La noche de la final llegó con una energía que se podía sentir en el aire.
El teatro estaba completamente lleno. Las luces brillaban sobre el escenario, iluminando la pista de madera pulida donde las mejores parejas de tango del festival habían dejado todo su esfuerzo durante la semana.
Pero ahora solo quedaban dos.
Y entre ellas estaban Elena Rivera y Adrián Salvatore.
Detrás del telón, Elena respiró profundamente mientras intentaba controlar el ritmo acelerado de su corazón. No era la primera vez que competía en una final, pero aquella noche era diferente.
Porque esta vez no estaba sola.
A su lado, Adrián ajustaba lentamente los botones de su chaqueta negra. Su postura era tranquila, casi demasiado tranquila, como si la presión del momento no lo afectara en absoluto.
Elena lo observó de reojo.
—No pareces nervioso —dijo finalmente.
Adrián levantó la mirada hacia ella.
—Nunca lo estoy cuando bailo.
Elena soltó una pequeña risa irónica.
—Siempre tan seguro de ti mismo.
—Siempre tan dramática —respondió él.
Durante unos segundos se miraron en silencio.
Cinco años de recuerdos, resentimientos y emociones no resueltas parecían flotar entre ellos.
Entonces el presentador anunció sus nombres.
—¡Con ustedes, la última pareja de la noche… Elena Rivera y Adrián Salvatore!
El público estalló en aplausos.
Elena sintió una corriente de adrenalina recorrer su cuerpo mientras caminaban juntos hacia el centro de la pista. Las luces del escenario eran fuertes, pero aun así podía ver las siluetas de cientos de personas observándolos.
Esperando.
Juzgando.
La música comenzó con un sonido profundo de bandoneón.
Un silencio expectante cayó sobre el teatro.
Adrián extendió su mano.
Elena dudó solo un segundo antes de tomarla.
El primer paso fue lento.
Deliberado.
Elena sintió la firmeza de la mano de Adrián guiándola mientras comenzaban a moverse por la pista. Sus pasos eran precisos, elegantes, casi instintivos.
Era como si sus cuerpos recordaran cada movimiento aprendido durante años.
El público observaba hipnotizado.
El tango entre ellos era intenso.
Cada giro parecía una conversación sin palabras. Cada pausa estaba llena de tensión.
Adrián la acercó más mientras avanzaban por la pista.
—Respira —murmuró cerca de su oído.
—Lo estoy haciendo —respondió Elena.
Pero en realidad no lo estaba.
Porque bailar con él era como abrir una puerta al pasado.
Recordaba los entrenamientos interminables.
Las discusiones.
Las risas.
Y también la noche en que él desapareció sin decir nada.
La música se volvió más rápida.
Adrián la hizo girar con fuerza y precisión. El vestido rojo de Elena se abrió en un movimiento elegante mientras ella seguía cada paso con absoluta concentración.
El público aplaudía al ritmo de la música.
Pero para Elena todo lo demás había desaparecido.
Solo existían tres cosas.
La música.
La pista.
Y Adrián.
Cuando llegó el momento del clímax de la coreografía, Adrián la sostuvo por la cintura y la inclinó hacia atrás en un movimiento dramático.
Elena sintió que el tiempo se detenía.
Sus rostros quedaron a centímetros.
Podía ver cada detalle en sus ojos.
La intensidad.
La determinación.
Y algo más.
Algo que había estado escondido durante años.
La música terminó.
Por un segundo completo el teatro quedó en silencio.
Luego el público explotó en aplausos.
Personas de pie.
Gritos.
Silbidos.
Pero Elena apenas escuchaba nada.
Porque todavía estaba en los brazos de Adrián.
Finalmente él la ayudó a incorporarse.
Elena dio un paso atrás, intentando recuperar la distancia entre ellos.
El corazón le latía con fuerza.
Se inclinó ligeramente hacia él y susurró con una mezcla de ironía y emoción:
—Detesto bailar contigo.