Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 9

La rutina había empezado a sentirse cómoda. Tal vez demasiado.

Bella se despertaba con la luz gris filtrándose por las cortinas y el calor de James aún aferrado a la cama. Bajaban juntos a desayunar —a veces entre bromas, a veces en silencio—, caminaban por los pasillos con las manos entrelazadas, y se reencontraban al final del día como si cada uno hubiera estado contando las horas hasta volver a coincidir. Todo parecía haber encontrado un ritmo. Una forma suave de repetirse sin pesar.

Y, sin embargo, ese día algo era distinto.

No fuera. Dentro.

Bella lo supo apenas abrió los ojos.

Por primera vez en días, el cielo estaba despejado. La luz entraba sin filtros por las cortinas, blanca y limpia, borrando las sombras de la habitación y dejando al descubierto cada rincón con una claridad casi incómoda. James no estaba, pero había dejado una taza de té en la mesita, todavía tibia. El vapor apenas se veía ya, pero seguía allí, como una señal de que acababa de marcharse.

Y una nota.

Clase con McGonagall.
No me dio tiempo a despertarte sin que me odiaras, así que te dejo té.
Guárdame un poco de mermelada (sé que no lo harás, pero tenía que intentarlo).
Te amo.
—J.P.

Bella se quedó leyendo la nota un rato, con una sonrisa pequeña y los ojos brillantes. Le acarició el borde con los dedos antes de dejarla a un lado, como si hasta ese papel tuviera algo de él. Luego se levantó despacio, aún con la calidez de las palabras en el pecho. Se duchó con agua tibia, se vistió con una túnica suave color crema y se peinó rápido, sin prestar demasiada atención a su reflejo. Bajó sin saber exactamente qué esperaba encontrar.

Todo estaba en orden.

Sirius reía a carcajadas en la sala común mientras le mostraba algo a Peter. Lily y Remus compartían una conversación tranquila junto a la ventana, con la luz de la mañana dibujando bordes dorados alrededor de sus perfiles. Una bola de papel flotaba entre dos alumnos de primero que jugaban a un Quidditch improvisado, apartándose a última hora antes de estrellarse contra una lámpara. El fuego seguía vivo en la chimenea, aunque más bajo que durante la noche, y el aire olía a tostadas, pergamino y madera caliente.

Y, en medio de todo eso, Bella caminaba con su cuaderno bajo el brazo, saludando aquí y allá. Con una sonrisa suave. Con la calma bien ensayada.

Pero por dentro… el eco era otro.

Cada gesto, cada rutina, cada palabra amable que la rodeaba empezaban a pesarle. No porque fueran falsas. Sino porque sentía que no le pertenecían.

Ella no había construido esa historia. No recordaba los cimientos. Y cuanto más perfecta parecía su vida con James, más le temblaban los pies sobre un suelo que no podía llamar suyo.

Después de una mañana sin clases, decidió caminar por el ala oeste, donde los ventanales daban al lago. Era una zona tranquila a esa hora, casi vacía, con ese silencio limpio que tienen los lugares de paso cuando nadie los cruza. Necesitaba aire. Espacio. Silencio.

Se sentó en el alféizar de una ventana. El cristal estaba frío al tacto, y la piedra bajo sus piernas conservaba la humedad de la noche. Afuera, el lago brillaba con un tono plateado, quieto, como una lámina de metal extendida bajo el sol débil. Un par de barcas vacías se mecían lentamente junto al muelle. De fondo, se oía el sonido lejano de un grupo de alumnos corriendo por el patio. Voces jóvenes, risas que se perdían con el viento antes de llegar del todo hasta allí.

Sacó su cuaderno y escribió sin pensar demasiado.

Hoy todo parece pertenecerme.
Y yo… sigo sintiéndome como una invitada que no encuentra el momento de irse.
La gente me sonríe como si me conociera.
Y yo me sonrío a mí misma como si también lo creyera.
Pero hay algo en el aire. En los muros. En mi nombre.
Algo que aún no se acomoda del todo.
Algo que late como un tambor escondido tras las paredes.
Algo que me dice que, por más que me quede, no termino de estar.

Guardó el cuaderno cuando escuchó pasos. Era Lily.

—¿Te escondes del mundo o solo estás huyendo de la reunión de prefectos?

Bella cerró el cuaderno con lentitud.

—Ambas cosas. Pero si dices que me viste, lo niego todo.

—Tranquila, yo estoy en fuga también. Me encontré a Slughorn en el pasillo y me metí por la primera puerta que vi. Creo que cree que fui al baño.

—¿No te estaba buscando para que le ayudes a organizar otra de sus cenas?

—Sí. Dice que quiere una “noche de talentos”. Peter propuso tocar la flauta y Sirius quiere hacer una imitación de McGonagall.

—¿Y James?

—James dijo que si alguien hace una imitación de McGonagall en su presencia, va a fingir que no conoce a nadie. Lo cual es irónico, porque fue idea suya.

Bella rió.

—Definitivamente no quiero ir a esa cena.

—Nadie quiere. Solo Remus, que tiene cara de querer ir pero ya le toca hacer como que lo obligan.

Se quedaron en silencio un momento. Afuera, el cielo empezaba a aclararse aún más, pero el aire seguía frío. Se escuchaban pasos lejanos, el roce de una túnica contra la pared, un par de risas perdidas cruzando el pasillo.

—Oye… —dijo Lily de pronto—. ¿Alguna vez has tenido uno de esos días en los que estás bien, pero en realidad no sabes por qué te sientes un poco fuera de sitio?

Bella levantó la vista.

—Sí. Como si todo estuviera en orden menos tú.

—Exacto. Como si fueras la única parte que no encaja del todo.

—Y no puedes explicarlo. Solo… lo sientes.

Lily asintió y se apoyó mejor en el alféizar, recogiendo las piernas un poco.

—Hoy tengo uno de esos días. Pero luego vine aquí y te vi tan tranquila que pensé: “igual necesito solo sentarme un rato”.




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