Cada vez estoy más convencido de que las cosas no pasan por casualidad. Estoy atravesando una etapa extraña en mi vida. Han pasado cuarenta años y uno empieza a hacerse preguntas. ¿Cómo ha sido mi vida hasta ahora? ¿Estoy satisfecho con lo que he hecho? ¿Soy feliz? Hasta el día de mi cumpleaños, pensaba que había seguido un camino estable, sin demasiados sobresaltos ni dificultades. Quizá demasiado estable. ¿Demasiado plano? Solo ahora me doy cuenta de que estos últimos cuatro días los he vivido con más intensidad que toda mi vida entera. En apenas cuatro días he vuelto a un pasado que no es mío. He resuelto, con la ayuda de Joel, casos de investigación sacados de una novela de Sherlock Holmes o de Se ha escrito un crimen. Al principio creía que estaba soñando, pero ahora sé que no es así. Me despierto y enseguida vuelvo a pensar en el caso del día anterior, en este presente que parece haberse quedado congelado y en ese pasado que ha vuelto a la vida. Lo sé, si se lo contara a mis amigos pensarían que estoy loco. Solo yo conozco los poderes mágicos de este diario. Solo yo puedo ver de verdad a Joel. Pero ¿por qué todo esto? ¿De verdad necesitaba escribir, o más bien reescribir, la historia? Yo quería contar mi propia historia. Y en estos cuatro días no he escrito ni una sola palabra sobre mí. En cuanto apoyo la pluma sobre la página del diario, el saludo de Joel aparece delante de mí.
Vale. El despertador lleva un rato sonando. Será mejor que deje estas reflexiones matutinas y vuelva a mi rutina de siempre. La vida de siempre. Todos los días iguales. Este diario me está metiendo en una crisis. ¿Qué me falta para ser realmente feliz? ¿Una casa? No, por suerte eso ya lo tengo. ¿Una familia? También, gracias a Dios. Mis padres y mi hermana siempre están ahí. ¿Me faltan amigos? Desde luego que no. ¿Una novia? Bueno... eso sí que me falta desde hace bastante tiempo, por desgracia. ¿Un trabajo? Por suerte también tengo eso. Pero ¿me satisface este trabajo? El cocinero detective. No estaría nada mal si pudiera resolver casos también en la vida real. Aunque Joel, desde luego, no estaría ahí para ayudarme.
El despertador vuelve a sonar.
Vale, vale. Ya me levanto.
Salgo corriendo hacia el restaurante, sin desayunar porque voy realmente tarde. Llego a la estación y el panel anuncia: TRENES CANCELADOS POR HUELGA.
Fantástico. ¿Y ahora cómo se supone que voy a llegar al trabajo?
Llamo a mis compañeros, les explico la situación y luego me pongo a hacer autostop con el pulgar levantado.
Después de unos diez coches, que parecen participar en un concurso llamado atropella al peatón, se detiene a mi lado un cochecito amarillo, tan llamativo que se vería de noche incluso con los faros apagados. Se para. Se abre la puerta.
¿Necesitas que te acerquen?
Sí, gra... Me quedo a media frase, con la boca abierta. Al volante hay una mujer espectacular. Unos treinta y cinco años, pelo largo y negro, ojos azules y una sonrisa capaz de hipnotizar a cualquiera. Sí, gracias. Tengo que ir hasta Piazza Vittorio, en Turín.
Pues hoy estás de suerte. Yo también voy a Turín y tengo que pasar por Via Po. Sonríe y me hace un gesto para que suba. Encantada. Me llamo Lucrezia, aunque mis amigos me llaman Lulù.
Encantado, Lucrezia. Yo soy Giorgio y te agradezco muchísimo que me lleves.
Me siento como si volviera a tener diecisiete años. Siento la cara caliente, colorada. Durante los primeros diez minutos vamos en silencio, escuchando las noticias en la radio. Luego Lucrezia empieza a hablar, me pregunta por mi vida y me cuenta cosas de la suya. Llegamos a Turín casi sin darnos cuenta. Cuando estamos a punto de entrar en el aparcamiento subterráneo de Piazza Carlo Felice, Lucrezia me hace una pregunta.
¿Te importaría acompañarme abajo? Casi nunca vengo a Turín y los aparcamientos subterráneos no me gustan nada.
No te preocupes, yo te protejo, digo con una risita bastante tonta.
Volvemos a salir a la superficie.
Muchas gracias, Lucrezia. No tenía ni idea de cómo iba a llegar a Turín con la huelga de trenes y el coche todavía en el taller.
Ha sido un verdadero placer viajar con alguien. Se despide con la mano y se aleja caminando.
Yo me quedo allí plantado, mirándola como un idiota, hasta que suena el teléfono.
¿Sí?
¿Pero dónde estás? Son casi las doce y el restaurante está a punto de abrir.
Estoy saliendo ahora mismo del aparcamiento. Llego enseguida. Casi había olvidado por qué estaba en Turín.
Ese encuentro inesperado con Lucrezia me alegró el día entero. No podía dejar de pensar en todo lo que habíamos hablado durante el trayecto y luego... “Eres idiota, Giorgio. ¿En qué estás pensando? Ni siquiera tuviste valor para pedirle el número. No vas a volver a verla jamás.”
Después de ponerme al día con el trabajo, por fin salgo de la cocina y me voy a la estación. Por suerte, la huelga de trenes ya ha terminado. Llego a casa y me dejo caer en el sofá. Enciendo la tele.
...el cuerpo de un hombre ha sido hallado esta mañana en el baño de su casa. Se cree que se trató de un robo. No hay señales de forcejeo, por lo que se piensa que la víctima conocía a su asesino...
Si yo estuviera allí, ya sabría qué hacer, pienso. Y sin darme cuenta agarro el diario y mojo la pluma en la tinta.
Joel, ¿estás ahí?
Aquí estoy, Giorgio. Estaba esperándote. Tenemos que irnos ahora mismo. La palabra de hoy es HERMANO.
HERMANO.
Escribo en la página del 5 de enero. La luz blanca que brota del diario me envuelve y, de pronto, aparezco en la calle, junto a una parada de autobús.
Estoy completamente solo. No hay nadie alrededor. El silencio solo se rompe con el ruido de un coche amarillo que se acerca. El corazón se me acelera. “No, no puede ser Lucrezia”, pienso de inmediato. Pero no. El coche lo conduce un hombre y sigue su camino. En ese momento llega el autobús. Se bajan dos personas. Una de ellas es Joel.