Detective Por Casualidad

6 de enero: larga vida a los recién casados

¿De verdad se puede celebrar una boda el 6 de enero? Ese es mi primer pensamiento en esta mañana festiva. Fuera hace un frío tremendo. Encontrar un atuendo formal en pleno invierno es de las peores torturas que existen. Pero no puedo faltar a este evento porque quien se casa es una compañera mía, la hija de la dueña del restaurante donde trabajo. Por suerte, los novios han tenido la sensatez de celebrar el banquete fuera de Turín. Así todos hemos conseguido un día libre y una invitación a la boda. Me arreglo, me pongo un traje oscuro clásico, aunque no soporto ir con chaqueta y corbata. Salgo de casa sin olvidarme del diario, que guardo en una bolsita pequeña que compré para la ocasión. Hemos quedado a las once de la mañana frente a la iglesia. En cuanto llego, veo a muchos de mis amigos ya reunidos en la escalinata, esperando a que aparezcan los novios. Debe de ser una de las pocas bodas que se celebran en pleno invierno, y más aún casi al final de la pandemia del Covid. Estoy charlando con un par de amigos cuando noto un golpecito en la espalda.

¿Sigues yendo a pie?, me pregunta una voz femenina. Me giro. Es Lucrezia.

Hola. Por desgracia, sí, sigo yendo a pie. Lucrezia me sonríe.

Está deslumbrante con su capa blanca. ¿Tú también estás invitada a esta locura de boda invernal?

Sí. Soy amiga de la madre de Flavio. ¿Y tú?

Yo trabajo para la madre de Ilaria. Me echo a reír, divertido. Lucrezia también se ríe con ganas.

Por lo menos hoy tienes la seguridad de que no tendrás que trabajar. De hecho, podrás criticar la comida de la competencia. El taxi está a tu disposición si necesitas que te acerquen. Sonríe y vuelve con sus amigas.

Me quedo mirándola mientras se aleja y noto que mis amigos están haciendo exactamente lo mismo.

¿Chofer particular, Giorgio?, me pregunta Enrico con su cara habitual de malicia, todavía con la mano vendada por el accidente de hace unos días.

Me llevó el otro día porque había huelga de trenes.

Qué pequeño es el mundo, ¿eh, Giorgio? sigue Enrico. A ver si esta vez eres tú quien nos invita a una boda.

¿Solo porque me llevó en coche ya tengo que ir organizando una boda? Sonrío, pero noto el corazón darme un vuelco, igual que cuando iba con ella en el coche.

Los novios llegan en un carruaje antiguo. Entramos en la iglesia para la ceremonia y, de paso, para entrar un poco en calor. No te cases nunca en invierno. Después de la ceremonia empieza el ritual de siempre con las fotos. Los parientes de la novia, los parientes del novio, las amigas de la novia, los amigos del novio. Veo a Lucrezia sonriendo mientras posa justo al lado de Flavio. Está guapísima. Me ve, me guiña un ojo y, en cuanto termina la foto, se me acerca.

¿Ya has encontrado quién te lleve al restaurante?

La verdad es que todavía no he preguntado, le miento descaradamente. Nadie se ha ofrecido, así que igual me toca ir en tren. Me río y ella también.

Yo voy sola. Si quieres, te llevo yo.

Por mí perfecto. Aviso a mis amigos y enseguida voy contigo.

Creo que tuvo que darse cuenta de la sonrisa de idiota con la que me alejé de ella. Le digo al grupo que ya he encontrado cómo ir.

Claro, Giorgio, adelante. No dejes escapar esta oportunidad, dicen, imitando escenas que es mejor no contar, mientras se preparan para ir al restaurante.

Yo también subo al coche y, a mi lado, va Lucrezia.

El trayecto hasta el lugar del banquete dura más o menos una hora. Esta vez no hay ninguna incomodidad para empezar a hablar. Empezamos comentando lo bien que iban vestidos los novios y acabamos hablando de cuántos invitados se habían emocionado de verdad y cuántos solo estaban deseando salir a fumar un cigarrillo. Las bromas van saliendo una detrás de otra. Y luego llega la pregunta inevitable.

Perdona, Giorgio. Pero un chico como tú, ¿por qué no se ha casado todavía?

Buena pregunta, Lucrezia. Deberías preguntárselo a la multitud de mujeres que ves haciendo cola detrás de mí, bromeo, aunque con un punto de tristeza.

¿Te has enamorado alguna vez?, me pregunta mientras mira la carretera que corre bajo el coche.

Sí, una vez, pero por desgracia fue hace mucho tiempo. ¿Y tú? ¿Mujer de carrera o lobo solitario?

Todavía no he encontrado el amor de verdad. Hasta que no conozca a la persona que me haga dar un vuelco al corazón cada vez que oiga su nombre, prefiero estar sola. No me gusta hacerme ilusiones para luego sufrir.

O sea que nunca has tenido una relación con nadie.

No, aunque dicen que tengo una cola de hombres esperando una señal mía. Esta vez me mira y me sonríe. Sus ojos me atrapan y yo me quedo sin palabras. No sé qué contestar. Me siento como un tonto, así que cambio de tema de golpe.

Mira, ya hemos llegado. Por fin podremos entrar en calor y comer algo. Me muero de hambre.

Después de media hora esperando a que lleguen los novios, nos invitan a sentarnos a la mesa. El salón está decorado de maravilla, mezclando adornos navideños con decoración de boda. La mesa de los novios está en el centro de la sala, rodeada por quince mesas redondas de diez personas cada una. Cada mesa lleva el nombre de un pintor famoso. A la entrada, un camarero va indicando a cada uno dónde sentarse.

Soy la señorita Lucrezia Ferrante.

Por aquí, señorita, dice el camarero. Su sitio está en la mesa Picasso, la cuarta a la derecha.

Lucrezia va hacia su mesa.

¿Y usted, señor?

Giorgio De Giorgi.

Usted también, señor De Giorgi, va en la mesa Picasso, la cuarta a la derecha. Le doy las gracias y, sorprendido, me acerco a la mesa.

Desde luego, el mundo es pequeño, comenta Lucrezia sonriendo. Giorgio De Giorgi. Hace años conocí a un detective que se apellidaba como tú.

Es verdad, Lucrezia me conoció en 2004, en Malta. Pero no puedo decirle que era yo. Entonces ella tenía unos quince años y fue el diario el que me llevó hasta ella.

Solo hay un De Giorgi, digo riéndome. Pero el que yo conozco seguro que no es detective.




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