaba imponente bajo un cielo nublado, con sus torres recortándose contra las nubes densas y bajas. El aire olía a leña encendida y a pan recién horneado, y un tenue humo gris ascendía desde las chimeneas del castillo, mezclándose con la bruma que cubría el lago. Las ventanas brillaban con una luz cálida desde el interior, y el césped, aún húmedo por el rocío, crujía con restos de escarcha bajo los pasos de los pocos estudiantes que cruzaban el patio envueltos en bufandas y capas gruesas. Todo parecía más lento, más suave, como si el invierno obligara al castillo a hablar en voz baja.

Se levantó con calma y se envolvió en una bufanda color vino, tejida a mano, que parecía haber sido usada mil veces. Se puso un abrigo largo de lana oscura, un gorro burdeos y sus botas negras de invierno. Debajo, llevaba un vestido gris claro que se movía suave con cada paso, y el cabello lo dejó suelto, ligeramente ondulado, con dos mechones recogidos hacia atrás con una pequeña horquilla plateada. El suelo de piedra estaba frío al tacto incluso con calcetines gruesos, y al bajar, el Gran Comedor ya vibraba con el desayuno: pan caliente, el aroma del café, y calabaza especiada en el aire, mezclándose con el murmullo constante de voces.

James apareció cerca de las once, como había prometido. Llevaba su jersey gris jaspeado de cuello alto, una chaqueta de cuero marrón oscuro que mostraba señales de años de uso —marcada en los codos, suave en los bordes—, y unas botas ennegrecidas por el barro de los paseos entre los árboles. Su cabello, tan indomable como siempre, estaba despeinado por el viento, y algunos mechones caían sobre su frente. Sonreía con esa expresión que le era tan propia, como si hubiera estado contando los minutos solo para verla.

—¿Lista?

—¿Para qué exactamente?

—Para secuestrarte, obviamente. ¿No leíste la nota?

—Podrías haber puesto algo más intimidante. Así no se toman en serio tus crímenes.

James ladeó la cabeza con una ceja alzada.

—No hace falta intimidar cuando eres encantador.

Bella rió sin poder evitarlo. Aceptó su mano con naturalidad, como si sus dedos ya supieran el camino. Él la guió por pasillos poco transitados del castillo, donde los ventanales filtraban una luz plateada y los cuadros bostezaban o se envolvían en bufandas, murmurando entre ellos. Bajaron por escaleras que crujían con historia hasta llegar a una puerta de piedra medio oculta tras una cortina de hiedra helada, cuyos bordes brillaban ligeramente por la escarcha.

Al salir, el viento les acarició el rostro con la promesa cortante del invierno que se acercaba. El aire olía a tierra húmeda y a madera vieja, y las hojas secas crujían bajo sus botas con cada paso. Caminaban por el sendero estrecho que bordeaba el Bosque Prohibido, donde los árboles altos se mecían apenas con la brisa. A lo lejos, el humo de las chimeneas del castillo se elevaba perezoso en el cielo gris, y el lago, cubierto de una niebla baja y densa, parecía un espejo helado a punto de romperse con el primer rayo de sol.

—¿Me vas a decir a dónde vamos?

—A un lugar que te gusta más que el Gran Comedor en hora de cena —respondió él con tono misterioso.

—Eso es decir mucho. Porque en hora de cena el Gran Comedor tiene tarta —bromeó ella.

—Créeme, cariño. Este sitio lo vale.

Después de un rato, cruzaron una pequeña arboleda de árboles altos y desnudos, cuyos troncos delgados se mecían con suavidad al ritmo del viento. La luz gris se filtraba entre las ramas como si buscara con cuidado el suelo cubierto de hojas secas. Allí, como si el bosque hubiera guardado un secreto solo para ellos, se abría un claro escondido: un espacio circular, protegido por los árboles, que parecía suspendido en el tiempo. El suelo crujía bajo sus pasos, tapizado de hojas doradas y rojizas que formaban una alfombra irregular sobre la hierba helada. En el centro, una manta de cuadros oscuros estaba extendida con esmero, y sobre ella descansaban dos termos aún humeantes, fruta recién cortada en pequeños trozos, y un ramo delicado de flores silvestres, como si alguien hubiera sabido exactamente qué debía estar allí.




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