La victoria en el campeonato había cambiado muchas cosas.
Durante días, Elena y Adrián apenas tuvieron un momento de tranquilidad. Las entrevistas se acumulaban, los fotógrafos querían capturar cada instante de la nueva pareja campeona y los organizadores del festival insistían en que ambos participaran en más exhibiciones.
Para el mundo exterior, ellos eran la pareja perfecta del tango.
Las revistas hablaban de su química en la pista. Los críticos decían que su baile tenía una intensidad rara de ver, como si cada movimiento contara una historia profunda.
Pero nadie sabía la verdad.
Porque fuera del escenario, la relación entre ellos seguía siendo complicada.
Una tarde, después de un largo ensayo para una presentación especial, Elena se quedó en el salón practicando algunos pasos frente al espejo. La sala estaba casi vacía; solo se escuchaba el eco suave de sus tacones contra el suelo de madera.
El tango siempre la ayudaba a pensar.
Giró una vez más, deteniéndose frente a su reflejo.
Entonces vio a Adrián entrar por la puerta.
Él caminó lentamente hacia una de las sillas cercanas y dejó su chaqueta sobre el respaldo. Algo en su expresión era diferente esa tarde. No tenía la seguridad habitual.
Estaba serio.
Pensativo.
Elena lo observó unos segundos antes de hablar.
—¿Todo bien?
Adrián miró su teléfono otra vez antes de guardarlo en el bolsillo.
—Sí… bueno, no exactamente.
Elena frunció ligeramente el ceño.
No estaba acostumbrada a verlo así.
—¿Qué pasa?
Adrián dudó.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber qué decir.
Finalmente respondió con una sola palabra:
—Mi hermano.
Elena sintió una pequeña tensión en el pecho.
Durante años había escuchado fragmentos de esa historia, pero nunca la versión completa.
—Pensé que ese problema ya había terminado —dijo ella con cautela.
Adrián negó lentamente.
—Eso pensé yo también.
El silencio cayó entre ellos.
Elena se sentó en una de las sillas cercanas, observándolo con atención.
—¿Qué ocurrió?
Adrián pasó una mano por su cabello, claramente frustrado.
—Recibí un mensaje hoy.
—¿De él?
—No exactamente.
—Entonces, ¿de quién?
Adrián la miró directamente a los ojos.
—De alguien que trabajaba para las personas a las que mi hermano debía dinero.
Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Qué quieren ahora?
Adrián apoyó los brazos sobre sus rodillas, mirando el suelo.
—Aún no lo sé.
La respuesta no la tranquilizó en absoluto.
—¿Estás en peligro?
Él levantó la mirada hacia ella.
—Tal vez.
Elena se levantó inmediatamente.
—Adrián, eso no es algo que puedas decir con tanta calma.
Él dejó escapar una pequeña risa amarga.
—No estoy tranquilo. Solo estoy acostumbrado.
—¿Acostumbrado a qué?
—A que el pasado siempre encuentre la manera de volver.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Durante años Elena había creído que Adrián la había abandonado por egoísmo o miedo. Pero ahora empezaba a entender que su desaparición había sido más complicada.
Más peligrosa.
—¿Por eso te fuiste aquella noche? —preguntó finalmente.
Adrián no respondió de inmediato.
Sus ojos se quedaron fijos en el suelo.
—Sí.
Elena cruzó los brazos.
—Entonces dime algo, Adrián.
Él levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si esa gente vuelve a aparecer… ¿vas a desaparecer otra vez?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego se levantó lentamente.
—No.
Elena lo miró con escepticismo.
—Eso dijiste la última vez.
Adrián dio un paso más cerca.
—La última vez pensé que irme era la única forma de protegerte.
Elena sintió su corazón acelerarse.
—¿Y ahora?