
La lluvia golpeaba los cristales con un ritmo suave y constante, como un susurro que no quería irse. Se deslizaba por los ventanales dejando rastros largos y temblorosos, y su sonido llenaba la habitación con una calma melancólica, como si el mundo allá fuera estuviera detenido.
Afuera, el cielo tenía un color gris espeso, casi plomo, sin una sola grieta de luz. El día aún no había despertado del todo. La claridad que se colaba por las cortinas entreabiertas era fría, azulada, y convertía los muebles en sombras suaves. Esa luz apagada contrastaba con el calor que se sentía bajo las mantas: un calor tibio, denso, como el que queda después de una noche larga.
El aire olía a madera húmeda y a algo más íntimo: la piel de James, su aroma familiar, mezcla de algo cálido y seguro. También estaba el olor a las sábanas gastadas que llevaban el peso de tantos sueños compartidos, y un leve rastro de cacao, apenas perceptible, como si la noche anterior aún flotara en el ambiente.
James se movió lentamente en la cama, enredado en las mantas, y sin abrir del todo los ojos, extendió el brazo con torpeza buscando a Bella. Sus dedos la encontraron enseguida: el calor de su cuerpo, el contorno de su brazo quieto. Ella estaba despierta, rígida, tumbada boca arriba, con los ojos abiertos, fijos en el techo. Como si buscara allí alguna respuesta que nunca llegaba.
—Mi amor... —murmuró, con la voz baja, aún cargada de sueño—. ¿Qué haces despierta tan temprano?
Su voz arrastrada por el cansancio era como una caricia áspera, profunda, que resonaba en su pecho más de lo que debería.
—No podía dormir —respondió ella, apenas en un susurro.
El colchón se hundió levemente cuando él se acercó. Su cuerpo cálido chocó contra el suyo, y apoyó la frente en su hombro, como si ahí encontrara algo que lo anclara a la realidad.
—¿Estás bien?
Bella sintió el roce de su aliento en la clavícula. Su pecho se tensó. Tragó saliva.
—Sí. Solo tengo la cabeza llena —mintió.
La habitación pareció volverse aún más silenciosa después de eso, como si incluso el aire contuviera la respiración. Solo quedaba el sonido de la lluvia, constante y suave, golpeando los cristales con la misma cadencia desde hacía horas. De vez en cuando, el crujido leve del colchón rompía ese silencio, cuando alguno de los dos se movía apenas, como si el propio peso de su presencia hiciera ruido.
—Últimamente te despiertas así —susurró él, sin reproche. Su brazo se deslizó por su cintura y la rodeó con firmeza, sin apretar—. Me gustaría poder vaciarte la cabeza de todo eso. Quitarte lo que te pesa. Aunque no sepa qué es.
El nudo en su garganta ardió.
Cerró los ojos y se concentró en la textura áspera de la manta, en el peso del cuerpo de James contra el suyo, en la humedad tenue del aire.
—No pasa nada —dijo, como quien se agarra a una mentira demasiado conocida.
—¿Me lo dirías, si pasara?
Su tono era bajo. No la presionaba. Solo estaba ahí, esperando.
Ella no respondió. Él besó su mejilla. No como una despedida, sino como una promesa silenciosa.
—No tienes que decir nada si no quieres, cariño. Solo no me apartes.
Bella respiró hondo, tratando de calmar el temblor invisible que le recorría el cuerpo. Sentía el pecho comprimido, como si algo la aplastara desde dentro. Quería gritarle que no podía más, que estaba rota, que no era la misma. Pero también quería quedarse.
—No te estoy dejando fuera —susurró, con los labios casi pegados a la piel de su cuello.
—Entonces dime solo una cosa —murmuró James, alzando apenas la cabeza para mirarla con los ojos aún entrecerrados—. ¿Tú me quieres?
La habitación pareció detenerse. La lluvia, el frío, el murmullo del viento afuera... todo quedó suspendido.
Bella lo miró. Le temblaban los dedos. No lo recordaba. No recordaba cuándo empezó a quererlo. Pero ahí estaba. Amándolo igual. Como si fuera inevitable.
—Sí —dijo—. Mucho.
James sonrió. No con alegría, sino con algo más profundo. Como si esa palabra le hubiera salvado la vida.
La abrazó con más fuerza, pegándola a su pecho, y su voz bajó todavía más:
—Preciosa... no sé qué te pasa, pero lo que sea, lo paso contigo. No necesito entenderlo todo. Solo quiero estar contigo. Como sea. Donde sea.
Sus palabras no eran suaves. Eran reales. Firmes. Como si se clavaran.
Apoyó los labios en su cuello y murmuró, como una confesión:
—Y si algún día todo esto arde, me quedo contigo entre las cenizas.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era miedo. Era vértigo.
Ella apretó los ojos. El silencio entre ellos era tan denso que podía tocarse. Como si cada palabra no dicha pesara más que las que se habían dicho.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias, Bella. A ti te amo —dijo él con una quietud peligrosa, como si cada sílaba fuese una marca en la piel—. Y por ti, lo haría todo. Incluso lo que no se debería hacer.
Ella sintió que algo se rompía adentro. No por lo que decía... sino por lo que significaba.
Porque él lo decía en serio. Cada palabra. Cada sombra.
James la abrazó con más fuerza, como si pudiera protegerla incluso de lo que no entendía. Sus dedos se enredaron en su cabello con lentitud, casi con devoción.
—No tienes que tener miedo —susurró, con la voz apenas audible—. Si algún día todo se cae a pedazos... yo me encargo de sostener lo que tú no puedas.
Bella se aferró a su camiseta, los nudillos tensos, como si eso fuera lo único que podía hacer.
Porque sabía que él no la soltaría.
Y sabía que, cuando llegara el momento de decirle la verdad... él no la dejaría ir.
Aunque eso lo destrozara.
Después de un rato, James se quedó dormido otra vez, con el brazo todavía rodeando su cintura. Su respiración tranquila le rozaba la nuca, cálida y constante. Bella no se movió. No podía.