
La mañana comenzó con el murmullo lento de la lluvia sobre las ventanas. Era fina, casi transparente, como un susurro constante que abrazaba el castillo desde fuera. Las gotas resbalaban por el cristal en líneas suaves, cruzándose unas con otras antes de desaparecer, como si el tiempo se moviera más despacio dentro de ese sonido continuo.
La luz que se colaba por las cortinas era gris, suave, como si el día aún dudara si debía comenzar del todo.
Bella abrió los ojos despacio.
James seguía dormido a su lado, con el rostro relajado, los labios apenas entreabiertos y una mano apoyada sobre su cintura. Su respiración era constante, pausada, casi rítmica. El tipo de calma que solo se tiene cuando se duerme al lado de quien se ama sin condiciones.
Ella no se movió.
Quería memorizar ese instante.
La forma en que el cabello de James se desordenaba sobre la almohada, el calor que compartían bajo las mantas, el leve roce de sus piernas entrelazadas. El peso de su mano sobre su cuerpo, firme pero suave, como si incluso dormido supiera exactamente dónde debía estar.
Todo parecía tan real, tan cotidiano.
Como si hubiesen despertado así cada día durante años.
Y, de algún modo, así había sido.
Al menos para él.
Cuando finalmente se incorporó, el colchón se hundió apenas, lo suficiente para que James abriera los ojos con lentitud. Parpadeó un par de veces, desorientado, y luego sonrió. Esa sonrisa suya, dormida y cálida, que no necesitaba esfuerzo. La sonrisa que siempre parecía decirle que todo estaba bien mientras ella estuviera ahí.
—Buenos días, mi persona favorita en todo el maldito universo —murmuró con voz ronca.
Bella se apoyó sobre un codo, dejando que una parte de la manta resbalara por su hombro. El aire frío le rozó la piel, pero no se apartó.
—¿Siempre saludas así o es un intento de impresionarme?
—Es mi estrategia secreta —respondió él, estirándose perezosamente—. Ser absolutamente encantador desde el primer segundo del día. Me funciona contigo, ¿no?
—Tienes una suerte increíble de que me gusten los encantadores de medio pelo —respondió ella, conteniendo una sonrisa.
—Eso no suena precisamente a cumplido.
—No estaba intentando que lo fuera.
James puso cara de ofendido, pero le brillaban los ojos.
—¿Y tú qué estrategia tienes? Porque déjame decirte que despertarte con ese jersey mío y ese desorden adorable en el pelo es completamente desleal.
Bella bajó la mirada un segundo, fingiendo pensarlo.
—No tengo estrategia. Solo sobrevivo al caos —dijo, mientras se ponía en pie y se envolvía en una bata ligera—. El caos eres tú, por cierto.
—Y tú eres el motivo por el que no me importa vivir en él —respondió, bajando la voz.
Bella no contestó, pero su sonrisa cambió. Se volvió más suave, más quieta.
Después del desayuno, cada uno tomó caminos distintos. James se fue con Remus y Peter a Encantamientos, perdiéndose entre el ruido de pasos y voces en el pasillo. Bella decidió quedarse en la Sala Común.
Se sentó junto al ventanal, con una manta gruesa sobre las piernas y una taza de té entre las manos. El calor le subía poco a poco por los dedos, mientras el cristal frío le rozaba el hombro. Afuera, la lluvia seguía cayendo, cubriendo el paisaje con una calma extraña.
Lily estaba en el sofá contiguo, hojeando una revista de moda mágica con evidente desgana.
—¿Te molesta si me siento aquí? —preguntó Bella.
—Para nada. Necesito compañía cuerda. Estas modelos mágicas hacen que me replantee si vivir en una madriguera no sería más sencillo.
Bella rió y se acomodó a su lado.
—¿Has visto este hechizo para fijar rizos? —dijo Lily, señalando una página—. Según esto, resiste tormentas, duelos, e incluso visitas a la cocina de Hogwarts. Lo necesito.
—Yo estaría feliz con algo que evitara parecer un león bajo la lluvia —comentó Bella.
—Oh, eso lo tengo asumido. Una vez intenté peinarme con ese hechizo de estilizado automático... y terminé con la melena de una banshee.
—¿Una banshee elegante?
—Elegante pero aterradora —confirmó Lily, y ambas rieron.
El sonido se mezcló con la lluvia, con el crepitar lejano del fuego, con el murmullo suave de la sala.
—Remus me dijo que ayer ayudaste a un alumno nuevo con la rutina de Herbología —dijo Lily.
—Ah, sí... Se había confundido de aula y estaba cargando una maceta enorme porque pensaba que era parte del examen. Me dio pena y lo llevé al invernadero.
—Eso suena tan a ti.
Bella dudó un segundo.
—¿Sí?
—Sí. Tienes esa calma que hace que la gente quiera confiar en ti. No eres como Sirius, que te abruma con encanto. O como James, que te arrastra como un tornado. Tú... invitas a quedarte.
Bella bajó la mirada. Esa sensación volvió. Breve. Incómoda.
—A veces siento que solo intento encajar en un lugar que ya estaba lleno antes de mí —murmuró.
Lily negó con suavidad.
—No necesitas encajar. Ya eres parte de esto. Aunque no lo veas.
Por la tarde, subieron todos a la torre de Astronomía. El aire era frío y limpio, con ese olor a piedra húmeda que dejaba la lluvia. Las nubes se movían lentas sobre sus cabezas, dejando pasar de vez en cuando una luz tenue.
Remus hojeaba una guía, Sirius lanzaba bolitas de papel sin disimular, Peter intentaba dibujar algo que claramente no iba bien.
Bella se sentó junto a la barandilla. El viento le movía el cabello y hacía vibrar las páginas de su cuaderno.
James llegó tarde, como siempre, pero en cuanto apareció, la buscó directamente con la mirada.
—¿Ya empezó la fiesta? —dijo, dejándose caer a su lado—. ¿Me perdí algo importante?
—Peter está haciendo arte abstracto —respondió Remus.
James apenas reaccionó. Solo se inclinó hacia Bella.
—¿Qué escribes?