Buenos días, dormilón.
Una voz inesperada sustituye al sonido del despertador.
Buenos días, Lucrezia. ¿Has dormido bien?
La miro sonriendo, con la cabeza apoyada en la almohada.
Sí, he dormido muy bien. La boda de ayer fue fantástica. Ya no sé ni cuántos brindis hicimos.
Sí, yo también creo que bebimos bastante. Gracias por invitarme a quedarme a dormir. Si no, igual acababa durmiendo en la calle.
La invitación de Lucrezia fue inesperada, igual que todo lo que pasó después. Y ahora aquí estamos, tumbados en su cama.
Ibas bastante borracho. Hablabas y te reías, te reías y hablabas, y luego te quedaste dormido en cuanto apoyaste la cabeza en la almohada.
Perdón, le digo, avergonzado. De hecho, solo ahora me doy cuenta de que ni siquiera me he quitado la ropa. Ella, en cambio, lleva un pijama polar precioso y calentito.
Si quieres ducharte, el baño está ahí. Son casi las diez y tienes que ir al restaurante.
Miro el reloj. Salto de la cama y corro hacia el baño. Quince minutos después salgo con la misma ropa de boda, sudada y arrugada.
Hoy voy a ser un cocinero elegantísimo.
Me río con torpeza, pensando en el papelón que debí de hacer anoche. Ya me imagino a Lucrezia llevándome a casa completamente borracho. Ella me ayuda a sentarme en la cama y yo me desplomo en un sueño profundo sin ni siquiera darme cuenta de que, por primera vez en años, estoy pasando la noche junto a una mujer. Salimos a toda prisa y nos metemos en el coche. Después de cuarenta y cinco minutos de silencio, estamos delante del restaurante.
Gracias por traerme y perdona por enseñarte anoche mi peor versión.
No te preocupes, no pasa nada. Yo también iba bastante alegre. Suerte en el trabajo. Nos vemos pronto.
Se aleja en el coche y solo entonces me doy cuenta de que he dejado la bolsa en su habitación.
Mierda. El diario está ahí dentro. Y yo, que soy idiota, ni siquiera le pedí el número de móvil. Ni me acuerdo de dónde vive. Espero que Joel no necesite mi ayuda.
Con cierta angustia, voy a cambiarme para ponerme la ropa de trabajo, mientras algunos compañeros hacen bromas sobre mi aspecto.
Giorgio, ¿estuviste de fiesta toda la noche? ¿Ni siquiera volviste a casa?
Quién sabe qué celebración seguiste después de irte con tu amiga.
La juerga debió de continuar por todo lo alto.
Me río con sus bromas y, como hacemos todos los hombres, disfruto de las pullas como si hubiera hecho algo memorable. Pero si solo dormí. No me importa lo que digan, no me importa ni el trabajo. Lo único que me preocupa es la bolsa. Ojalá Lucrezia la vea y me la devuelva antes de que pase algo.
Giorgio, tienes una llamada, dice Anna, la dueña. Voy al teléfono y contesto.
¿Sí?
Hola, Giorgio. Soy Lucrezia. Acabo de ver tu bolsa aquí. Si quieres, puedes venir esta noche a buscarla.
Sí, gracias, Lucrezia. Esta noche me paso, pero... no me acuerdo de tu dirección, perdona.
Se ríe con ganas.
Claro que no te acuerdas. Ibas tan borracho que apenas te tenías en pie. Mi vergüenza es tan evidente como el sudor en las manos con el que aprieto el teléfono.
Vivo en Via Po 70, en Chivasso.
Vale. En cuanto salga del trabajo voy para allá. Gracias otra vez.
Cuelgo todavía más desconcertado. Via Po 70. Vivimos prácticamente a medio kilómetro de distancia y nunca nos habíamos cruzado.
Termino mi turno. Corro a la estación y cojo el primer tren a Chivasso. En cuanto llego, me voy directo a casa para ducharme y ponerme algo más cómodo e informal. Salgo y me encamino hacia Via Po. Me planto delante del número 70.
Y ahora, ¿qué timbre pulso?
Intento recordar su apellido, el que oí en el restaurante cuando nos colocaban en las mesas del banquete. Lanzi... Tommasi... Marconi... ahí está, esa es. Pulso el timbre de Ferrante.
¿Sí? ¿Quién es?
Soy Giorgio.
Te abro. Sube al tercer piso.
Entro y subo por las escaleras porque odio los ascensores. Llego a la puerta y ella ya está allí, sonriendo, con mi bolsa en la mano.
La próxima vez espero que no te olvides la cabeza. Sería bastante más complicado devolvértela. ¿Quieres pasar?
Sí, gracias. Así por lo menos ya veo dónde vives. Cojo la bolsa de sus manos.
Me pregunto qué llevas ahí dentro. Pesa muchísimo.
Nada especial. Mi agenda personal y algunas cosas más.
¿En 2023 y todavía vas con agenda de papel? Eres un tipo bastante peculiar.
Si supiera que no es una agenda cualquiera, sino un diario absolutamente extraordinario, también la apretaría contra el pecho.
¿Te apetece un café?
Sí, gracias, me encantaría.
Ponte cómodo. Ahora vuelvo.
Se aleja y entra en la cocina para preparar el café. En ese momento el diario da un respingo.
No, Joel, ahora no, por favor.
Nada. La luz empieza a salir de dentro de la bolsa. Miro hacia la cocina. Lucrezia no puede verme. Saco el diario y, como siempre, escribo.
Tu sentido de la oportunidad es increíble, Joel.
Ya sabes, Giorgio, que no soy yo quien decide...
Sí, sí, ya lo sé... ¿nos vamos?
Claro. La palabra es ASCENSOR.
¿Qué? No consigo imaginar qué clase de aventura nos espera con una palabra así. Pero no tengo elección, así que escribo.
ASCENSOR.
De repente aparezco junto a Joel en la entrada de un edificio de veintidós plantas.
¿Qué hacemos aquí?
Hola, Giorgio. Te prometo que volverás a tiempo para tomarte el café con Lucrezia, dice en tono de broma. Hoy es 7 de enero de 2001. Estamos frente al Marriott World Trade Center.
Miro alrededor y contemplo el complejo magnífico de las Torres Gemelas en Nueva York. Se me instala una sensación de vacío en el pecho. Solo pensar que esas dos torres serán golpeadas dentro de unos meses me da náuseas.
Joel, hoy estamos aquí para descubrir algo, seguro. Pero yo sé que en septiembre esas torres serán destruidas. ¿No podemos hacer nada para evitarlo?