
El día amaneció gris, con la niebla pegada a los cristales, como si el cielo no terminara de decidirse. Bella se despertó despacio, envuelta en las sábanas suaves, con el calor aún reciente del cuerpo de James a su lado. La habitación estaba medio sumida en esa luz pálida de las mañanas nubladas, una claridad tenue que se deslizaba por las paredes de piedra y dejaba los muebles envueltos en sombras suaves. El aire olía a tela tibia, a madera apagada y al rastro familiar de la noche.
Él ya estaba despierto, con el torso medio cubierto por la manta y los lentes mal colocados sobre la nariz. Revisaba algo entre las manos, distraído, con esa concentración torpe de quien ha dormido poco pero no quiere admitirlo. Tenía el pelo revuelto, más de lo normal, y la expresión algo seria, aunque no tensa.
Bella se giró hacia él, apoyando la cabeza en la almohada.
—¿Qué haces, cariño?
James levantó la vista y sonrió, de esa forma suya que hacía que el mundo se silenciara un poco.
—Buscando una foto. Estaba ordenando un poco antes de que te despertaras y me topé con esta caja. Mira.
Se incorporó sobre un codo y le tendió un pequeño marco. Bella lo tomó con cuidado. Era una fotografía mágica, en movimiento, en la que dos figuras reían. Ella y James. Ella con un vestido blanco de tela ligera, el cabello recogido y flores pequeñas entrelazadas. Él con túnica oscura, la corbata deshecha y una sonrisa que le llenaba toda la cara.
La imagen era clara. Cálida. Vibrante.
Y ella... no recordaba ni un solo segundo de lo que estaba viendo.
—Nuestra boda —dijo James, con voz suave, como si solo nombrarlo pudiera devolverle el tacto del día—. Esta es mi favorita. No sé por qué no estaba en la mesita contigo. Siempre me ha gustado tenerla cerca.
Bella la observó sin pestañear. En la imagen, su versión del pasado inclinaba la cabeza hacia atrás al reír. Él le besaba la mejilla. Sus gestos eran naturales. Íntimos. Como si el mundo no existiera más allá de esa instantánea mágica.
—Se te ve feliz —murmuró James—. No recuerdo haberte visto más guapa.
Bella no respondió. Sus dedos rodeaban el marco con una delicadeza temblorosa. El cristal estaba frío, pero la escena al otro lado parecía tener vida propia.
—Fue un día extraño —continuó él—. Sirius perdió los anillos, Peter lloró desde que llegamos al altar, y Lily casi arranca a Remus de los pelos porque había olvidado escribir su discurso. Pero tú... tú estabas tranquila. Sonreías como si todo tuviera sentido.
—No sabía que tenías esta foto guardada —murmuró ella.
—La llevaba conmigo. A veces la metía en el bolsillo. No te lo dije porque... no sé. Sonaba estúpido. Pero cuando estabas lejos... me hacía falta verte.
Bella levantó la vista, intentando no dejar que se le notara nada. No el vértigo. No el dolor. No la punzada silenciosa de sentirse una actriz improvisando en una obra escrita por otros.
—¿Y el vestido?
—¿El tuyo?
Ella asintió.
—Lo hiciste tú. Me dijiste que no querías parecer nadie más. Que querías moverte libre, sentir el viento en la tela. Hiciste llorar a la modista tres veces, pero cuando te vi entrar... —hizo una pausa, clavando los ojos en ella—. Juro que pensé que no podía existir alguien más perfecta.
Bella sonrió, sin saber si eso le parecía adorable o trágico.
—Suena a mí —dijo, repitiendo la frase que se estaba convirtiendo en un refugio.
James dejó el marco sobre la cómoda y se estiró hacia ella.
—No sé en qué segundo exacto te volviste mi hogar. Pero sé que no hay fuerza en el mundo que me haga soltar esto. Soltarte a ti.
Bella tragó saliva. Su pecho latía demasiado fuerte. Porque ese amor era real. Lo sentía. Lo vivía. Pero el vacío de no recordar cómo empezó la estaba dejando sin suelo.
Después del desayuno, James tuvo que irse a clase con Slughorn. Antes de marcharse, le dejó una flor silvestre sobre la almohada. “Para cuando vuelvas a la cama”, había dicho. Bella se quedó mirándola durante unos segundos. Los pétalos eran pequeños, de un color claro, y su simpleza la enterneció más de lo que esperaba. Luego se vistió y salió a caminar.
Esa mañana, el castillo tenía un aire distinto. Como si todo estuviera más claro, más afilado. Los cuadros hablaban entre sí con tono quedo. Las armaduras parecían susurrar secretos antiguos cuando alguien pasaba demasiado cerca. El mármol del suelo brillaba con una pulcritud casi irreal, y la luz que entraba por los ventanales largos convertía el polvo suspendido en pequeñas motas visibles, flotando sin prisa.
Bella subió hasta el cuarto piso, luego bajó por la escalera sur, y sin saber cómo, terminó en el corredor del ala oeste, ese donde los ventanales daban al lago.
Allí se detuvo, sola, y sacó su cuaderno.
Vi una foto. Nuestra foto.
Me reía. Me veía feliz.
Y lo que más me asusta no es no recordarlo...
Es que, aunque no lo recuerde, quiero que siga siendo verdad.
Cerró el cuaderno y lo guardó.
Después de almorzar, volvió a ver a James en la sala común. Él estaba recostado boca abajo en un sofá, hojeando un libro de Defensa Contra las Artes Oscuras con el ceño fruncido. El fuego chisporroteaba cerca, y el ambiente tenía ese calor suave de las tardes largas dentro del castillo. Alrededor, varias voces se mezclaban en murmullos bajos, el roce de páginas y alguna risa aislada.
—Estás en modo concentración —dijo ella, sentándose a su lado.
—Estoy en modo “voy a prender fuego a este libro y luego a mí mismo” —corrigió él—. Si me preguntas ahora mismo qué diferencia hay entre un boggart y un metamorfomago, probablemente diga que uno da miedo y el otro cambia de peinado.
Bella rió y se sentó junto a él.
—¿Puedo ayudarte?
—Sí —murmuró él, sin apartar la mirada del libro—. Quédate aquí. Haz que todo esto deje de sentirse tan insoportablemente vacío sin ti. Aunque sea por un segundo.