Una tarde cualquiera de un año cualquiera en una cafetería cualquiera, estaba yo pidiendo un café. De pronto, como un alud, toneladas de conocimiento vinieron a mí, empujando y desplazando hasta sustituir por completo mis habilidades anteriores. Era bueno en matemáticas; ya no lo era. Tenía conocimientos de contabilidad, impuestos, balances; nada de eso era ya. Ahora, en cambio y como sustituto, era yo diestro en artes criminales. En la vida había deseado saber todo aquello acerca de apertura de candados, cajas fuertes o puertas acorazadas. Súbitamente, sabía yo cómo robar, cómo planificar un asalto, cómo elegir los mejores compinches para evitar traiciones y problemas. Sabía cómo engañar y cómo conseguir lo que quería por medios ilegítimos. Casas, coches, bolsos, museos, bancos... Era capaz de robar lo que fuera. Era un experto del crimen.
No vaya usted a confundirse, no he dicho que me gustara de repente todo aquello. Odiaba robar, odiaba todo lo que oliera a ilegal. Mi trabajo anterior me obligaba a ser muy recto y ordenado moralmente. Ahora soy experto en algo que detesto. No me gusta, pero soy extraordinariamente bueno en ello. Tampoco vaya usted a pensar que esta extraña sustitución de habilidades es algo propio mío. Como una maldición de quien ha mirado al tuerto equivocado. No, en absoluto. Mi mal es un mal compartido por toda la humanidad. El carpintero amaneció siendo pastelero, el pastelero se transmutó en jardinero y, por grotesco que pueda parecer, algunos señores con panza, dignos y respetables sacerdotes, acabaron teniendo los conocimientos y habilidades sexuales de una buena prostituta. ¿De qué le pueden servir tales conocimientos amatorios a alguien así? ¿De qué me sirve a mí ser ducho en tales artes indignas? Hubo algunos que con el cambio mejoraron su situación. Algunos poco sabían, y acabaron siendo ingenieros. Otros, después de toda una vida de mucho aprender, acabaron con habilidades sin mucha utilidad. Muchos perdieron sus trabajos, pero no necesariamente todos se reubicaron correctamente en este nuevo paradigma. Como digo, perdedores y ganadores. Estoy yo entre los primeros. La confusión fue grande en los primeros días, y es que muchos se negaban a aceptar que no sabían. Sí, sí sé. No, no sabían. Y cirujanos y gente así siguió operando con habilidades de boxeador o peluquero. Muchos, por orgullo, se negaron a aceptar, hasta que comprendimos todos que resistirse era inútil. Era yo un criminal, y uno de los buenos.
Los nuevos historiadores, que antes habían sido cocheros o malabaristas, estudiaron en profundidad las raíces del mal que nos afligía. Descubrieron que no era la primera vez que algo así pasaba, pero los textos antiguos habían sido interpretados como fantasías o sueños. Al parecer, cada 500 años sucedía lo mismo. Esa vuelta a empezar, una y otra vez. La última vez que sucedió, se documentó cómo el herrero dejó de conocer de espadas y azadas y se volvió experto en alfarería. El soldado no podía luchar, pues era ahora más bailarín que soldado.
Los nuevos médicos y los nuevos investigadores se dedicaron a encontrar alguna explicación al fenómeno, digno de estudio sin duda, sin encontrar nada a lo que asirse. Pruebas cerebrales, escáneres y análisis con máquinas caras no encontraron diferencia alguna entre los cerebros anteriores y los nuevos.
Cosa curiosa fue que las habilidades habían sido barajadas sin criterio alguno. Una persona obesa podía tener habilidades de contorsionista; físicamente, su realidad física no le dejaba desarrollar su potencial. A un mudo podría haberle tocado el don de cantar, y no por ello ser capaz de hacerlo. Del mismo modo, a mí me tocó una habilidad incompatible con mi brújula moral.
Los nuevos poetas escribieron poesías sobre el asunto. Los nuevos cantantes interpretaron canciones. Al poco tiempo todos nos acostumbramos, y como agua revuelta que finalmente vuelve a estar calmada, el mundo volvió a estar en orden. Como si nada hubiera sucedido, el doctor acabó aceptando que no podía sanar a los pacientes, pero sí podía hacer pan. El panadero acabó pilotando aviones y yo tuve que adaptarme con mis nuevas habilidades.
¿A ti qué te ha tocado? Era un buen inicio de conversación. La gente, especialmente los más favorecidos, usaba esa pregunta como una estaca en tu ojo. Solo querían que oyeras que ahora eran médicos, y que por fin tenían un hijo ingeniero. Los desfavorecidos, en cambio, no hacíamos esas preguntas salvo que estuviéramos muy acorralados dialécticamente. ¿A ti qué te ha tocado? Tengo habilidades manuales, manipulación de mecanismos... Venga, hombre, eso no es ni mucho menos una profesión. ¿Qué eres ahora? ¿Qué soy ahora? Muchas veces decía ser cerrajero. Toda habilidad indigna como la mía tiene su cara luminosa. Puede decirse que el asesino es indigno porque no es soldado. El ladrón que roba la propiedad ajena es reprobado, pero no lo sería tanto si fuera recaudador de impuestos. En mi caso, siendo yo criminal, podría decir que era cerrajero y terminar las conversaciones incómodas. Decir que soy lo que no soy me produce urticaria. Ya ves tú, un criminal con aversión a la mentira, qué cosa más nueva. Así pues, trataba de evitar el tema. No podía seguir diciendo que era contable, puesto que nadie mantuvo su habilidad. Pero podía cambiar de asunto o responder con ambigüedades. Error común este de no ser claro o vago. Los humanos somos seres sociales; adoramos hablar de los demás. Y la imaginación se activa cuando dejamos un vacío. Ese vacío solo puede llenarse con la peor opción de las posibles. ¿Peor que ser criminal? Tal vez podría ser yo violador o asesino; ahí mi condena sería más firme. Además, las películas habían romantizado mi especialidad bastante hasta elevarla a un género propio. Si bien mi habilidad no me daba únicamente la posibilidad de robar. También era bueno neutralizando guardias por la fuerza o preparando venenos para el mismo fin. Sabía ser silencioso, pasar desapercibido. Entrar y salir rápido. De nuevo, insisto en que saber no es querer saber, y por mucho que sepa, sin voluntad no hay acción posible. Mis principios morales me impedían dar rienda suelta a mis habilidades indignas.