7:00 de la mañana. El despertador me arranca del sueño. Por desgracia, hoy toca volver de lleno a la realidad y el trabajo vuelve a empezar. Todavía atontado, me arrastro fuera de la cama y me meto en la ducha para espabilarme más rápido. Después de pasar por todos los rituales de siempre, afeitado incluido, voy a la cocina a prepararme el desayuno. Mientras el té verde reposa en el agua caliente, pienso qué ponerme para ir al restaurante. No puedo evitar mirar el diario sobre el escritorio y pensar en las dos aventuras que he vivido estos últimos días. A saber qué pasará hoy. Me quedo mirando el diario, pero no pasa nada. Termino de desayunar, me pongo la chaqueta y estoy a punto de salir del piso cuando, casi por instinto, me vuelvo hacia el escritorio con la esperanza de notar algo raro. Pero no pasa nada. Qué idiota soy. Tengo que dejar de pensar en eso. Lo que he vivido no es real. Si se lo contara a alguien, no me creería nadie, pienso para mis adentros, con una cierta decepción. Cierro la puerta detrás de mí. Me acerco al ascensor y pulso el botón. Las puertas se abren. Me vuelvo hacia la puerta de casa y veo una luz blanca que sale por debajo. Emocionado, regreso, abro la puerta y corro al escritorio. Nada. Todo está quieto, inmóvil, exactamente como debería estar en el curso normal de las cosas. “Y sin embargo he visto esa luz.” Vuelvo a cerrar la puerta y llamo al ascensor por segunda vez. Las puertas se abren y yo... no entro. Los ascensores me ponen nervioso. Siempre hago lo mismo. Lo llamo y, cuando llega, acabo bajando por las escaleras. En cuanto me doy la vuelta, veo otra vez la luz bajo la puerta. “¿Será que el diario me está diciendo que no puedo dejarlo en casa?” Por enésima vez, vuelvo a entrar en el piso y esta vez cojo el diario. “Joel, ¿acabas de guiñarme un ojo?” le digo al diario, mirando la cubierta, que claramente ha cambiado. Meto el diario, la pluma y el tintero en la mochila y salgo corriendo para no perder el tren al trabajo.
Durante el trayecto examino el diario. La imagen del gnomo en la cubierta es inconfundiblemente Joel. Los rasgos de su cara no dejan lugar a dudas. Esta vez, sin embargo, no me guiña un ojo. Solo sonríe, como si estuviera disfrutando del viaje en tren. Paso las páginas y, quizá para tranquilizarme, las reviso. Todas en blanco salvo las del 1 y 2 de enero, que ahora guardan imágenes de las dos aventuras que viví. Cualquiera que tuviera el diario en las manos solo vería dos dibujos y un montón de páginas vacías. Pero yo sé perfectamente quiénes son la señorita Anderson y la señorita Cooper del 1 de enero, y sé lo que pasó bajo el Pont au Double el 2 de enero. “Joel, cuando vuelva a casa nos vamos otra vez de aventura”, digo casi en voz alta, mirando el diario y esperando alguna clase de respuesta. Pero, una vez más, no pasa nada. Solo un diario cualquiera en manos de un humilde cocinero.
Cuando llego al restaurante, The Round Table, saludo a mis compañeros y voy directo al vestuario. Meto la mochila en mi taquilla y me pongo la chaqueta de cocinero. Luego entro en mi reino, una cocina grande con seis puestos de trabajo. Empiezo con la preparación según el menú del día. En pleno servicio, uno de mis compañeros, distraído por un momento, se corta la mano con un cuchillo grande de muy mala manera.
Giorgio, llévalo al hospital, rápido. No hay tiempo que perder. Usa mi coche, está aparcado fuera. Date prisa, ordena Anna, mi jefa. Los demás nos apañamos en cocina. Avísame de cómo está Enrico y de si es algo grave.
Con las prisas, sin ni siquiera cambiarme, cojo mi mochila, donde llevo los documentos. También recojo los papeles de Enrico y lo llevo conduciendo hasta el hospital. En cuanto llegamos a urgencias, se lo llevan para atenderlo y yo me quedo esperando en la sala.
Después de veinte minutos sentado viendo entrar y salir gente con problemas serios, noto una tenue luz blanca que sale de mi mochila. Rezo para que solo pueda verla yo. Miro alrededor y compruebo que nadie parece haberse dado cuenta del extraño resplandor. Bastante tienen ya con lo suyo. Voy al baño para no llamar la atención. Abro la mochila y saco el diario. Se abre solo por una nueva página en blanco: 3 de enero.
No, Joel, por favor. Ahora no. Aquí no.
Pero el diario empieza a temblar entre mis manos. Así que cojo la pluma y empiezo a escribir.
Hola, Joel.
Buenos días, Giorgio. Tenemos que irnos enseguida.
El mensaje rojo aparece de la nada.
¿Ahora mismo? Por si no te habías dado cuenta, estoy en un hospital.
Ya te lo dije, Giorgio. No hay una hora fija. Cuando el diario llama, tenemos que irnos. Escribe la palabra CUCHILLO.
“Cuchillo. Esa palabra no me da precisamente confianza. En fin. Vamos allá.”
CUCHILLO.
La escribo en la página del 3 de enero y, de pronto, la luz blanca me ciega. En cuanto mis ojos se acostumbran, me encuentro otra vez en la sala de espera. “Pero no ha pasado nada. Sigo aquí, en el hospital.” Antes de terminar la frase noto un golpecito en el hombro. Me giro y allí está Joel, sonriéndome. Su ropa lila ya me resulta extrañamente familiar.
Bueno, aquí estás. ¿Qué tal hoy, Giorgio?
Diría que bien, si no fuera porque estoy confundido. ¿Por qué esta vez no me han catapultado a algún lugar extraordinario del pasado?, pregunto, mirando a mi alrededor.
Estamos en el pasado, Giorgio. Hoy es 3 de enero de 1970 y estamos en el Hospital General de Viena.
Miro con más atención. En efecto, ya no estoy en urgencias de las Molinette de Turín. Observo los carteles de las paredes y no están en italiano. Están en alemán y en inglés. Frente a mí hay un calendario. La fecha es realmente 3 de enero de 1970.
¿Y qué hacemos en este hospital?
Lo descubrirás dentro de un momento. Mira, se acerca un médico.
Observo al hombre acercarse y, justo en ese instante, oigo un chasquido de dedos. Joel me cambia la ropa al instante, porque ir vestido de cocinero no sería precisamente lo más adecuado. Ahora llevo un traje azul oscuro.