Destiny

Cartas familiares —

AÑO 2205

El dos de septiembre fue el día en que ellos tocaron a la puerta de nuestra casa, esa que todos conocemos como el planeta Tierra: el hogar natural de la raza humana, o al menos así nos llamábamos hasta entonces. Aquella fecha marcó el primer contacto con habitantes de otros mundos, seres a los que durante siglos habíamos bautizado como alienígenas, o extraterrestres si se quería sonar más dramático. Llegaron en una sola nave, una estructura colosal que superaba cien veces la altura del Monte Everest. Era negra como el vacío del espacio y estaba adornada con luces doradas que cegaban a cualquiera que se atreviera a mirarla directamente. Era imposible ignorarla, pues su sombra cubría ciudades enteras como si el cielo mismo hubiera decidido cambiar de color.

Como era de esperarse, los gobiernos del mundo no tardaron en reaccionar. Las grandes potencias mundiales pusieron en alerta sus arsenales más avanzados, preparando misiles y armamento de toda clase, listos para responder en el momento en que aquellos visitantes dieran el primer golpe. Sin embargo, ese momento nunca llegó. La nave gigantesca permaneció suspendida sobre nuestros cielos durante un año completo sin emitir señal alguna, sin descender nada ni nadie, guardando un silencio absoluto que resultaba más aterrador que cualquier ataque.

Fue en el año siguiente cuando todo cambió. Una alarma de una intensidad tan brutal que reverberaba dentro del cráneo se escucha en cada rincón del planeta, sin importar el idioma, el país o el hemisferio. Pero aquello fue apenas el preludio. Lo verdaderamente devastador vino después, cuando una inmensa nube de lo que parecía ser un gas de tonalidad bronce envolvió por completo nuestra atmósfera. Fue entonces cuando la Tierra entró en uno de los lutos más profundos de su historia: la muerte de millas de millones de mujeres.

Lloramos a nuestras madres, a nuestras hermanas, a nuestras hijas. Los mejores médicos y los científicos más brillantes del mundo trabajaron sin descanso, pero todo fue en vano. Nadie logró explicar el fenómeno, y mucho menos revertirlo. Solo el dos por ciento de las mujeres sobrevivió, gracias a alguna razón que aún hoy nadie comprende del todo. Sin embargo, lejos de ser liberadas, aquellos pocos supervivientes fueron recluidos y estudiados como si fueran especímenes de laboratorio, pues el mundo desesperado las necesitaba para encontrar una respuesta.

Quisiera decir que eso fue lo peor que les tocó vivir a las mujeres de aquella época, pero no sería honesta. Las sobrevivientes enfrentaron partos extremadamente dolorosos y complicados, y lo más alarmante de todo era que de cada diez mujeres que lograban dar a luz, solo una traía al mundo un bebé de sexo femenino, y únicamente si tanto la madre como la hija sobrevivían al parto. Comprendimos entonces que el problema no era la fertilidad en sí misma: el gen XX estaba desapareciendo de la faz de la Tierra. Las pocas mujeres que quedaban envejecían con el paso del tiempo, y todos sabíamos, sin querer admitirlo, que aquello era el principio del fin.

El miedo hizo lo que siglos de guerras y negociaciones nunca habían logrado: unir a los gobiernos del mundo en una misma decisión. Sin embargo, aquella unión no fue de hermandad sino de desesperación.

Cada nación cerró sus fronteras con una determinación que jamás antes se había visto, levantando muros, sellando puertos y blindando cada kilómetro de territorio con tal de proteger a las pocas mujeres que aún les quedaban. Los tratados comerciales quedaron suspendidos de la noche a la mañana, y el flujo de personas entre países se detuvo por completo como si el mundo entero hubiera decidido contenerse la respiración. Fue así como nacieron los cuatro grandes bloques que redefinirían la geografía humana para siempre: Necrón , Latria , Excor y Arvon . Cuatro potencias que se miraban desde sus fronteras selladas con desconfianza y silencio, unidas únicamente por una promesa que todos juraron cumplir sin excepción: jamás volver a dejar pasar a nadie. Las puertas del mundo se cerraron, y con ellas, también se cerró la humanidad tal como la conocíamos.

Los años que siguieron estuvieron envueltos en misterio y rumores. Algunos relataban haber visto a aquellos seres descendiendo de su nave e interactuar con humanos. Otros juraban haberlos visto chocando sus manos con los nuestros, como si estuvieran sellando algún tipo de pacto. Y hubo quienes insistieron en que todo fue una fabricación, una mentira colectiva inventada por una sociedad al borde del colapso. Hoy, gracias a mi bisabuela, puedo contarles la verdad.

Ella me dejó un puñado de hojas amarillentas en las que escribió su vida entera con letra apretada y pulso firme. Ahora me toca a mí dar voz a esas páginas, y hacer que el mundo no olvide jamás lo que un día fue, para que nunca volvamos a cometer los mismos errores. Aquí comienza su historia. La historia que cambió el mundo, o que acabó con él.




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