Detective Por Casualidad

8 de enero: asesinato en la villa

¿Qué ha pasado? Vi una luz muy fuerte salir del salón. Me giré y tú ya no estabas. Luego hubo otro destello y estabas otra vez sentado en el sofá.

No pegué ojo en toda la noche pensando en la frase de Lucrezia cuando vio aquel destello. Pero ¿de verdad desaparecí? Ella dijo que un instante antes yo no estaba en el sofá y que justo después me vio allí con el diario en la mano. Tengo que ir con mucho más cuidado, porque de lo contrario acabaré revelando este misterio que me envuelve. Ayer estuve a punto de contarlo todo. Menos mal que Joel intervino y me hizo entender que, por ahora, es mejor mantenerlo en secreto. Con Lulù ya he corrido el riesgo dos veces. Primero en el restaurante, el día de la boda, y luego ayer en su casa. Será mejor no verla durante un tiempo. Así quizá se le olvide todo. Y ahora, a trabajar.

Por fin mi coche vuelve a funcionar, así que voy directo al restaurante. Enciendo la radio.

Asesinato esta mañana en el campo de Ortueri. Un hombre de cincuenta y cuatro años, cuya identidad todavía no ha sido revelada, ha sido hallado sin vida. Por lo que sabemos, fue asesinado con un arma blanca. Los carabinieri del mando provincial de Nuoro ya están en el lugar.

Cómo empieza la mañana. Esto se está convirtiendo en una obsesión.

Apago enseguida la radio porque quiero intentar vivir un día normal. Una semana de trabajo como chef y de investigaciones a través del tiempo no es algo que pase todos los días. Estoy seguro de que, tarde o temprano, el diario me llamará. Pero hasta que eso ocurra, me gustaría volver a ser solo el chef Giorgio De Giorgi. Miro por la ventanilla y me topo con un anuncio: BARBIERI & TOMMASI INVESTIGACIONES PRIVADAS. Resolvemos cualquiera de sus problemas.

Ya solo falta encontrar un cadáver en mitad de la carretera y entonces sí que mi día será completamente normal.

Llego al restaurante y observo mi cocina. Todavía no ha llegado ninguno de mis compañeros. Me recibe un silencio casi irreal, interrumpido solo por el zumbido de los frigoríficos.

¿Este es mi mundo?, digo mirando el acero inoxidable que me rodea.

Me invade una cierta sensación de vacío, como si me faltara aventura.

Giorgio. Baja a la tierra. Ahora hay que trabajar. La voz de Enrico rompe ese vacío y me devuelve a la realidad.

Sí, Enrico. Hay que trabajar y hacerlo bien. Vamos, encendamos los fogones, le respondo mientras me dirijo al vestuario para cambiarme como siempre.

El día transcurre en paz, tranquilo. En la cocina no faltan las bromas sobre la aventura nocturna con Lucrezia. Mis compañeros quieren saberlo todo, enterarse de cada detalle y averiguar si mis intenciones van en serio o no.

Chicos. Conocí a Lucrezia por casualidad y, por casualidad, coincidimos en la boda y, sigo insistiendo, por casualidad terminé en su casa. Pero no pasó nada de lo que imagináis. Íbamos demasiado borrachos y ella se quedó dormida enseguida. Yo, como caballero que soy, la dejé dormir.

Sí, ya sé que es mentira. Pero no puedo decir que fui yo el que se pasó la noche durmiendo sin enterarse siquiera de que estaba en la cama con la mujer más guapa que he conocido. Se reirían de mí hasta el fin de mis días.

Por fin el restaurante cierra. Con mis amigos decidimos ir a jugar un partido de fútbol sala. Hacía meses que no podíamos hacerlo por culpa del Covid. Dos horas de puro desahogo persiguiendo una pelota.

¿Qué os parece si vamos a comernos una pizza?, pregunta Vittorio, uno de mis amigos.

A mí me parece una idea estupenda. Dadme tiempo para una ducha y os veo en la plaza, respondo.

Vuelvo a casa contento, tranquilo, satisfecho por cómo va el día. Me ducho, me preparo para salir otra vez, cierro la puerta de casa y me vuelvo hacia el ascensor.

No. Mejor bajo por las escaleras. Ayer ya usé demasiados ascensores.

Empiezo a bajar el primer tramo, pero de pronto me detengo. Vuelvo atrás, abro otra vez la puerta, entro en casa, voy al escritorio, cojo el diario y lo abro. Nada. No aparece ni una sola palabra en la página de hoy. Me siento y lo observo.

Joel. ¿Cómo es que todavía no has aparecido?

Sigo mirando la página vacía. La tentación de escribir es fuerte. Cojo la pluma.

No. Hoy tiene que ser un día normal.

Dejo la pluma, cierro el diario y salgo de casa rumbo a la cena.

A las ocho de la tarde estoy en Piazza della Repubblica y con los otros cuatro del equipo de fútbol sala nos vamos a la pizzería. Qué noche tan divertida. Entre bromas, cervezas y limoncello, las agujas del reloj siguen avanzando y cuando quiero darme cuenta ya son las once.

Chicos, yo me retiro. Mañana el despertador suena temprano.

Pago la cuenta y vuelvo a casa. Me pongo el pijama, me meto en la cama y apago la luz. Al cabo de un rato la enciendo otra vez y me siento en la cama. Miro el diario. Sigue sin pasar nada. Clavo la vista en el reloj. Marca las 23:50.

Supongo que hoy termina así.

Vuelvo a apagar la luz y me arropo hasta arriba. De pronto, un destello potentísimo ilumina la habitación. Me incorporo por segunda vez. El diario está brillando. Corro al escritorio y veo que en la página del 8 de enero ya ha aparecido una frase en rojo.

No puedes ignorar el diario, Giorgio.

Me quedo helado. Cojo la pluma y escribo.

Perdón, Joel. Quería tener un día normal y como no me llamabas...

Tu día solo es normal si está ligado al diario. Si te saltas un día, rompes el equilibrio entre pasado, presente y futuro.

De pronto noto un nudo en el estómago, como si mi madre acabara de echarme una bronca.

Perdóname. No volverá a pasar.

Bien. Tenemos poco tiempo. Escribe ahora mismo la palabra DECORADO.

¿Poco tiempo? Miro el reloj. Marca exactamente las 23:59:12. Escribo la palabra DECORADO.

La luz que ya llenaba toda la habitación se vuelve todavía más intensa. Me envuelve y me transporta al jardín de una villa fabulosa.

Por fin has llegado. Joel me mira con expresión de reproche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.