Detective Por Casualidad

2 de enero: el tesoro escondido

Suena el teléfono. Me despierto sobresaltado y, todavía medio dormido, contesto.

Hola.

Giorgio, por fin. ¿Dónde demonios te metiste ayer? Te llamé prácticamente todo el día y no contestaste, resuena la voz de mi hermana en mis oídos.

Perdona, Laura. Le quité el sonido al móvil porque quería descansar bien después de la fiesta del otro día, le digo con sinceridad, convencido de que eso fue exactamente lo que hice.

Me preocupé porque no supe nada de ti después de la fiesta. Supongo que acabas de levantarte, así que te dejo que te arregles. Acuérdate de que hoy vienes a comer a casa por el cumpleaños de Luca. Te espero a la una. Intenta llegar puntual.

Sí, Laura, no te preocupes. Llegaré a tiempo. Nos vemos luego.

Cuelgo y miro la hora. Son las once y media. Con un salto digno de un corredor de maratón, salgo de la cama, corro a la ducha, me afeito y me visto. Estoy a punto de salir de casa cuando veo el diario sobre el escritorio.

Ya pensaré en ti más tarde... ahora no tengo tiempo.

Estoy por salir de la habitación cuando un golpe seco me hace detenerme. El diario está en el suelo. “Debo de haberlo tirado sin querer al moverme”, pienso mientras lo recojo y lo vuelvo a dejar sobre la mesa. Salgo de casa rumbo al cumpleaños de mi sobrino Luca.

Después de pasar toda la tarde con mi familia, vuelvo a casa con la barriga llena gracias al pastel delicioso que solo mi madre sabe hacer. Entro, me quito los guantes, el sombrero y la chaqueta, y los tiro sobre la cama. De pronto me quedo quieto. El diario está otra vez en el suelo. Esta vez está abierto. La fecha dice 2 de enero.

Así que no lo soñé, reflexiono mientras vuelvo a recoger el diario. Ayer estuve de verdad en Londres con Joel.

Miro la hora. Son las seis y treinta y cinco de la tarde. Me siento al escritorio, tomo la pluma y la mojo en el tintero.

Buenas tardes, Joel.

Escribo en la página del 2 de enero, esperando que el diario vuelva a contestarme.

Buenas tardes a ti, Giorgio. ¿Estás listo para un nuevo viaje?

¡Desde luego! ¿Adónde vamos esta vez?

Eso solo lo descubriremos cuando escribas la palabra de hoy, que es TESORO.

Sin pensarlo demasiado, mi mano empieza a escribir.

TESORO.

Igual que ocurrió con la palabra “teatro”, en cuanto termino de escribir la O, la página del diario empieza a cambiar de color. Del amarillo gastado pasa al blanco. Más blanco. Más y más blanco. Una luz intensa y deslumbrante brota de la página y me ciega. De pronto ya no estoy en mi habitación, sino en París, bajo la Torre Eiffel... todavía en construcción. A mi lado está mi “mentor”, vestido de lila y negro.

Joel, ¿qué día es hoy? pregunto, ya no tan sorprendido por este salto al pasado.

Hoy es 2 de enero de 1889. Como ves, la construcción de la Torre Eiffel avanza a buen ritmo. Ya han superado el tercer nivel y dentro de unos meses terminarán la cúpula. Todo estará listo para la Exposición Universal de París.

Gracias por la explicación. No estaremos aquí para inaugurar la torre, ¿verdad?

Desde luego que no, Giorgio. Y ya es hora de que cambies de ropa.

Con un chasquido de dedos, mi atuendo se transforma en algo parecido a la ropa que llevan los obreros ocupados en la construcción.

Entonces tenemos que encontrar la pista y averiguar a quién hay que salvar.

Exacto, Giorgio. Aprendes rápido. Mira a tu alrededor e intenta encontrar la pista.

Empiezo a buscar, y no es nada fácil entre tanto hierro. Reviso cada rincón de la obra de la torre, entre montones de vigas y pernos listos para ser izados y colocados en su sitio. Joel me observa y, después de diez minutos de inspección inútil, decide intervenir.

Giorgio, todavía te queda mucho para afinar tu ojo de detective. Mira bien. La pista está justo bajo tus pies.

Bajo la vista y veo que debajo de mis zapatos hay una hoja de periódico de la época. La fecha es, en efecto, 2 de enero de 1889. El diario es Le Petit Parisien y en primera plana aparece la foto de un tal Morel, detenido por haber robado unas valiosas monedas el año anterior. Leo el artículo: “Ha sido encontrado uno de los ladrones que el 10 de mayo del año pasado sustrajeron monedas de oro de la sede del banco Paribas, aquí en París. Uno de los culpables, monsieur Clément Morel, fue arrestado ayer cerca de la Torre Eiffel. La policía lo interrogó, pero se niega a hablar. Continúa la búsqueda de los otros tres cómplices, que siguen fugados. Tampoco hay pistas sobre ellos ni sobre las monedas de oro con la efigie de Napoleón Bonaparte.”

Entonces tenemos que demostrar que monsieur Morel es inocente. Parece complicado, sobre todo si es él quien se niega a hablar, pregunto con ingenuidad. Joel me mira durante un instante.

Esta vez la pregunta no es “a quién” tenemos que salvar, sino “qué” tenemos que encontrar.

¿Quieres decir que tenemos que buscar las monedas de oro? ¿Y cómo se supone que vamos a hacerlo si llevan un año buscándolas y nadie sabe dónde están escondidas?

Justamente por eso nos han enviado. Yo soy el cerebro y tú la fuerza bruta.

Muy bien, Joel, ¿por dónde empezamos? Lo único que sabemos es que el supuesto cabecilla de la banda ha sido arrestado y que todavía hay tres fugitivos buscando el botín.

Sí, yo soy el cerebro, dice Joel sonriendo, pero tú también tienes que usar el tuyo. Mira a tu alrededor, como siempre. Lo que parece más insignificante puede acabar siendo lo más útil.

Mientras Joel dice eso, me fijo en tres obreros que se calientan las manos junto a una estufa improvisada en la obra de la Torre Eiffel. Parecen discutir con bastante vehemencia. El primero es más alto y corpulento que los otros dos, de piel oscura y pelo corto castaño. El segundo, en cambio, tiene la piel muy clara y el pelo rojo y rizado. El tercero es bajo, robusto, de pelo largo y negro, y tiene cara de no enterarse de nada. La ropa le queda demasiado ajustada para su cuerpo rechoncho. Decido acercarme a ellos para intentar hablar, pero apenas doy unos pasos, los tres regresan a sus tareas. Llego hasta el barril del que sale el fuego y veo otra hoja rasgada de periódico en el suelo. La recojo y descubro que, a lo largo del borde, hay dibujados seis símbolos: una torre partida por la mitad, un campanario con las letras “SC” dentro, seguido de un círculo con una “B”, un hexágono con otra “B”, un pez y, por último, un puente con el número “2” dentro.




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