Detective Por Casualidad

4 de enero: asesinato en el museo

Estoy en un museo de arte. Es de noche. Camino por las salas de exposición, iluminadas solo por velas. ¿Qué hago en este museo? Estoy buscando la salida, pero no consigo encontrarla. Paso de una sala a otra, intentando resolver el misterio de este laberinto pictórico. En un momento dado, oigo unos pasos. Alguien se acerca entre la oscuridad. Los pasos están cada vez más cerca. Ahora veo dos grandes ojos brillantes que me observan desde lejos. La figura oscura se aproxima. Lleva una espada en la mano. Intento escapar, pero el paso me lo bloquea una puerta cerrada con llave. Me doy la vuelta y oigo esa respiración pesada cada vez más cerca. Ya está a solo unos pasos de mí. Me mira fijamente. No puedo huir. Estoy atrapado, muerto de miedo. Quiero gritar, pero no puedo. Quiero llamar a Joel, pero no está. ¿Dónde se ha metido? Los pasos están ya encima de mí. La figura oscura, oculta dentro de una armadura medieval, levanta el brazo. Blandiendo la espada, lanza un grito y, de repente... me despierto empapado en sudor.

Dios mío, qué pesadilla. Ha sido tan real. No era nada. Nada. Lo repito despacio para tranquilizarme. Enciendo la luz y miro a mi alrededor. Estoy en casa, en mi cama, bañado en sudor. Quizá la cena de anoche me sentó demasiado pesada, o quizá mis aventuras con Joel se me están metiendo tanto en la cabeza que ya las vivo hasta cuando no estoy dentro del diario. Miro el reloj. Son solo las tres de la madrugada. Después de beberme un vaso de agua, intento volver a dormirme.

Siete de la mañana, miércoles 4 de enero. Toca levantarse y, como cada día, ir a trabajar. La rutina de siempre. Media hora después estoy listo para salir. Esta vez, sin darle demasiadas vueltas, meto el diario directamente en la mochila. “Así ya estoy preparado para la próxima llamada”, me digo mientras cierro la puerta detrás de mí. Durante el trayecto saco el diario para ver si Joel ha escrito algo. Las páginas no han cambiado desde el día anterior. La única diferencia está en la entrada del 3 de enero: ha aparecido la imagen de un padre jugando con su hijo en el parque. Menuda aventura la de ayer. Conseguimos salvarle la vida al pequeño Elias, pienso. Me pregunto qué habrá pasado después. Me gusta saber que ayudé a alguien en el pasado. Pero no conocer el resto me deja una curiosidad que nunca se va a apagar. Las tres aventuras que he vivido hasta ahora han tenido un final feliz. ¿Qué habría pasado si no hubiéramos intervenido? ¿La historia habría cambiado solo para esas personas o para todo el mundo que las rodeaba? Y si yo no hubiera encontrado las monedas de oro, esos criminales habrían seguido robando, poniendo muchas más vidas en peligro. Mientras pienso en todo esto, observo las tres imágenes. En la página de hoy todavía no ha aparecido nada, ni siquiera la fecha. Guardo el diario otra vez en la mochila y espero a que llegue el tren para ir a trabajar.

Tres de la tarde. Por fin ha terminado mi turno en la cocina por hoy. Ya puedo volver a casa y descansar. Cuando entro en el piso, me tumbo en la cama, cierro los ojos y me quedo dormido. Un golpe fuerte me despierta sobresaltado. Me incorporo de un salto y enseguida entiendo que el diario me está llamando. La mochila, que había dejado sobre la mesa del salón, se ha caído al suelo y ha esparcido todo lo que llevaba dentro por la habitación. El diario está abierto junto a la cama: 4 de enero. En la página que esta mañana estaba completamente en blanco, ahora ya aparece la fecha.

Ha llegado el momento. Joel me está llamando.

Cojo el diario y voy al escritorio. Con la pluma que venía con él, empiezo a escribir.

¡Buenas tardes, Joel!

Buenas tardes, Giorgio. Tenemos que partir de inmediato hacia esta nueva aventura. ¿Estás listo?

Listo. A ver adónde nos lleva hoy el diario.

Lo sabremos enseguida. Solo tienes que escribir la palabra inicial, que hoy es MISTERIO.

Empiezo a sospechar que cada palabra que se escribe para lanzarse al pasado ya insinúa algo de lo que está a punto de pasar. Pero esta vez es difícil saberlo. Un misterio siempre sigue siendo un...

MISTERIO.

¿Dónde estamos, Joel?

Estamos en Sevilla, España. Hoy es 4 de enero de 1987. Estamos delante del Museo Velasco.

Qué casualidad. Anoche soñé que estaba en un museo.

La vida está llena de sorpresas. Joel sonríe. Mira, ahí viene la persona que ha pedido nuestra ayuda.

En efecto, una mujer se acerca hacia nosotros. Debe de tener más o menos mi edad. Lleva el pelo largo, negro y ondulado, y va vestida con ropa de estilo español.

¿Es usted el detective De Giorgi?

Sí, señorita, soy el detective De Giorgi. ¿Y usted es...? ¿Por qué se puso en contacto conmigo?

Me llamo María Consuelo Soler de Silva. Lo busqué porque en su tarjeta ponía...

...que el detective De Giorgi resuelve cualquier caso sin resolver, termino yo por ella, recordando aquella misma tarjeta que había aparecido el día anterior, en 1970, en Viena.

Necesito su ayuda. Mi prometido, que trabajaba aquí como vigilante nocturno, fue despedido.

¿Y por qué lo despidieron? pregunta Joel con una voz más grave y formal de lo habitual.

¿Y usted quién es? pregunta la mujer.

Me quedo desconcertado. Joel siempre ha sido un fantasma para los demás. Solo yo podía verlo y oírlo. Pero hoy... lo miro sorprendido. Él me devuelve la sonrisa. Y por primera vez noto algo extraordinario. El Joel que yo veo no es el mismo que ven los demás. Lo noto por su reflejo en la puerta de cristal del museo. Mi Joel es bajo y robusto, con el pelo rizado y revuelto. El que se refleja en el cristal es más alto, más delgado y bastante atractivo.

Soy Joel Ferrél, ayudante del detective De Giorgi. ¿Por qué despidieron a su prometido?

Hace dos semanas le tocaba hacer su ronda nocturna por las salas del museo. Hacia las tres de la mañana oyó ruidos en una de las salas. Entró corriendo y se encontró frente a frente con una armadura de hierro que avanzaba hacia él. Tenía los ojos rojos como la sangre y le estaba gritando. Mi prometido se asustó y salió huyendo. Cuando fue a buscar a su compañero, el que estaba en la entrada, y volvieron juntos, la armadura ya no estaba. O mejor dicho, había vuelto a su sitio, como si no se hubiera movido. Se lo contó al director del museo, pero el director no le creyó. Para evitar que corriera el rumor de un fantasma asesino, lo despidieron por difamación. Pero él vio cómo esa armadura levantaba una espada. No quiere saber nada más de este museo. Por eso hoy no está aquí. Pero yo sé que es inocente y quiero que usted, detective De Giorgi, resuelva este caso y demuestre que mi prometido decía la verdad.




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